jueves, 1 de enero de 2026

Abogada atada

 

Una exitosa abogada vuelve a casa y encuentra a su amiga en una situación "comprometida"... ¿Cómo acabará todo?... Estoy preparando la continuación a mis relatos, pero me apetecía subir algo porque el poco tiempo de que dispongo me ralentiza escribir sus continuaciones, así que he rescatado esto


Había sido un buen día en los juzgados, y parecía tener por delante una tarde relajada. Quizá podría llamar a mi marido para salir a comer, o quizá vería una película con mi vecina si no tenía ganas de hacer cualquier otra cosa. Cuando maniobré con el coche para entrar en el garage, me di cuenta de que no estaba el coche de Elisa, pero que Luis, su marido, sí estaba allí, por lo que pensé que me detendría para ver cuándo estaría ella en casa.

Nuestros patios traseros están separados por una cerca, pero teníamos una puerta escondida tras un seto, así que me colé en el jardín de los vecinos. La puerta corrediza estaba abierta, pero, aún así, llamé, pero no obtuve contestación. Pensé que Luis podría estar en la cocina, así que me dirigía hacia allí cuando oí un ruido que sonó como un gemido. Me volví hacia el lugar de donde provenía y vi a una mujer en el suelo delante de la chimenea. Estaba atada, amordazada, y desnuda. Aunque era difícil reconocerla a causa del ballgag que amordazaba su boca, reconocí a Yolanda Rodríguez, una mujer que vivía en el bloque de al lado. Sabía que ella y Luis y Elisa eran amigos, pero no podía imaginar qué hacía en tal estado en el cuarto de mis amigos.

Pues, la única manera de enterarme era preguntar, así que me arrodillé al lado de la mujer desvalida y le solté la mordaza.

"Dame sólo un minuto, y te libraré", le dije.

"¡Oh no, Cecilia!”, dijo, “¡no me sueltes!. A mí me encanta estar atada, y pronto voy a ser follada mientras estoy indefensa. ¡Es el mayor placer del mundo!."

El asunto era cada vez más misterioso. No podía creer que Yolanda realmente quisiera estar atada y amordazada. Entonces Luis entró el cuarto con un puñado de correas de cuero. "¡Oh, Cecilia!", dijo, "no te esperaba."

"Yo sólo me detuve para ver si Elisa quería ver una película esta noche, pero me parece que tienes otros planes. ¿Dónde está Elisa?".

"En casa de los Rodríguez con el marido de Yolanda, Alberto, y probablemente atada tan firmemente como Yolanda lo está aquí."

"¿Significa eso que os cambiáis vuestras esposas?", pregunté.

"Sí, lo hacemos, y tratamos de superarnos mutuamente en cómo somos capaces de esclavizar a la esposa del otro. Hay un grupo de nosotros donde las mujeres disfrutan de la esclavitud y del sexo. Quizás quieras probarlo".

Pues bien, Allí estaba yo, sin saber qué decir ni qué hacer. Él tenía sus manos llenas de cuerdas, y una mujer libre delante de sí quien, por lo menos, no había corrido chillando cuando tropezó con su cautiva. Quizás deba decirles unas palabras acerca de esa mujer. Tengo 31 años, soy alta, y me considero bien proporcionada, aunque pienso que puedo resultar demasiado grande. Mis medidas son 37D-25-38. Cuando llevo tacones altos mido casi 170 cms., y llevaba tacones altos ese día. Soy abogada, y había estado en la corte todo el día, por lo que vestía algo más formal de lo que usualmente visto. Llevaba un traje azul oscuro con una falda corta hasta mis rodillas, y una blusa de seda blanca. Debajo, llevaba medias blancas hasta el muslo, y el sostén y la escueta braguita que llevaba también eran blancos.

La cautiva, como ya he dicho, estaba desnuda salvo por las sogas y los zapatos de tacón alto. Encontraba que la situación era sumamente erótica. Su marido había dejado que viniera aquí para ser atada y follada como símbolo de su compromiso. Tenía sus muñecas atadas a la espalda y cruzadas. Sus manos estaban libres, pero no podía hacer nada. Sus tobillos estaban atados a sus muslos, para que pudiera arrodillarse, pero no mucho más.

Cuando Luis me preguntó si quería probar a ser atada me sentí excitada, y me imaginé en el lugar de Yolanda, desnuda y desvalida. Mis piernas me fallaron y sentí que tenía que sentarme.

"Ponle la mordaza a Yolanda, Cecilia.", me instruyó Luis.

Pensé que ella protestaría, pero Yolanda abrió su boca para mí y mantuvo su cabeza erguida para que pudiera ajustarle las correas con facilidad. Lo que verdaderamente me sorprendió fue que casi podía sentir la mordaza y las correas alrededor de mi propia cabeza.

Con dificultad introduje la gran pelota de caucho rojo tras los dientes de Yolanda y enhebillé las correas alrededor de su cabeza de nuevo. Cuando lo hacía pensé en cómo sería ser amordazada así.

Luis debía de saber cómo me sentía, y apareció junto a mí con su manojo de cuerdas y dijo, "quizá debieras quitarte la chaqueta para que no se arrugue."

Mis manos parecieron moverse solas mientras me quitaba la chaqueta del traje, y entonces me sorprendí aún más a mí misma cuando dije, "tampoco quiero arrugar mi blusa y la falda. ¿Estaría bien si me las quito también?".

Por supuesto que lo estaba, y pronto estuve de pie en el salón de mi vecino vestida sólo con mi sostén y mis bragas, las medias y los zapatos de tacón, y acercándome al lugar donde Yolanda nos observaba. ¿Qué diría mi marido si pudiera verme ahora?.

"Pon las manos a la espalda, Cecilia, con las muñecas cruzadas", dijo Luis. "Haremos que esta primera vez te resulte cómoda."

Sentí cómo las cuerdas se apretaban Alrededor de mis muñecas. Entonces Luis tomó otra soga y la anudó sobre mis codos, y entonces tiró hasta que mis codos casi tocaron. Afortunadamente, soy flexible. Miré mis pechos, y tengo que admitir que nunca me gustaron más. A algunos hombres les gusta atar a las mujeres, pero a todas las mujeres les gusta ser atadas. Entonces Luis anudó otra soga alrededor de mis rodillas, y luego ató mis tobillos de tal forma que no pudiera dar más que pasitos muy cortos.

"Ahora la mordaza," dijo. "Tengo una nueva que pienso que te gustará por ser tu primera vez." Primero insertó una pelota grande y blanca en mi boca, y entonces la enhebilló con una correa tras mi cabeza. Otra correa fue debajo de mi mandíbula, y dos más por encima de mi nariz, entre mis ojos. Esta correa continuó por encima de mis cabellos hasta engancharse con la otra correa alrededor de mi cabeza. Entonces ató una de las sogas que sujetaban mis codos a la cima del arnés, obligándome así a levantar la cabeza. Me sentía bien aunque estaba totalmente desvalida. No podía creer lo que había pasado. Sólo una hora antes había sido una abogada importante en una sala de tribunal, y ahora era una muchacha desvalida, atada y amordazada con mis bragas totalmente empapadas.

Luis puso su mano en mi espalda para atraerme hacia él mientras su otra mano daba masaje a mis pechos, y entonces dejó que su mano resbalara por mi cuerpo hasta mi coño, "Está muy mojado", dijo. "Hace mucho que Elisa había pensado que a lo mejor te gustaría la esclavitud, pero yo tenía mis dudas. Supongo que siempre se aprende algo nuevo."

Cuando me tocó comencé a gemir. Nunca me había excitado así, y tan rápidamente, en mi vida. Él me acariciaba suavemente entre mis piernas y me habría encantado que me follase en ese mismo instante. Sin embargo, no lo hizo. Fue a una mesa y escribió una nota, que, acercándose a mí, enganchó en una de las cintas de mi sostén. "Es una nota para Jose", dijo. "Dice que probablemente necesitas ser follada, y que quizá a él le gustaría hacerlo."

Golpeó mi culo con fuerza y me empujó hacia afuera. Con gran dificultad caminé la corta distancia hasta nuestra puerta trasera, agradecida de lo cercanos que estaban nuestros patios. Mi marido estaba esperándome en la puerta, lo cual fue una suerte para mí, porque no sabía cómo iba a abrir la puerta, atada como estaba.

Luis debía de haber llamado a Jose para decirle que podía necesitar ayuda para entrar. Estaba muy asustada pensando que se enojaría. Su esposa acababa de permitir que otro hombre, ¡infiernos, prácticamente había rogado a otro hombre!, que la atara y amordazara, que la acariciase los pechos casi desnudos, y habría permitido que la follase si él lo hubiese intentado. Pero mi marido sonreía cuando abrió la puerta y permitió que yo entrara en casa. "Veo que Luis te ha mostrado algunos de sus trucos. ¿Te cae bien él?", preguntó. Cabeceé con mi cabeza tan entusiásticamente como podía, considerando la tirantez de las correas de mi mordaza.

Entonces mi marido vino a mí y me abrazó, y dijo, "Cecilia, nunca no te había visto tan hermosa. Luis me ha mostrado fotos de Elisa y otras esposas en esclavitud, pero he tenido miedo de comentar el asunto contigo. Pero ahora creo que tendremos mucha diversión. Y la primera diversión que voy a tener será mirar cómo mi esposa desvalida es follada por otro hombre."

Él cogió una de las tiras de mi sostén, y, sacando de su bolsillo un pequeño cortaplumas, cortó la tira a la altura de mi hombro y me quitó el sujetador. Entonces cortó los laterales de mis bragas y me dejó desnuda salvo por mis medias, los zapatos, y, por supuesto, mis ataduras. Entonces usó un rotulador para escribir algo en mi pecho izquierdo, pero, atada como estaba, me era totalmente imposible leerlo. "Volvamos a casa de Luis", dijo.

Me tomó de mi brazo y me llevó fuera, y por tercera vez crucé nuestro patio, cada vez más desvalida y más expuesta. Pensé en qué pensarían los vecinos si me veían desnuda y desvalida como estaba, y eso me puso más excitada.

"Luis", dijo Jose, "Cecilia tiene una nota para ti en su pecho."

Luis se había sentado y acariciaba a Yolanda Rodríguez cuando entramos. Vino a mí y me cogió el pecho y leyó en voz alta: "Estimado Luis, me enviaste atada y semidesnuda, yo vuelvo atada, desnuda, y preparada para que me folles. Cecilia". No podía creer que mi marido hubiera escrito una invitación a otro hombre para que me follara, y además sin consultarme. ¡Qué se había creído!. De cualquier modo, era algo que yo estaba deseando. Desde el momento en que había visto a Yolanda atada en el salón de Luis, mis pezones se habían puesto duros y mi coño se había empapado.

"Jose, me parece que tenemos aquí a dos muchachas que quieren ser folladas, y si yo voy a follarme a Cecilia, pienso que tú deberías follarte a Yolanda."

"Eso suena a una idea maravillosa", le dijo mi marido, "si le parece bien a Yolanda". Vi cómo Yolanda cabecea rápidamente. Por supuesto, estaba tan amordazada como yo, y no podía decir que estaba de acuerdo, pero podía decir que quería que alguien se la follara, y eso lo haría Jose maravillosamente.

Luis me tomó por el brazo y me condujo a un rincón de la sala donde tenía una especie de potro de metal instalado. Se trataba de un poste recto sobre una base ancha con una madera gruesa encima. La madera tenía un cinturón ancho en un extremo y un cinturón más pequeño en el otro. Luis me dobló sobre la madera y ató el cinturón más pequeño alrededor de mi cuello, y luego el cinturón más ancho alrededor de mi cintura. Entonces soltó la soga alrededor de mis rodillas para que pudiera extender mis piernas. Mi marido miraba mientras lo hacía, y entonces me miró a la cara y dijo, "A mí me encantas, Cecilia, y pienso que te encantará esto". Me dio un besó en mi mejilla, ya que mi boca no estaba disponible, y cubrió mi cabeza con una capucha de seda negra, para que no pudiera prever lo que estaba por venir.

Pueden imaginar la imagen que ofrecía, una pelirroja alta con tetas grandes, y pezones tiesos, inclinada hacia delante con los brazos atados por las muñecas y codos, y las piernas tan abiertas como podía. Debía parecer una muchacha que espera ser follada, y, por supuesto, eso era exactamente lo que era.

Sentí una lengua en los labios de mi coño. Lamió cada rincón de mi clítoris hasta que estuve cerca de correrme, y entonces se detuvo. Retorcí mis caderas tanto cuanto podía en mi esclavitud, y gemí a través de mi mordaza. Sólo cuando mi frustración llegó a su cenit sentí la polla de Luis entrando en mí, y mi clímax comenzó. Estoy segura de que, si no hubiera estado apoyada en el potro, mis piernas no me hubieran sostenido porque mis rodillas temblaban sin control. Era la forma más excitante de follar que había experimentado en mi vida, y el pensamiento que estaba desvalida y con mi marido observándome hizo que aún fuera mejor.

  

Sin embargo, por supuesto tenía que acabar. Ya estaba tan excitada que no podía aguantar mi orgasmo durante más tiempo, y estoy segura de que transmití algo de esa excitación a Luis, porque poco tiempo después sentí que me penetraba hasta el fondo y vaciaba su carga de semen en mi coño. Cuando salió de mí, sentí su semen resbalando entre mis piernas junto con mis propios mis jugos, empapando las cimas de mis medias. Era una “dama” total, completa y absolutamente follada.

Después de descansar un momento, Luis quitó la capucha de mi cabeza para que pudiera ver de nuevo, y entonces me soltó de la posición inclinada, pero no por supuesto de mi esclavitud. Mi marido estaba sentado en una silla acariciando a Yolanda, quien, por supuesto, todavía estaba atada y amordazada. Él la tenía sentada sobre sus piernas, jugueteando con sus pezones, pellizcándoselos, pero también sin perder de vista a su esposa, follada inapelablemente delante de él.

Llevaba atada y amordazada durante más de una hora, y mis mandíbulas y mis brazos comenzaban a dolerme. Luis debía de saberlo, porque él aflojó los arneses de la cabeza y la mordaza de la pelota, y me preguntó si me gustaría que me soltara.

"Creo que todavía no", contesté, "pero me harías un favor si me atases de forma diferente durante un rato. Mis brazos comienzan a molestarme".

"Por supuesto. Creo que ahora sabes que hacemos esto tanto por el placer de la muchacha como por el nuestro propio. Si no hacemos que ambos disfruten de ello, no hay nada que hacer".

Me soltó de mis ataduras y me dio un momento para estirarme. Mi marido apareció frente a mí y me abrazó y dijo, "me ha parecido maravilloso. He deseado verte atada y follada como ahora desde que Luis y Alberto me hablaron sobre lo que ellos les hacían a Yolanda y Elisa".

"¡Ojalá me hubieses preguntado antes!", contesté, "pero no sé qué habría contestado antes de ver a Yolanda atada". "Pienso que habéis despertado un “monstruo” ahora, aunque, creo que no quiero detener esto demasiado pronto".

"Creo que vas a estar muchas veces desvalida en el futuro", dijo, "y muchas veces vas a ser follada por otros hombres mientras miro."

Jose entonces me llevó al otro lado del cuarto, donde se habían atado ganchos al techo, y volvió a atar mis muñecas, esta vez con puños de cuero con cadenas atadas a ellos, y me ató con mis brazos hacia arriba y abiertos, izándome hacia el techo. Apenas podía tocar el suelo con las puntas de los pies si mantenía las piernas rectas, pero entonces mi amoroso marido me puso una barra en mis tobillos, obligándome a mantener las piernas muy abiertas, y yo me balanceé precariamente sobre los dedos de mis pies. Me besó tiernamente, y entonces me amordazó con una especie de mordaza con forma de pene que introdujo en mi boca y que luego enhebilló herméticamente en la parte posterior de mi cuello. Estaba desvalida de nuevo con una polla de plástico en mi boca, pero quería una real en mi coño, y Jose no estaba demasiado cansado como para no ser capaz de “obligar” a follar a su querida esposa.

Dado que yo era casi tan alta como mi marido, una de nuestras maneras favoritas de hacer el amor era de pie, y encajábamos juntos perfectamente. Así que él sólo caminó hasta mí, sacó su polla, y me la metió. Estaba tan mojada y llena del semen de Luis que no hubo ninguna resistencia. Una vez más estaba siendo follada mientras me encontraba totalmente indefensa. Los hombres parecían disfrutar enormemente follando con mujeres desvalidas, y las mujeres siendo folladas con casi nada de trabajo. Era maravilloso, y cuando mi marido terminó yo tenía más fluidos seminales empapando las cimas de mis medias. El volumen me sorprendió, dado que sabía que Jose se había follado a Yolanda mientras Luis me lo hacía a mi. Al parecer, la vista de su esposa desvalida hacía que mi marido se convirtiera en una verdadera máquina sexual.

Después de dos veces cada uno de ellos, los dos hombres se habían cansado un poco, así que nos desataron y nos llevaron al centro de la habitación, donde nos ataron una vez más, ésta vez obligándonos a sentarnos en el suelo con las piernas de la una entre las de la otra, de forma que nuestros coños se tocaran, y más aún cuando, después de pasar una soga alrededor de nuestras cinturas, la apretaron considerablemente, con nuestros brazos atados fuertemente a la espalda, nuestras rodillas atadas juntas, y nuestros tobillos también atados. Nos amordazaron con una mordaza doble, que constaba de dos juegos de arneses completos que tenían dos pelotas juntas, manteniendo así las cabezas de las muchachas juntas por sus bocas, como si nos besáramos. Los hombres salieron y nos dejaron allí, en el suelo, incapaces de comunicarnos excepto por nuestros ojos, y pensé que la mirada de Yolanda me demostraba que había disfrutado de la tarde tanto como yo misma.

Una vez más pensé en cómo mi vida había cambiado sólo desde que había llegado a casa desde el trabajo. Esa misma mañana había sido una buena abogada y esposa fiel, y ahora era una mujerzuela esclavizada, deseosa de ser follada por cualquier hombre que la atase.

Jose y Luis hablaron un rato mientras nosotras seguíamos en el suelo, pero entonces la puerta se abrió y Elisa entró, llevada por Alberto, el marido de Yolanda. Como nosotras dos, estaba desnuda, atada y amordazada. Alberto la llevaba tirando de una correa sujeta a unos anillos en sus pezones, que no me había dado cuenta antes de que tenía. Habría sido después de la última vez que había visto a mi amiga desnuda, o quizás yo sólo no me había dado cuenta de ello. Entonces miré hacia abajo y vi que Yolanda también tenía sus pezones agujereados. Deseé saber si a Jose le gustaría que yo también me hiciera eso, y si sería doloroso. Tenía que admitir que los anillos en los pezones resultaban sumamente eróticos.

Elisa sonrió tanto como pudo tras su mordaza de pelota cuando me vio en el suelo atada junto a Yolanda. Luis le quitó la mordaza y ella me dijo, "Hola Cecilia, veo que has descubierto nuestro peculiar estilo de vida. ¿Te gusta?".

Mis posibilidades de contestar eran limitadas por estar amordazada con Yolanda, pero creo que se hizo una clara idea de mis sentimientos sobre el tema, sobre todo cuando Luis le dijo que había sido follada en esclavitud dos veces esa tarde, una vez por él, y otra vez por Jose.

Los tipos nos soltaron de nuestras mordazas entonces, y todos tuvimos oportunidad de hablar acerca de los eventos de las horas pasadas. Ciertamente querían saber cómo me había sentido, dado que acababa de encontrarme en una situación que yo no podía haber previsto ni haberme preparado para ella. Aseguré a todo el mundo presente que verdaderamente me gustaba el sentimiento de indefensión que sentía mientras estaba atada, y me habían encantado las “atenciones” que los hombres le prodigaron a mi cuerpo. Les dije que nunca había sentido un orgasmo tan intenso como los que había sentido mientras Luis y mi marido me follaban.

Mientras hablábamos los hombres soltaron a las otras mujeres de su esclavitud, y de repente yo era la única en el cuarto desvalida y desnuda. Yolanda y Elisa se habían puesto unas túnicas, pero yo todavía sólo llevaba mis medias, y las sogas, por supuesto, y ésto me hizo sentirme aún más vulnerable entonces, pero también me excitó más. No estaba segura de que alguno de los hombres no quisiera más sexo conmigo, pero esperaba ser follada una vez más esa noche.

Alberto era el único hombre allí que no me había follado todavía, así que le dije, "Alberto, si tú quieres..., no puedo hacer nada para impedírtelo". Mientras, rodé sobre mi espalda en una clara invitación. La vista de una mujer puesta en esclavitud por primera vez lo debía haber inspirado, porque enseguida se desnudó y metió su polla en mi coño.

Yo estaba con mis brazos atados apoyados en el suelo, soportando todo el peso de mi propio cuerpo y el del cuerpo de Alberto, pero el sentimiento de volver a ser follada por otro hombre mientras podía ver el placer en los ojos de mis marido eliminó cualquier incomodidad. Jose se arrodilló al lado mío en el suelo mientras Alberto me empalaba salvajemente, y me besó y me dijo que a él le encantaba yo.

Después pensamos que ya era suficiente por una tarde. Las otras mujeres me soltaron, y Jose y yo nos fuimos a casa, aunque antes nos dijeron que el siguiente fin de semana habría una fiesta por parejas en esclavitud en la casa de Alberto y Yolanda, y que, obviamente, estábamos invitados.

Una vez más crucé nuestro patio, esta vez completamente desnuda desde que por fin me había despojado de mis empapadas medias, que parecían no tener arreglo, y llevando mis zapatos, mi traje, y mi blusa bajo el brazo.

Quería darme una ducha en cuanto llegué a casa, pero Jose me detuvo. "Quiero poder sentir toda la noche lo “mujerzuela” que has sido esta tarde", dijo. "Quiero poder tocar los fluidos fuera de tu coño. Por la mañana podrás limpiarte y volver a ser Cecilia Gómez, abogada. Sólo por esta noche, sin embargo, seguirás siendo una muchacha que ha participado en una orgía de esclavitud".

Y tenía razón, me sentí diferente esa noche. Nunca en mi vida había hecho cualquier cosa parecida antes. No había tenido sexo con nadie salvo con mi marido desde que habíamos comenzado a salir juntos, y ciertamente nunca había sido atada antes, por lo menos no desde que había jugado a vaqueros e indios como una niña pequeña. Tenía un sentimiento de que mi vida sería diferente después de ésto.

La webcamer y su fan number one VIII

 

De cómo Paula quiere seguir jugando y de los peligros de jugar con… “fuego”


“Me he cansado de este juego… Podemos dejarlo o…, subir de nivel… Sácate los juguetes… En la mesilla hay un antifaz… Póntelo sobre los ojos, espósate las manos a la espalda y espérame estilo perrito"

Paula leyó el wasap y sonrió… Estaba caliente…, muuuuuy caliente, y no iba a poner pegas si él volvía para follarla…, cosa que estaba segura de que él ya sabía cuando le envió aquel wasap sabiendo que ella no se echaría para atrás… No habiendo llegado hasta allí… “¡Qué bien me conoce el cabrón!”, pensó Paula, sonriendo para sí misma 

Le hizo gracia lo de perrito, pero no pudo evitar que un escalofrío recorriera su espalda, así que, obedientemente, se sacó con cuidado los dos juguetes de su sexo y de su culo, sintiendo un enorme vacío en su interior de forma inmediata, se puso el antifaz, se esposó las manos a la espalda y, cuando iba a colocarse en la posición indicada, descubrió que tenía un problema...

“¡Capullo!”, pensó, “¿Cómo quiere que me ponga “estilo perrito” con las manos esposadas a la espalda?”

Enseguida comprendió que sólo tenía dos opciones, o inclinaba el cuerpo hacia delante todo lo posible, aguantando su propio peso y de forma que sus grandes tetas quedaran colgando, o dejaba caer el torso sobre la cama, levantando las nalgas y ofreciéndole su culo…, para lo que fuera, jejejejejeje… “¡Dios mío!”, pensó Paula, entre divertida y muy, muy excitada, “¡hasta anoche era virgen por ahí y ya estoy deseando que me vuelva a romper el culo!”. Pero decidió no dejarse caer sobre la cama y soportar el peso de su cuerpo…, por más que deseara volver a sentir otra vez la polla entrando y saliendo de su culo, era consciente por su experiencia como webcamer de que así sus grandes pechos colgaban de una manera que excitaba mucho a los hombres… 

Casi en el mismo momento la chica notó cómo se abría la puerta de su dormitorio, y una brisa fresca entró en la habitación, haciendo que a la excitada Paula se le erizaran los pezones…, “¡Dios, qué caliente estoy!...”, pensó.

Entonces, de repente, le pareció oír dos voces cuchicheando y todo su cuerpo se tensó… Con el sentido de la vista anulado, incluso en tan poco tiempo

se le había agudizado el oído, pero solo había sido un momento fugaz y Paula creyó haberse confundido…, o quiso autoconvencerse de ello para poder relajarse y disfrutar del momento… ¡Era imposible que hubiera más de una persona!

Entonces oyó el inconfundible sonido de alguien quitándose la ropa y olvidó sus aprensiones… ¡Por fin!

Lo siguiente que sintió fueron unas manos entre sus piernas, obligándola a separarlas aún más, para luego tantear sus labios vaginales hasta encontrar su clítoris y comenzar a estimulárselo, arrancándole el primer gemido de placer y provocando que su coño se inundara de fluidos vaginales…, pero cuando más anhelante se sintió la chica, las manos se apartaron de su cuerpo, dejándola con un sentimiento de abandono…

“¿Qué va a hacerme ahora?”, pensó Paula, “¿Me hará que se la mame antes de follarme?...”

Entonces, de repente, - ¡¡ZAS!! -, la desprevenida chica sintió un lacerante golpe en su nalga derecha, provocando que todo su cuerpo diera un respingo y sus carnes temblaran mientras sus tetas se balanceaban adelante y atrás…

“¡Dios, el muy cabrón también sabe dónde guardo la puta fusta!”, pensó, “¿Cómo…?”… Pero sus pensamientos se vieron interrumpidos por un segundo fustazo en su otra nalga… ¡¡ZAS!!

Paula se había azotado el culo con la mano o con la fusta en alguna de sus emisiones o para alguno de sus vídeos por encargo de sus seguidores, y cuando lo había hecho, lo había hecho de verdad, nada de medias tintas, hasta dejarse el culo rojo…, pero nada de aquello la había preparado para el seco golpe de los fustazos que Fer le estaba propinando, espaciando los golpes de forma que su sistema nervioso asimilara el escozor primero y el dolor después antes de aplicar el siguiente golpe…

De esa forma, las expuestas nalgas de Paula recibieron casi una docena de duros fustazos antes de que la chica percibiera que su dominador cambiaba de posición, situándose a un lado de la cama…

Paula no tuvo tiempo de plantearse qué intenciones tendría cuando un fuerte fustazo, aunque de menor intensidad que los anteriores, golpeara su pecho derecho, muy cerca del pezón, arrancándola un gemido de dolor…, y otro fustazo cayó sobre el otro pecho casi antes de que Paula pudiera procesar el intenso dolor que ambos golpes le habían producido… “¡Aaaayyyyyy!”.

Sin embargo, a diferencia del sordo escozor que aún sentía en sus nalgas, el dolor en sus pechos desapareció pronto, y Paula comprendió que él estaba controlando la fuerza de los golpes de fusta y que no pretendía hacerla daño real…, tan solo establecer los roles de uno y otra… ¡Como si ella no lo tuviera asumido desde la noche anterior y ahora mismo, desnuda, a cuatro patas, sin poder ver nada y con las manos esposadas a la espalda!...

Un par de fustazos más cayeron en rápida sucesión sobre los pechos de la chica antes de que escuchara cómo dejaba la fusta sobre la mesilla de noche y antes de sentir cómo se subía a la cama y se colocaba frente a ella, muy cerca, y cómo un par de fuertes manos sujetaban su cabeza, dirigiéndola…

“¡Dios, por fin voy a poder volver a comerme esa polla que me está volviendo loca desde que me folló anoche!”, pensó una enfebrecida Paula, abriendo su boca para recibir el ansiado miembro viril que tanto desea mamar.

Enseguida sintió cómo se la metía en la boca, muy profundamente, y la chica, a pesar de su precario equilibrio, hizo intento de comenzar a mover su cabeza adelante y atrás para mamársela, pero él, sujetando su cabeza con firmeza para impedírselo, se inclinó hacia delante hasta colocar su boca junto a su oído y susurrarle… “No seas impaciente, Paulita, ya tendrás tiempo de saborearla… Ahora no quiero que me hagas una mamada…, ahora lo que quiero es follarte la boca”. E incorporándose sin dejar de sujetarle la cabeza, inició un movimiento de caderas que hacía que su polla entrara y saliera de la boca de la chica, a quien le costaba sobremanera verse obligada a ser un mero receptáculo pasivo y que, en un pequeño signo de rebeldía, procuraba rozarla con su lengua al entrar y salir de su boca. ¡Dios, sentirse usada de aquella manera le estaba provocando un calentón de órdago y quería que se decidiera a metérsela de una vez por todas, sin importarle por dónde se la metiera!... Se sentía tan enardecida que, si no hubiera sido por las esposas que le mantenían inmovilizadas las manos a la espalda, ya habría estado tocándose a sí misma hasta correrse como una posesa sin que nadie hubiera podido impedírselo…

Casi como si le hubiera leído el pensamiento, y Paula casi llegó a creer que era así, el hombre le sacó su pene de la boca por última vez y ella sintió cómo se bajaba de la cama…

“Venga, preciosa, ahora quédate así, a cuatro patas, que te voy a follar como a una perra que tiene ganas de verga”, le dijo 

“¡Oh, Dios, sí, fóllame, fóllame duro, por favor!... ¡Me quiero correr, me… quiero correr!”, casi sollozó Paula, sin importarle que pudieran oírla los vecinos

o quien fuese, máxime cuando le sintió colocarse entre sus piernas y cómo su polla penetraba hondamente dentro de ella sin ninguna dificultad debido a los abundantes flujos vaginales que inundaban su excitadísimo coño. 

“¡Oooohhhhh, siiiiiiiiiiiiii, fóllame, por Dios, fóllameeeeeeeeeeeeeeee!” 

Cumpliendo lo que la chica le pedía, él le sacaba la polla y la volvía a meter por completo, y su ritmo fue acelerando cada vez que se la metía, agarrando con fuerza sus tetas mientras se la follaba… 

El sonido de sus caderas cuando chocaban con su culo casi se podía oir en toda la casa, mezclándose con los gritos de placer de la chica que eran cada vez más fuertes porque Paula ya estaba descontrolada, al borde del orgasmo. 

“Grita, Paulita, que todo el mundo te escuche y sepa cómo estás gozando mientras te follan… No te cortes, guapa…”, susurró él mientras la agarraba del pelo para controlar sus movimientos

 ”¡Dame maaaaaaaas!. ¡¡¡¡Métemela hasta el fondo, por favor, quiero sentirte dentro, aaaaaaaaah!!!!" 

Paula adoraba que la sujetara del pelo como lo hacía, sabía exactamente cómo sujetarla, le apretaba el cuello, le mordisqueaba el hombro o le daba azotes en las nalgas mientras la embestía con fuerza una y otra vez, friccionando su miembro contra sus paredes vaginales, lo que la proporcionaba una deliciosa sensación. La consiguió estimular de tal manera que Paula no tardó en llegar al orgasmo, apretando los puños y volviendo a morder la almohada para ahogar sus chillidos de placer, casi le costaba respirar y su corazón bombeaba a mil por hora, pero estaba teniendo un orgasmo brutal. 

Mientras tanto, situado entre las piernas abiertas de Paula y sujetándola por las caderas para dirigir el ritmo de la penetración, la imagen que Fer tenía ese momento de su culo le excitaba aún más y deseaba tenerlo otra vez para sí, dejarle un agujero tan abierto que no se pudiera sentar en un mes. 

La tomó por los brazos y siguió follándosela duro, fuerte y rápido, en cada embestida sentía sus nalgas chocar con su pelvis, veía su polla desaparecer dentro de su vagina y salir toda lubricada por sus jugos vaginales, lo que le

motivaba aún más a seguir follándola, darle más placer, que ella gozara al límite con la follada que le estaba dando... 

¡¡PLAS!! ¡¡PLAS!! ¡¡PLAS!! 

Instintivamente le dio tres palmadas en ese culo que le volvía loco, bastante más fuertes que las anteriores, que retumbaron en toda la habitación, haciendo que sus nalgas temblaran como un flan, y que parecieron desencadenar el clímax de Paula, que volvió a correrse gimiendo como una posesa antes de que él aflojara la sujeción de sus brazos y dejara que su cuerpo cayera suavemente sobre el colchón, donde la chica quedó desmadejada, intentando recuperar la respiración… 

Después de dejarla unos minutos para recuperarse de las intensas sensaciones que había experimentado, Fer se inclinó sobre la muchacha y la ayudó a darse la vuelta sobre la cama, quedando así tumbada sobre su espalda, con las piernas separadas y su coño brillante por los abundantes flujos vaginales que aún mojaban sus muslos.

Fer se retiró ligeramente y admiró el cuerpo desnudo que se exponía ante él… Sus grandes pechos que se desparramaban hacia los lados de su cuerpo, moviéndose al compás de su agitada respiración, el lunar de su pecho derecho que tan coquetamente mostraba en sus emisiones, y, por fin, se recreó en la excitante visión de su sexo abierto y empapado...

Finalmente no pudo reprimirse por más tiempo y, sonriendo para sí mismo, se inclinó sobre ella, enterrando su cabeza entre sus piernas abiertas hasta posar su boca en sus labios vaginales, besándoselos y lamiéndoselos hasta encontrar su clítoris hinchado y chasquear su lengua sobre el mismo, siendo recompensado al sentir cómo el cuerpo de Paula se tensaba al sentirlo mientras dejaba escapar un quedo gemido. Entonces acercó su mano a la expuesta entrepierna de Paula y, sin dejar de succionar y mordisquear su clítoris, sus dedos buscaron su culo, deslizando uno en su interior con facilidad, y pronto se le unió un segundo dedo.

Trabajando en un tándem perfecto ahora, la lengua y los dedos de Fer aumentaron constantemente su ritmo y su presión, volviendo a empujar a Paula hacia un nuevo clímax… El no era nuevo en ello, y juzgó el momento a la perfección mientras, de forma simultánea, estimulaba el punto G de la chica con

sus dedos y le mordía ligeramente el clítoris, hasta conseguir que Paula se estremeciera cuando un nuevo orgasmo explotó en su interior…

“¡Me corro, me corro, me corrooooooooooooooooooooo…!”, gimió mientras todo su cuerpo se convulsionaba presa de un intensísimo frenesí sexual y de su coño brotaban abundantes flujos vaginales que él recogió entre sus labios, saboreándola, antes de incorporarse para apreciar la maravillosa visión de la preciosa mujer que, desnuda y temblorosa, yacía sobre la cama frente a él…

“¡Gracias!”, murmuró ella, con la voz entrecortada y ronca por la excitación, “¡Eso ha sido increíble!...”

“No hay de qué, Paulita, no hay de qué… Siempre me ha gustado ver cómo te corres, ya lo sabes… Pero ahora vuelve a ser mi turno, preciosa”, le respondió él.

Tumbada de espaldas, con sus piernas muy abiertas, Paula sintió cómo sus dedos tanteaban su entrepierna, abriendo sus labios vaginales, y percibió cómo lo que supuso que sería el lush penetraba fácilmente en su encharcado coño, y supo qué iba a hacerle incluso antes de que él le levantara las piernas, colocándolas sobre sus hombros, y situara la punta de su miembro en la entrada de su culo.

“Así no… Por favor… Ponme a cuatro patas otra vez…, por favor… Sabes cómo me gusta así…, lo sabes…”

Atendiendo a la petición de la excitadísima Paula, la puso a “cuatro patas”, pero, aún con las manos esposadas a la espalda, el torso y la cabeza de Paula reposaron sobre la cama. Entonces él la obligó a abrir la boca y le metió sus propias bragas brasileñas en la boca, lo que hizo que la chica comprendiera que no pensaba ser delicado con ella en esta ocasión y que, si no lo evitaba, iba a chillar aún más que hasta el momento, y su coño se encharcó aún más de sólo pensarlo mientras él le recolocaba la punta de su miembro en la entrada de su culo… Entonces, tiró de sus brazos agarrando la cadena de las esposas, obligándola a incorporar su cuerpo sobre la cama, dejando sus grandes tetas colgando, y se la metió completamente en el culo de una brutal embestida.

Esta vez, el alarido de Paula se hubiera oído por todo el vecindario si no hubiera sido por las bragas que tenía en la boca, empapadas por su saliva, pero, antes de que pudiera procesar el dolor, un tremendo escalofrío de placer sin límites que nacía en lo más profundo de su coño recorrió todo su cuerpo… ¡El muy cabrón había conectado el lush a su máxima potencia!

La mezcla de dolor y placer fueron demasiado para la chica, que experimentó un orgasmo brutal mientras él seguía follándola el culo y el lush no dejaba vibrar dentro de su vagina. Lo único que se podía oir en la habitación era el “plaf, plaf” del golpeteo de las caderas del hombre contra las nalgas de la chica cada vez que se la metía y los sonoros jadeos de Paula que pugnaba por respirar…

“¡Dios!”, pensaba, “¡Me va a partir en dos si sigue follándome así de bestia!”

Paula, que siempre había sido muy escandalosa en sus orgasmos, sintió que se ahogaba al intentar coger aire con sus propias braguitas metidas en la boca y las escupió sobre la cama, jadeando como una perra mientras una sensación de puro placer nacía entre sus piernas e iba recorriendo todo su cuerpo hasta explotar en otro tremendo orgasmo que la hizo gritar de placer sin importarle ya quién pudiera escucharla… ¿Qué le importaba entonces que los vecinos se enteraran de que estaba siendo follada y bien follada?

Sin embargo, en esta ocasión Paula no había sido pillada tan desprevenida como la noche anterior, y se sentía capaz de “contratacar” con algunos de los “trucos” que había aprendido como webcamer, porque no sólo se trataba de sentarse delante del ordenador y encender la cam para mostrar su cuerpo desnudo, y, en aquel momento, Paula supo que para disfrutar aún más si cabía de aquella sesión de sexo salvaje debía “convertirse” en su alter ego, Mya…, dejarla que aflorara de forma natural, tomando el control de la situación y comportándose como una chica tan lujuriosa y amante del sexo como ella…

“¡No, eso no es verdad!”, pensó Paula en aquel mismo instante, “¡Yo soy “ella”, yo soy Mya, yo soy así!”. Y al asumir aquella realidad se sintió extrañamente liberada, pletórica y capaz de cualquier cosa…

Por un momento, sintiéndola dudar, él dejó de moverse por un instante y fue ella instintivamente quien tomó el control y siguió con el bamboleo de adelante y atrás, metiéndose su verga hasta el fondo de su culo, apretando los músculos de su esfínter para que la sintiera aún más cerrada ante cada embestida de su miembro. 

Por un breve instante, Fer se quedó asombrado… ¡Aquella chica estaba sorprendiéndole una y otra vez!... Ella se estaba metiendo su polla, ella le estaba follando a él, y en ese momento regresó su capacidad de macho dominante, la tomó por los cabellos y arqueando un poco su cuerpo se la volvió a follar rápido y fuerte, al mismo tiempo que su mano se dirigía a su clítoris para darle más

placer y hacer que tuviera su siguiente orgasmo, porque sabía perfectamente que Paula era clitoriana, pero él también estaba a punto de correrse, pues sus paredes vaginales le apretaban la polla más y más cada vez que la penetraba. 

”¡Dame  más,  Fer,  dame más  duro,  por  favooooooor,  que me voooooooy a correr otra veeeeeeeeeeeeez!” 

“Córrete, Paula, que para eso te estoy follando así, para que goces”. 

Al oir su nombre en sus labios, Paula experimentó un inexplicable sentimiento de…, ¿victoria?... Era a ella, a Paula, a quien él se estaba follando y quien quería que se corriese…, ¡no a Mya! 

“¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!!!!!!!!!!. ¡¡¡¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaah!!!!!!!.” 

Fer sintió el orgasmo de Paula desde lo más profundo de su cuerpo mientras sus fluidos vaginales empapaban su propia entrepierna y los sentía resbalar por la parte interna de los muslos de ella y de los suyos, y aquello lo excitó tanto que la tomó con fuerza de las caderas y empezó a moverse como un poseso dentro y fuera del culo de la chica justo antes de sentir cómo un intensísimo orgasmo crecía dentro de él, corriéndose en las entrañas de Paula, que sintió cómo los chorros de semen se perdían en el interior de su culo. 

“¡¡Siiiii, llena mi culo con tu semen caliente, córrete dentro de mí, no dejes nada fuera, todo dentro de mi culo!!”, gritó una Paula mientras él se dejaba caer sobre ella hasta que ambos quedaron tumbados sobre la cama, con él aún encima y dentro de ella…

La webcamer y su fan number one VII

 

De cómo Lucía se encuentra a Paula decidida a convertirse en realidad en la sexy Mya_27


Una actualización no programada de los sistemas informáticos en las oficinas en que trabajaba la joven Lucía hizo que, en lugar de llegar a casa a la hora de la comida, como era costumbre, entrara por la puerta a poco de las doce del mediodía del día siguiente, el 15 de febrero.

Nada más entrar en el piso que compartía con su amiga Paula le extrañó el silencio que reinaba en la vivienda… ¿Dónde andaría metida Paula?... Era raro entrar en casa y no oír su música a todo volumen…, y era tarde…, incluso para Paula… Lucia sabía que su amiga era una trasnochadora declarada y también sabía que, como webcamer erótica, la noche era su elemento natural…

¡Cuántas veces no se había despertado ella misma en medio de la noche al escuchar sus gemidos de placer mientras se corría con sus juguetes y las aportaciones de sus usuarios durante sus emisiones a altas horas de la madrugada!...

Además, Lucía sabía que Paula había tenido algo especial preparado para la noche de San Valentín… Una cita a ciegas con uno de los usuarios de su sala o algo así…

¿Se habría metido su amiga en algún lío?... ¿Se encontraría bien?

Con una leve aprensión, Lucía se acercó a la puerta de la habitación de Paula y su mano tembló ligeramente cuando agarró el picaporte… ¿Se habría metido su amiga en algún lío?... ¿Se encontraría bien?...

Abrió la puerta con sigilo y con un suspiro de alivio dejó escapar el aire que inconscientemente había contenido cuando contempló la silueta de su amiga bajo las sábanas… Paula dormía plácidamente, agarrada a la almohada, y Lucía pudo observar cómo su voluptuoso cuerpo desnudo se perfilaba bajo la fina tela mientras la chica dormía profundamente con una leve sonrisa en sus labios…

“Uuuhhmmmmm”, pensó Lucía, “la noche ha debido de ser movidita, Paulita”…

Paula se despertó al oír cómo su amiga cerraba la puerta de su habitación, aunque no fue consciente de qué la había despertado y ni se le pasó por la imaginación la posibilidad de que ya no estuviera sola en la casa, así que no

abrió los ojos…, aún no quería afrontar la realidad del nuevo día…, aún no…, todavía no..., antes quería recordar todo lo que había sucedido esa noche y repasar las sensaciones que aún podía experimentar en su cuerpo, dándose cuenta entonces de que aún estaba desnuda, intentando concentrar su mente en cada parte de su cuerpo…, en la leve opresión donde aún sentía la marca de sus ataduras, el leve escozor en su vagina…, o un dolor sordo y una sensación de vacío en su culo… y, sobre todo, Paula sabía que debía asumir las contradicciones de sus propios sentimientos… ¿Qué le había sucedido realmente esa noche?…, ¿Cómo llamar a lo que había vivido?... ¿Una violación… disfrutada…, o una sesión de sexo salvaje?... Porque lo cierto es que, a pesar de todo lo que le había hecho, a pesar de haberla atado, nunca se había sentido en peligro ni… obligada. ¡Y no podía negarse a sí misma que había disfrutado de cada instante!

Finalmente Paula se obligó a abrir los ojos y fue entonces cuando se dio verdadera cuenta de hasta dónde había llegado ella aquella noche, y se sintió ligeramente avergonzada, pero dentro de sí misma también debía reconocer que se sentía muy satisfecha… primero porque, para ser la primera vez que la follaban analmente, la “desvirgación” de su culo había sido memorable, y después por la forma como se había dado y el enorme placer que había recibido…, - ¡y que había proporcionado, estaba segura de ello! -, y en ese momento trató de rememorar los mejores detalles, sus manos, sus besos, su enorme y firme pene que la hizo disfrutar y gemir hasta mas no poder, pensamientos que provocaron que en su interior renaciera una intensa excitación sexual y que, inconscientemente, Paula dejara deslizar sus manos por su cuerpo hasta llegar a su entrepierna, comenzando a acariciarse suavemente los labios vaginales, incrementando la presión y la velocidad de sus dedos conforme su calentura iba aumentando…

…Cuando con las yemas de sus dedos empezó a torturar gradualmente su clítoris, Paula ya estaba desenfrenada. Estaba en celo…, el recuerdo del juego de sumisión de la noche pasada la estaba llevando como en una nube a cotas de excitación impensables para ella hasta ese momento… Dos dedos de una de sus manos ya se habían introducido en su interior, sintiendo la humedad que inundaba su sexo, mientras que los de la otra mano se apretaba uno de sus grandes pechos y sus dedos comenzaban a pellizcar su ya durísimo pezón, antes de bajar también esa mano hasta su inflamado y ardiente sexo, abriéndose los labios vaginales, restregando su clítoris llevándose en volandas hacia su clímax…

Paula jadeó cuando su mirada paseó por la habitación y pudo contemplarse a sí misma en el espejo…, una voluptuosa mujer desnuda con las piernas muy abiertas y sus manos perdidas entre sus partes más íntimas… una hembra en celo hambrienta de placer…

De pronto, un zumbido la sacó de su ensoñación y le cortó el “punto”…

¿Qué podía ser?... Fastidiada, pero intrigada, se incorporó en la cama, dejando vagar su mirada por la habitación hasta comprobar que provenía del lush que tenía en la mesilla, el juguete vaginal que usaba en sus sesiones de la webcam, que había comenzado a vibrar… ¿sólo?… ¿Cómo podía ser aquello? Nunca lo dejaba conectado… Cada vez más intrigada, cogió su móvil para comprobarlo y descubrió que la sesión estaba iniciada con su propio nick de Mya_27 y el control del aparato cedido a un usuario…, un usuario cuyo nick era perfectamente identificable… ¡Fergo!... ¡Cabrón!. ¡Pero no era posible!... El usuario no tenía que estar cerca para poder controlar el juguete sexual, pero…, ¿cómo demonios sabía él que ella estaba a punto de…?. ¡Oh, no, no habrás sido capaz de…!.

Su mirada vagó por la habitación hasta posarse en su propio ordenador portátil, abierto sobre su mesa… La pantalla estaba oscura, pero en el aparato destellaba la pequeña lucecita que indicaba que estaba encendido y en línea, y ella no recordaba haberlo encendido antes de los sucesos de aquella noche y mucho menos dejarlo conectado… El lush volvió a vibrar, como indicándole que no iba desencaminada, y Paula supo, sin ningún género de duda y sin necesidad de levantarse a comprobarlo, que él estaba viéndola en aquel preciso instante a través de la cam del ordenador, espiándola, lo cual hizo que su calentura volviera a crecer entre sus piernas… Ya tendría tiempo de cabrearse con él y banearle de por vida, jajajajajajajaja... ¡Ahora quería correrse otra vez!

Sin pensarlo siquiera, Paula volvió a recostarse sobre las almohadas de la cama y, lentamente, mirando directamente al puntito luminoso del portátil, cogió el lush y se lo introdujo en su ya empapadísimo coño, gimiendo ligeramente mientras sentía cómo penetraba y se introducía… Sabía perfectamente cómo le ponía escucharla proferir sus ya clásicos “uf” y “joder” cuando se excitaba… En cuanto lo tuvo metido dentro, Paula miró de nuevo hacia la cámara del portátil y casi inconscientemente, esbozó una sonrisa que sólo se podía entender como una invitación y sus dedos juguetearon con la antenita del lush que sobresalía de su sexo… “Si lo vas hacer, dale de una vez, Fer”, pensó

La “invitación” de Paula no tardó en ser aceptada y la chica sintió cómo el aparato comenzaba a vibrar en el interior de su vagina, muy suavemente al principio, sólo como un cosquilleo, pero creciendo en intensidad poco a poco…

De repente, la desprevenida Paula sintió como un latigazo en sus partes y todo su cuerpo dio un respingo sobre la cama… ¡Aquel cabrón le había dado a la máxima potencia!... Aun jadeando, Paula miró directamente a la cámara y, sin emitir palabras, sólo vocalizando, se lo llamó a la “cara”, enseñándole su dedo corazón con la mejor de sus sonrisas, sabiendo que, con lo bien que la conocía, entendería el mensaje implícito en aquel gesto tan característico suyo…

Y supo que él lo había entendido cuando el lush volvió a vibrar en el interior de su vagina, variando de intensidad, como a ella le gustaba, con vibraciones suaves alternadas con subidas de nivel, casi como si estuvieran follándosela y le metieran y sacaran una polla del coño una y otra vez, y eso la ponía a mil…

Cuando Paula se sentía ya muy cercana al orgasmo, la vibración se detuvo repentinamente, dejándola otra vez a medias, y la chica supo por instinto que su “voyeur” deseaba algo más, y estaba casi segura de qué era… Alargó la mano, abriendo el cajón de su mesilla y sacó el hush, el juguete anal que él mismo le había regalado y que sólo había usado en una ocasión durante sus emisiones, así que se incorporó en la cama y chupó sensualmente el juguete para lubricarlo, se puso a cuatro patas, con el culo enfocado hacia el ordenador, y se abrió las nalgas mostrando su cerrada abertura anal…

Meneando sensualmente sus caderas para ponerle cachondo, deslizó el hush entre sus mojados labios vaginales para lubricarlo aún más y, lentamente, para evitar que le doliera a pesar de que aún conservaba cierta dilatación, se lo introdujo poco a poco en el culo… Aun ligeramente abierto después de la sodomización, entró fácilmente y Paula sintió menos dolor del esperado cuando se lo introdujo completamente… Entonces separó las piernas para ofrecerle una visión perfecta de sus partes, con su coño y su culo penetrados por ambos juguetes sexuales, se apoyó sobre los codos y esperó que empezaran a vibrar…

Entre el cúmulo de sensaciones que estaba sintiendo, Paula no se había percatado siquiera de que Lucía, recién salida de la ducha, había entreabierto la puerta al escucharla ya despierta y que, al verla desnuda y a cuatro patas, introduciéndose el hush en el culo, no había querido sorprenderla para que no se sintiera avergonzada, pero tampoco había podido evitar sentirse excitada y había comenzado a acariciarse los pechos por encima de la camiseta…

Alguna vez, y obviamente sin que Paula lo supiera, Lucía, al ser despertada por los, en ocasiones, muy sonoros gemidos de placer de su amiga,

- la misma Paula reconocía que era muy escandalosa cuando se corría -, había sentido curiosidad primero y morbo después, y había terminado por crearse una

cuenta en Amateur para seguir alguna que otra de las emisiones de su amiga, y se había sorprendido a sí misma excitándose viéndola interactuar eróticamente con sus usuarios, adorablemente preciosa vestida con cualquier body de su abundantísimo surtido de lencería, desnudándose para ellos, tocándose y corriéndose con sus juguetes sexuales…, ¡pero aquello no era nada comparado con verla “actuar” en vivo y en directo delante mismo de sus ojos!... ¡Dios, qué caliente la estaba poniendo!... Sin embargo, no queriendo provocar una situación embarazosa si su mejor amiga la sorprendía acariciándose mientras la espiaba…, - ¡Dios, se sentía como una auténtica voyeur!... -, y a pesar del morbo que aquella situación le estaba haciendo sentir, Lucía reunió la poca fuerza de voluntad que aún le quedaba antes de perderse en el mar de sensaciones que nacía de su entrepierna y salió silenciosamente de la habitación, cerrando la puerta con sumo cuidado tras de sí

Cuando comenzaron las vibraciones simultáneamente en todas sus partes íntimas, por más que esperadas, consiguieron que todo el cuerpo de la chica se estremeciera de placer y Paula comenzó a suspirar mientras su calentura sexual se incrementaba exponencialmente hasta hacerla gemir de placer…

“¡Dios, ¿cómo me pones así de cachonda?!”, murmuró una excitadísima Paula, mientras los dos juguetes vibraban al compás en lo más profundo de su coño y de su culo, haciéndola perder la cabeza… “Tendría que estar cabreadísima contigo, porque esto no se hace, Fer, pero ahora mismo no puedoooooo…”. La chica se vio interrumpida por otra tanda de vibraciones de alto nivel de ambos aparatos al unísono dentro de ella, provocándole otra descarga de placer que casi provocó que alcanzara el intensísimo orgasmo que su cuerpo anhelaba desde hacía rato

“¡Ooooooooooooohhhhhhhhhhhh, quiero más, sí, cabrón, dame maaaaaaaaaaas!”…

En ese momento, mientras Fer, sentado en el asiento trasero de su coche aparcado frente al portal de la casa, contemplaba desde su Tablet cómo Paula se debatía de placer y le pedía incluso más, en la esquina inferior de su pantalla le apareció un mensaje privado de un usuario desconocido. Intrigado, picó el icono para leerlo.

“Me parece que Paula te está ofreciendo una invitación en toda regla”

Sin saber de quién podría tratarse, pero con una ligera sospecha, Fer respondió…

“?????”

“Eres Fergo, la verdadera cita secreta de Paula, ¿verdad?... ¿Acaso pensabas que no iba a darme cuenta de que estás usando mi bluetooth para colarte en el ordenador de Paula?, jajajajajaja”

“¿Lucía?”

“Jajajajajaja, ¿quién si no?... Dame cinco minutos para coger mis cosas… Esta vez seré yo quien te deje la puerta de casa abierta. El resto es cosa tuya, pero, una cosa…”

“????”

“La próxima vez que “escribas” un relato sobre Paula…” “¿Sí?”

“No te olvides de incluirme en él, jajajajajaja”

Y Fer no pudo reprimir una sonrisa…, mientras sus dedos tecleaban un wasap al móvil de Paula…

“Me he cansado de este juego… Podemos dejarlo o…, subir de nivel… Tú decides, Paulita. Si quieres seguir, sácate los juguetes… En la mesilla hay un antifaz y unas esposas… Póntelo sobre los ojos, espósate las manos a la espalda y espérame estilo perrito"

Y luego se puso a enviar otro mensaje…

María, mi querida perra XVII

 Capítulo decimosexto

Después de la ducha, ambas mujeres se secaron y salieron del baño. Inmediatamente, Laura se acercó al lugar en que había dejado caer su ropa y comenzó a vestirse… En un momento dado, su mente procesó que su madre no estaba haciendo lo mismo, permaneciendo desnuda frente a ella, con un papel en la mano.

“Mamá, ¿a qué esperas?... Vístete y vámonos de aquí”, le dijo

María miró fijamente a su hija antes de responder. “Hija, tenemos que hablar… Termina de vestirte y vamos al salón”

“Ya tendremos tiempo para hablar cuando estemos en casa, mamá… Venga, vístete y salgamos de aquí”

“Laura…”, la voz de María murió en su garganta mientras cogía fuerzas para seguir hablando. “Laura, hija…, en esta casa las esclavas no tenemos derecho a usar ropa… D-debemos permanecer desnudas… Termina de vestirte y vamos al salón. Mi Amo ha salido pero me ha dado permiso para explicártelo todo mientras él está fuera… Sospecho que tomará medidas contra tu padre por haber provocado esta situación”

“¿Medidas?... ¿Contra papá?... ¡Mamá, Aminda está con él ahora mismo!”, casi gritó Laura, invadida por la preocupación por lo que pudiera ocurrirle a su hija.

“No te preocupes. Mi Amo no es partidario de la violencia física… Bueno, salvo en ocasiones para disciplinar a sus esclavas… Además, él nunca le haría daño a una niña”

Laura se sorprendió de la vehemencia que su madre ponía en sus palabras mientras defendía a su Amo. ¿Cómo podía defenderle después de las cosas que le había hecho?. ¡No comprendía nada!.

María, comprendiendo los dilemas internos de su hija, la cogió de la mano y tiró de ella para que la acompañara al amplio salón de la casa de su Amo, sentándose en el cómodo sofá e indicándole a su hija que tomara asiento a su lado, que aún seguía atónita al comprobar lo cómoda que parecía sentirse su otrora pudorosa madre con la completa desnudez de su gordo cuerpo.

Una vez cómodas, María se sinceró con su hija, contándole todo lo que había ocurrido desde que había roto aquella escultura, el chantaje al que la había sometido su Amo para proteger a su familia, su entrega voluntaria e incondicional a él como esclava cuando descubrió que, aun siendo usada, humillada y castigada, se sentía más plena y feliz de lo que nunca se había sentido, también le contó su experiencia en el prostíbulo, donde había tenido que trabajar de puta para costear los gastos en los que su Amo incurría a causa de su adiestramiento, - omitiendo, por razones obvias, que su primer cliente había sido el propio exmarido de Laura -, e incluso contándole cómo había sido alquilada a los propietarios de la granja de sado, relatándole su experiencia siendo tratada como un animal, el anillado de sus pezones, de sus labios vaginales y de su clítoris y su marcado a fuego como ganado, y cómo se había sentido cuando había sido obligada a tener sexo con animales…

“Después de aquello me devolvieron a mi Amo y necesité algo más de una semana para reponerme”, concluyó María su explicación. “Durante todo ese tiempo, mi Amo me cuidó mejor de lo que tu padre me ha cuidado en casi treinta años de estar casada con él y me trató con mucho cariño… ¡Ya, ya sé que no es amor, Laura!... Pero me trató con el cariño con el que se trata a una posesión muy querida…, ¡y eso me hizo sentirme la mujer más dichosa del mundo y que me sintiera capaz de soportar cualquier vejación a la que él quisiera someterme con tal de complacerle!”

Mientras su madre le había ido desgranando su historia, el rostro de Laura fue mostrando los sentimientos que le producía enterarse de todo aquello, reaccionando, sobre todo, al saber que había sido obligada a prostituir su cuerpo y las vejaciones que había sufrido mientras había permanecido alquilada con los dueños de la granja de sado… ¿Quién podía disfrutar haciéndole cosas así a una mujer?... ¿Obligándola a tener relaciones sexuales con animales y marcándola como a ganado?... ¿Qué clase de ser enfermizo podía excitarse con ello?, pensaba.

Sin embargo, ese pensamiento la hizo cuestionarse el hecho de que su madre le estaba contando que ella había disfrutado también mientras la sometían a estas torturas y que lo había hecho por complacer a su Amo… ¿En qué lugar dejaba eso a su propia madre?... La mente de la pobre chica era un torbellino de ideas encontradas… 

“Pero…, ¿él también te castiga…., haciéndote cosas así?”

“¡Oh, con él no es tan extremo, cielo!... Pero sí, él también me castiga si no me comporto debidamente, si incumplo alguna regla…, o simplemente porque quiere hacerlo… ¡No me mires así, Laura!... Si mi Amo decide castigarme sin motivo alguno es porque, a su modo, me tiene en consideración…, ¡y eso me hace feliz, hija!... Además, es muy imaginativo ideando castigos… Una vez me ató las muñecas y los tobillos en cruz sobre la mesa de la sala, sujetó unas cadenas a las anillas de mis pezones y de mi coño y las pasó por una polea en el techo, enganchando unos cubos metálicos en el otro extremo, de forma que. si dejaba caer mi cuerpo sobre la superficie de la mesa, los cubos no llegaban  a tocar el suelo… Cada hora que pasaba echaba un litro de agua en cada cubo, de forma que cada vez las cadenas estaban más tirantes y yo me pasé toda la noche teniendo que decidir si podía mantenerme despierta y con el cuerpo en tensión o apoyaba el cuerpo sobre la mesa y aguantaba que el peso de los cubos suspendidos estiraran mis pezones y mis labios vaginales… ¡Lo más doloroso fue la anilla del clítoris…! ¡Creí que me lo iba a arrancar!”

“Mamá…, tengo que confesarte una cosa…”, dijo Laura, muy quedamente. “Yo…, hace un rato…, en la sala…, yo…, yo me he excitado viéndote atada y teniendo que desnudarme y ponerme a cuatro patas y…, y…”

“Y comiéndote el coño de tu madre, ¿no?”.

“S-sí, mamá…”

“Cariño, eso es normal… ¿Sabes lo excitada que me he sentido yo al pensar que me iba a correr en la cara de mi hija?... ¿Te imaginas lo cerda que me he sentido al pensar que eso estaba haciendo que me excitara aún más?...”

“Mamá, yo…”

“¿Quieres probar otra vez?... ¿Te gustaría saber qué sientes mientras tu madre te come el coño?”

Laura cabeceó afirmativamente, sintiéndose incapaz de articular con palabras el deseo que sentía pero que no era capaz de articular con palabras…

“Espera un momento…”, dijo María, levantándose del sofá y dirigiéndose de nuevo a la sala. Regresó al cabo de unos pocos minutos, llevando en sus manos una especie de arnés con correajes con un enorme consolador sujeto en la zona de la entrepierna y un largo y grueso consolador doble…

“¡Mamá!... ¡Esas cosas!... ¡Tu Amo!... ¿No tienes prohibido tener relaciones sexuales o correrte sin permiso de tu Amo?... ¡No quiero que te castigue por mi culpa!”

Laura se sorprendió mucho ante la risa que sus palabras provocaron en su madre… “¡Muchas gracias por preocuparte por mí, cariño!... Mi Amo es un Señor estricto y exigente, capaz de exigir el máximo de sus esclavas y de castigarlas con mucha dureza si no cumplen…, pero es un gran hombre y mucha mejor persona de la impresión que pueda darte esa imagen y, sin duda alguna, después de lo que ha ocurrido hoy, ten por seguro que es mucho mejor persona que tu padre y un gran lector de almas… En la nota que me ha dejado en la mesa de la sala mientras nos duchábamos me dice que me concede disponer para mí misma durante el resto del día y me recuerda que los términos de nuestro acuerdo siguen siendo válidos”

“¿Te recuerda que eres su esclava?...”

“No, me da tiempo para que hable contigo y aclaremos las cosas entre nosotras y…, y me da la oportunidad de reconsiderar mi decisión de entregarle mi cuerpo, aunque me recuerda las consecuencias de esa decisión…, ¡pero yo quiero ser su sumisa, Laura, quiero ser suya!. ¡Quiero sentirme así de viva siempre aunque sea como su esclava y haga conmigo lo que desee!... ¡Ah!, y me dice también que le ha gustado tu actitud, que serías una buena sumisa… ¡y que te dé la ocasión de follarme!”. Entonces su voz se tornó más suave y melosa… “Laura, hija, ¿quieres saber qué se siente al follarte a tu madre?”, le susurró a su hija mientras flexionaba la pierna que tenía apoyada en el sofá, separando las piernas y abriéndose los labios vaginales con ambas manos, enseñándole a su hija su coño dilatado y brillante por sus propios flujos vaginales y su clítoris enrojecido, hinchado y palpitante, anhelando sentir la boca de su hija en él.

Laura ni se lo pensó dos veces e, incorporándose, se desnudó rápidamente, subiéndose al sofá y colocándose a cuatro patas de frente a su madre, metiendo su cabeza entre sus piernas mientras su boca buscaba ansiosa aquel pedazo de carne que la llamaba poderosamente.

A fin de poder comerle el coño más cómodamente, Laura retiró amorosamente las manos de su madre y las sustituyó por las suyas propias, lo que aprovechó María para comenzar a acariciarse los pechos, pellizcándose los ya duros pezones, tironeando de sus aros, mientras cerraba los ojos, perdida en el mar de sensaciones que le producía la lengua de su hija rozando y lamiendo su clítoris, y comenzaba a gemir de placer.

Durante unos minutos, Laura se concentró en el placer de su madre, siendo recompensada en su labor por los gemidos de ésta, pero su propio cuerpo también le reclamaba atenciones con urgencia, y su coño palpitante y totalmente encharcado, le pedía a gritos poder sentir en él la boca de su madre, así que, incorporándose, la hizo tumbarse completamente sobre el sofá y se montó sobre ella, de espaldas, moviéndose sobre su cuerpo hasta que su coño quedó al alcance de la boca de su madre, cuya ávida boca se lanzó sobre él, abriéndoselo con ambas manos, mientras su hija se inclinaba hacia delante para retomar su labor, en un enloquecido 69 que pronto hizo que los gemidos y suspiros de placer que salían de las gargantas de ambas mujeres resonaran por toda la habitación y que crecieron en intensidad cuando ambas alcanzaron un placentero orgasmo la una en la boca de la otra.

Entonces Laura se levantó y se dejó caer junto al sofá, acariciando el cuerpo desnudo de su madre, que aún temblaba con los últimos estertores de su orgasmo.

Cuando María se relajó, le sonrió a su hija y se levantó del sofá. Entonces, tendiéndole la mano, la ayudó a incorporarse mientras le decía.

“Ven, hija, vamos a mi habitación. Allí estaremos más cómodas…”

Cogiendo la mano de su madre, Laura se levantó y la siguió sin soltarse de su mano, y se dejó conducir por su madre hasta una habitación al fondo del pasillo, al lado de la puerta de la sala que Laura ya conocía, y justo enfrente del dormitorio de su Amo. Cuando entraron en la habitación, Laura se sorprendió de ver que se trataba de un espacioso dormitorio con una amplia cama, una cómoda con una silla de respaldo situada delante, un espejo de cuerpo entero, un vestidor con una gran cantidad de ropa de mujer debidamente colocada y perchada y una puerta que daba acceso a un cuarto de baño completamente equipado y con una gran bañera…

La cara de Laura reflejó su sorpresa al ver la habitación, y María se rió alegremente al verla antes de decirle. “¿Creías que por el hecho de ser su esclava me tendría retenida en una mazmorra, cielo?. Ya te he dicho que mi Amo no es como piensas. Es verdad que he pasado noches enteras atada a alguno de los aparatos de la mazmorra después de una sesión de doma, o en la jaula que hizo instalar en la terraza de la cocina, o atada en el suelo a los pies de su cama, y que siempre he de estar disponible para complacerle a cualquier hora del día o de la noche cumpliendo sus deseos…, pero, cuando no es así, duermo en esta habitación, en la cama, hasta que es la hora de levantarme. Me aseo, me arreglo y le preparo el desayuno. Luego tengo que llevárselo a su habitación y despertarle con una mamada hasta que se corre en mi boca y esperar de rodillas en la puerta de su baño mientras él se asea… Cuando sale, me comunica cuáles serán mis obligaciones para ese día, y eso sí que puede implicar muchas cosas…”, la voz de María se había ido dulcificando inconscientemente mientras hablaba de su Amo. “También es cierto que tengo que permanecer desnuda mientras estoy en la casa o, si es deseo de mi Amo, ir desnuda durante el trayecto al lugar donde me lleve, o desnudarme donde sea sin importarme quién se encuentre delante si él me lo ordena, o que deba usar ropas de puta…, pero también me ha llevado a cenar a buenos restaurantes y le gusta que vaya bien vestida, así que me ha comprado mucha ropa cara y de calidad para esas ocasiones…, aunque siempre sin ropa interior y alguna vez me ha ordenado que me metiera debajo de la mesa para hacerle una mamada…”, María sonrió al evocarlo. “Es un buen Amo, Laura…, pero, ven, no hablemos ahora de él. Quiero que me folles…, quiero sentir cómo mi hija me folla por todos mis agujeros…”, terminó en un susurro cargado de lujuria.

Laura no se había dado cuenta hasta entonces de que su madre había recogido del suelo del salón los artilugios sexuales que había llevado allí, pero en ese momento, mientras su madre le pedía que se la follase mientras le tendía el consolador con el arnés, sintió cómo su coño volvía a humedecerse y se apresuró a colocárselo en torno a la cintura mientras veía cómo su madre se tumbaba lánguidamente sobre la cama, aguardándola, incitándola… Cuando Laura se subió a la cama, María hizo que se tumbase, con el falo de plástico apuntando orgullosamente hacia el techo, y se arrodilló entre las piernas de su hija, empezando a mamarlo como si fuera de carne mientras sus manos se perdían entre las piernas de su hija, por debajo de los correajes y tanteaban su coño, masajeando su clítoris hasta que sintió cómo se llenaba de flujos vaginales que empaparon sus dedos.

Entonces se dio la vuelta y se puso a cuatro patas sobre la cama, ofreciendo sus nalgas a su hija… “Ven, Laura, métesela a mamá… Lo estoy deseando”, dijo con la voz quebrada por el deseo.

Laura no se hizo de rogar porque ella misma estaba deseando, y se colocó entre las piernas de su madre, le abrió las nalgas para dejar accesible su coño y de una embestida de sus caderas, le clavó el consolador en lo más profundo de su coño. Era un consolador grande y grueso y María gritó de placer cuando lo sintió golpear contra las paredes de su vagina, mientras Laura la agarraba por las caderas, iniciando un duro mete y saca que hizo las delicias de su madre, haciendo que cayera de bruces sobre la cama y llegando a provocarlo un par de intensos orgasmos que la dejaron desfallecida antes de que Laura detuviera sus embestidas, dejándose caer sobre el cálido cuerpo de su madre sin sacarle el falo del coño.

Cuando la respiración de María se relajó, Laura escuchó su voz, amortiguada por la sábana que había mordido mientras su hija la penetraba. “Laura, cariño…”

“¿Sí, mamá?”

“Yo…, me da mucha vergüenza, pero…”

“Dime, mamá”

“Quiero que me la metas por el culo…, pero quiero que me folles duro por ahí… Quiero sentir cómo me lo rompes…, quiero sentirme como tu perra…, quiero sentirme como…, tu puta. ¿Quieres?”

“Sí, mamá, claro que quiero… Lo estoy deseando desde que me contaste cómo tu Amo te había desvirgado el culo… Yo…, yo nunca lo he hecho por ahí, pero…, pero no me importaría que luego me lo hicieras tú, mamá”

“Claro que sí, hija, ya verás cómo te gusta. Yo nunca había creído que se pudiera sentir tanto placer cuando te la meten por el culo… ¡Me encanta cuando mi Amo me penetra por ahí!... Aunque creo que lo mejor sería que tu primera vez fuera con una buena polla de carne y no con una de plástico…”, luego prosiguió, “Encima de la cómoda hay un bote de lubricante, hija. Échate en la mano y extiéndelo por el consolador”

Laura obedeció y aplicó una buena cantidad del gel lubricante por toda la extensión del consolador, casi sintiéndose como si fuera un hombre y se estuviera acariciando la polla antes de penetrar a su amante… Entonces le preguntó a su madre. “¿Te echo también en el culo, mamá?”

“No hace falta, hija, ya lo tengo muy abierto y con lo que queda en tu mano será suficiente… Méteme un dedo y muévelo para dilatarme un poco…”. Laura siguió las instrucciones que le daba su madre, metiéndole el dedo índice por el ano y comenzando a moverlo, sintiendo cómo el esfínter de su madre se relajaba con sus caricias.

“¡Así, hija, muy bien, oooooooooohhhhhhhhhh, sííííííííííí!. ¡Dios, qué bien se siente!. ¡Méteme otro dedo, Laura!... ¡Sííííííííííí, oooooohhhhhhh, sí, así, hija, asíííííííí!... ¡¡Ahora, Laura, métemela ya, por favooooooooooooor, métemela enteraaaaaaaaaa!!”.

Laura sacó los dedos del culo de su madre y apuntando la cabeza del consolador contra la arrugada entrada, hizo presión con sus caderas, viendo cómo cedía su esfínter y el enorme falo se colaba por la entrada trasera de su madre hasta desaparecer completamente dentro de ella.

“¡Aaaaaaaaaaaaaah, ouuuuuuuf, Dios, me muero de gusto!” – Gritaba y gemía. – “¡Más, más, clávamela entera! ¡Me vas a partir en dos!” – y movía sus caderas descontroladamente. “¡Ooooooh, Dioooos, ah, ah, siento mis entrañas llena de polla! ¡Ve acelerando, empuja cada vez más!. ¡Dios, más fuerte, más fuerte!” – Gritaba descontrolada. – “¡Párteme el culo, hija, parte el culo de la puta de tu madre!”

Ante el evidente placer que le estaba provocando a su madre la penetración de aquel consolador por su entrada trasera, Laura comenzó a mover sus caderas, metiéndoselo y sacándoselo lentamente al principio, pero luego, espoleada por los gemidos de placer de su madre, la agarró fuertemente por las caderas y comenzó a imprimir más velocidad a sus movimientos, profundizando la penetración hasta que sus propias caderas golpeaban las redondas y gordas nalgas de su madre a cada embestida.

“¡¡¡AAAAAARRRRRGGGGHHHHHHH!!!. ¡¡DIOOOOOS, QUE BUENO!!. ¡¡ASÍ, HIJA, DAME DURO, ROMPELE EL CULO A LA PUTA DE TU MADREEEEEEEEE!!”, gritaba María, completamente fuera de sí…

“¿Esto es lo que quieres, puta?”, se oyó decir Laura, sorprendiéndose a sí misma por escucharse hablándole así a su madre, pero continuó en los mismos términos. “¿Así te gusta, zorra?. ¿Te pone que tu hija te trate como una puta y te rompa tu culo de perra?”

“¡¡OOOOOHHHHHHH, SÍ, HIJA!!. ¡¡SOY UNA PUTA Y ME ENCANTA QUE MI HIJA ME ESTÉ PARTIENDO EL CULOOOOOOOOO!!... ¡¡SOY TU PERRA, CARIÑO…, SOY TU PERRAAAAAAAAAAAAAAAAA!!”, gritaba María en respuesta a los insultos de su hija, mientras no podía evitar dirigir su mano hacia su propio coño y comenzar a pellizcarse el clítoris, provocando que un intenso orgasmo fuera creciendo en su interior mientras su hija le metía el consolador tan profundamente en el culo que casi sentía cómo le llegaba a los intestinos.

“¡Sí, hija, sigue así!” – Estaba cada vez más caliente y parecía que se iba a correr otra vez. – “¡Aaaah, uuuf, eso, sigue así!”

“¿Te está gustando cómo te follo el culo, so puta?. ¡Pues sigue chillando, mamá, di que eres una puta perra en celo!” – Le gritó Laura, deseando conseguir que su madre se corriera otra vez mientras sentía cómo sus propios flujos vaginales chorreaban por sus muslos.

-“¡Siiiiiiií, so cabrona!” – María hablaba enloquecida por el placer del orgasmo que estaba sintiendo. “¡Sí, soy… soy una puta perra! ¡Soy una puuuu… ta perra que se está corriendo! ¡CLÁVAMELA ENTERA EN MI CULO Y LLÉNAMELO DE POLLA!” 

Esa noche, Luis, como todas las noches desde que estaba solo en la casa, encendió el ordenador y, como de costumbre, empezó a navegar por internet, buscando webs porno, principalmente de BBW´s y, a ser posible, donde se las tratara con dureza y de forma humillante, en un vano intento de desahogar su frustración contra su mujer…

Mientras iba de una web a otra, pensó en lo extraño del comportamiento de Laura con él cuando había regresado del ático diciendo que nadie había respondido al timbre… Había recogido a su hija y, sin mirarle a la cara ni dejar que la niña se despidiera de él más que con un rápido beso, se había marchado… Luis era tan simplón que no fue capaz de caer en la cuenta que las explicaciones de su hija no cuadraban con el tiempo que había permanecido arriba…

A los pocos minutos, de forma inexplicable, la imagen se volvió a un fundido en negro, apareciendo el conocido icono del sobre que le indicaba la recepción de un mensaje de la web de pay-per-view en la que, previo pago, había podido visualizar los vídeos del adiestramiento de su mujer…

Sin dudarlo un instante, hizo click sobre el icono y un mensaje sobreimpresionado apareció en su pantalla… 

ESTA NOCHE, A LAS 00:00 HORAS, NO SE PIERDAN EL NUEVO VÍDEO DE NUESTRA ESCLAVA BBW FAVORITA 

¡¡¡SEXO LÉSBICO ENTRE LA VACA MARÍA Y SU TERNERA!!! 

En ese momento, el mundo de Luis se abrió bajo sus pies mientras un grito de pura agonía se escapaba de su garganta…

María, mi querida perra XVI

 Capítulo decimoquinto

Al cabo de un par de semanas desde aquello, Luis recibió una llamada telefónica de una mujer, quien se identificó como la secretaria personal del Sr. Fernández, el propietario del ático, para comunicarle que su jefe se encontraba en viaje de negocios, pero que le habían informado de que se había producido una avería en el desagüe del fregadero que debía reparar.

Luis, aunque aún conservaba la llave de la vivienda, preguntó si debía acudir a proceder a la reparación a alguna hora determinada, ¡ya había tenido demasiados sobresaltos en esa casa y no quería más!, y la chica le respondió que no se preocupara por ello, que el personal de servicio de su jefe podía facilitarle el acceso en cualquier momento, pero que se asegurara de haber reparado la avería para cuando su jefe regresara en un par de días, y colgó.

“¿Personal de servicio?”, se preguntó Luis, extrañado, puesto que no tenía conocimiento de que aquel tipo tuviera personal de servicio al cuidado de su casa, ni había visto que nadie que no tuviera identificado entrara o saliera de aquella vivienda de funesto recuerdo para él.

Por un momento pensó en María, su mujer, pero desechó la idea rápidamente. ¡Era imposible que se tratara de ella después de las cosas que había visto que le hacían en los vídeos de la granja de sado!.

Con un cierto resquemor al encontrarse ante la puerta de aquella vivienda, Luis llamó al timbre y esperó. Al poco pudo escuchar en el interior el inconfundible sonido del taconeo de unos zapatos de mujer, antes de que se descorrieran los cerrojos y se abriera la puerta… ¡Dios mío, era ella!. ¡Era su esposa María!.

Iba perfectamente peinada y maquillada, y… completamente desnuda, únicamente con los eternos zapatos de tacón, y llevaba un collar de perro en torno a su cuello con una argolla de la que pendía una cadena… Luis no pudo evitar que su mirada descendiera hasta fijarse en los pechos de su mujer y…, ¡allí estaban!. Dos gruesas argollas metálicas perforaban sus gordos pezones, unidas entre sí por una cadena que se sujetaba a la que se encontraba soldada a su collar de sumisa, descendiendo luego por su barriga hasta perderse entre sus piernas, evidenciando para Luis, que había visto su anillado en vivo en la web de sado, la existencia de otras dos argollas en sus labios vaginales y otra más perforando su clítoris…

María debía de estar al tanto de lo que había ido a hacer allí, puesto que, sin mediar palabra, se hizo a un lado, franqueándole la entrada y, dándose la vuelta, encaminó sus pasos hacia la cocina, con su enorme trasero oscilando a cada paso sobre aquellos tacones de vértigo que usaba.

Obviamente, Luis no pudo dejar de mirar las marcas a fuego que decoraban sus nalgas, con la palabra “esclava” grabada en su nalga izquierda y el anagrama con las iniciales de su Amo grabadas en la nalga derecha… ¡Se veían mucho más nítidas que cuando Luis había visto el vídeo en vivo de cómo marcaban a su esposa en la granja!...

Sin mediar palabra, Luis se puso a trabajar en el desagüe del fregadero, pero sin poder evitar observar de reojo a María, que permanecía de pie junto a la robusta mesa que ocupaba el centro de la cocina. En un momento dado, la vista de Luis vagó por la amplia terraza abierta a la que se accedía desde la cocina y sus ojos se abrieron desmesuradamente al comprobar la existencia de una gran jaula con unos gruesos barrotes metálicos, en cuyo interior pudo ver un cajón de arena y dos escudillas metálicas, una con agua y otra con restos de comida… ¿Sería allí donde aquel tipo encerraba a su esposa, obligándola a comer y beber como un animal y a hacer sus necesidades en un cajón de arena?...

Miró a su mujer, que seguía de pie junto a la mesa, con las manos frente a ella, y Luis se fijó en que en el dedo anular de su mano derecha lucía una anillo de hierro, símbolo de su condición de esclava, como él sabía ahora, y también creía saber que una esclava sexual ha de entregarse a cualquier hombre que conozca el significado del anillo y así reconozca su condición de sumisa.

Envalentonado ante esa idea, terminó de ajustar la manguera del desagüe, que sólo estaba un poco floja, y se incorporó, encarándose a su esposa, ansioso por hacerla pagar por todos las humillaciones que había sufrido a manos de su nuevo… propietario.

“¡De rodillas, puta!... ¡Sé lo que significa ese anillo que llevas y sé que has de obedecer en todo a quien sepa lo que eres!”, le espetó, acercando su cara a la de ella, casi sin poder contener los espumarajos de la rabia que crecía en su interior…

Sin embargo, la cara de María permaneció impasible por unos instantes…, justo antes de casi transformarse en una máscara de odio y furia tan intensas que su marido retrocedió ante su vista, mientras ella acortaba la distancia entre ellos apuntándole con el dedo extendido…

“¡Sí, soy una esclava!... Me han hecho cosas que nunca imaginé que se le pudieran hacer a una mujer… Me han violado, me han azotado, me han torturado, me han enjaulado, han vendido mi cuerpo, me han obligado a follar con animales, me han anillado, me han marcado a fuego…, ¡y nunca me había sentido tan plena en todos los años que he estado casada contigo!... Para mi Amo sólo soy una propiedad, una mascota, un objeto que usar y tirar si Él lo quiere así…, ¡pero con Él sé lo que soy y me he sentido más valorada que contigo!... ¡¡Porque Él me usa y abusa de mi como quiere, pero mi Dueño cuida a sus propiedades más de lo que tú has cuidado a tu esposa durante todos estos años!... ¡¿Y sabes qué?!... ¡Volvería a pasar por todo eso con tal de complacerle porque me siento suya y complacerle da sentido a mi vida!... ¡¿Y crees que porque sabes que llevo en mi dedo el anillo que me identifica como esclava voy a postrarme de rodillas y a obedecer a un mierda como tú?!... ¡Ni aunque mi Amo me despellejara viva a latigazos por incumplir esa norma!... ¡Largo de aquí, pedazo de mierda!”

Luis, estupefacto ante la inesperada reacción de María, sólo pudo retroceder hasta la puerta sin darle la espalda a su mujer antes de abandonar la vivienda como alma que lleva el diablo mientras María, de pie en medio de la cocina, respirando profundamente, trataba de recuperar la serenidad que la vista de su marido tanto había alterado…

¡Plas, plas, plas, plas!... “¡Bravo, mi leona!”

La voz de su Amo devolvió a María a la realidad y, bajando la mirada al suelo, se giró hacia Él, que desde la puerta de acceso al salón la aplaudía 

“Perdón, mi Amo… ¿He hecho bien?... Me ha sacado de quicio y he aguantado hasta que ha intentado que me sometiera a él, pero yo sólo tengo un Amo… Si usted cree que he actuado mal incumpliendo esa norma, castígueme, mi Señor, lo aceptaré gustosa”

“¿Qué te tengo dicho, perra tonta?... Eres una puta sumisa, sí, pero sólo para tu Amo, para los demás, eres una leona, ¿es así?…”

“Sí, mi Amo, usted siempre se lo ha dicho a esta puta sumisa suya”

“Bien, pero esa norma existe…, lo sabes, ¿no?... Aunque para que te sometas ante quien reconozca tu condición esa persona ha de identificarse como Amo dirigiéndose a ti de la forma correcta…, podría decirse que no la has acatado como una sumisa obediente, ¿no opinas como tu Amo?”

“Mi Amo, Su puta no tiene otra opinión que no sea la de su Amo. Si usted piensa que su esclava no ha cumplido aceptaré el castigo que mi Amo desee imponerme”

“Bien, sígueme. Vamos a prepararte para el “castigo” que te mereces en opinión de tu Amo”

Y, dándose la vuelta, se encaminó al salón, sabiendo que su sumisa le seguiría sin levantar la vista del suelo, dispuesta a afrontar el castigo que su Dueño decidiera imponerle por su falta

Cuando Luis entró por la puerta de la portería estaba tan frustrado que cerró la puerta de un portazo antes de percatarse de que dos pares de ojos le observaban, atónitos ante lo que estaban contemplando. ¡Eran su hija Laura y su nieta!...

“¡Abuelitooooooooo!”, gritó la pequeña, corriendo a abrazarse a las piernas de su abuelo.

“¡Hola, papá!...”, le dijo su hija, sin saber si preguntarle por el motivo de su evidente enfado. “Hace semanas que había quedado con mamá para llevar hoy a Aminda al zoo y no consigo localizarla. ¿Sabes dónde anda?”

En aquel momento, la tremenda frustración que sentía Luis se adueñó de él y obnubiló su mente con un único pensamiento… ¡Tengo que joderle la vida a esa puta zorra!... Y sin pensar, respondió… “No la veo desde esta mañana. Creo que está haciendo las cosas de casa en el piso del ático… Creo que está sola porque el propietario está de viaje…”, y haciendo una pausa, prosiguió… “Pásate a verla…”. Y cogió a su nieta en brazos, pasando por delante de su sorprendida hija para dirigirse al salón.

Laura no entendía nada de la extraña actitud de su padre. ¿Qué demonios estaba pasando allí?. ¿Se habrían peleado sus padres?... En circunstancias normales, a su madre nunca se le habría olvidado nada que tuviera que ver con su nieta… Angustiada sin saber qué había sucedido, Laura decidió que tenía que hablar con su madre y abrió la puerta, decidida a aprovechar la ausencia del propietario del ático para poder hablar con su madre y que le contara…

“¡Subo a verla, papá!. ¡Cuida de Aminda!”, dijo mientras salía de la casa, cerrando la puerta tras ella.

No pudo ver la malévola mirada en los ojos de su padre, que continuó jugando con su nieta.

Cuando llegó a la puerta del ático, Laura tocó el timbre, convencida de que sería su madre quien la abriera la puerta, por lo que su sorpresa fue mayúscula cuando se encontró cara a cara con el propietario, vestido con unos vaqueros y una camisa blanca que llevaba por fuera de los pantalones y descalzó, mirándola a la cara, inquisitivamente…

“Yo…, esto…, yo…, buscaba a mi madre”, acertó a decir la chica

“Tu madre no está aquí, pero le diré que la buscas si la veo”, fue la fría contestación del hombre mientras hacía ademán de cerrar la puerta.

“Pero.., pero…, ¡mi padre me ha dicho que estaba aquí…”, insistió Laura

Aquellas palabras detuvieron el gesto del hombre… “¿Ah, sí?... ¿Tu padre te ha dicho eso?”

“Sí, eso me ha dicho…”

“Bien, ¿quién soy yo para contradecir a tu padre?... Pasa, vamos a ver si tu madre está en mi casa”, dijo, franqueándole la entrada.

Laura entró en la vivienda y siguió a aquel hombre por un pasillo hasta una puerta cerrada que él abrió, cediéndole el paso a la chica.

Cuando Laura entró en aquella habitación no podía dar crédito a sus ojos… ¡Aquello parecía una mazmorra completamente equipada!. Había cadenas colgando del techo, en la pared del fondo había una cruz de madera en aspa con unos cinturones de cuero, también una jaula donde cabía una persona, una mesa, dos barras en medio de la sala también con unos arneses de cuero, un cepo medieval.. Laura se quedó muy sorprendida, jamás había visto muchas de las cosas que allí estaban… También había varias fustas, látigos, grilletes, consoladores…, y un potro de tortura que dejó atónita a la desconcertada chica, pero no por el aparato en sí, sino porque, sobre su superficie acolchada, con su voluminoso cuerpo desnudo y sus brazos y piernas atados a las patas del potro de forma que sus miembros se mantenían muy estirados, inmovilizándola completamente, estaba su propia madre, inconfundible por más que su largo pelo negro le tapara la cara…

Ante aquella visión, Laura se detuvo en seco mientras el hombre entraba en la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

“¡Tenemos visita, puta!”, anunció alegremente aquel hombre, mientras Laura escuchaba algo parecido a un zumbido y veía, asombrada, cómo todas las gordas carnes del cuerpo de su madre comenzaban a temblar espasmódicamente mientras la oía emitir algo parecido a gruñidos o… ¿gemidos?.

“¡¡MAMÁ!!”, gritó Laura… “¡¿Qué le está haciendo a mi madre?!”, prosiguió mientras se giraba hacia el hombre, que sostenía un móvil en su mano…

Entonces, sin prestarle atención a la chica, que se había quedado clavada en el sitio de la impresión, se acercó a María, dando la vuelta al potro y colocándose junto a su cabeza, se inclinó sobre ella y le retiró el pelo de la cara, permitiendo que Laura viera que su madre tenía una mordaza de bola metida en su boca…

“¿Así es como te he enseñado a tratar a las visitas, puta?. ¡Saluda a nuestra invitada!”, dijo, con voz dura, mientras giraba la cabeza de María en dirección a su hija Laura.

Cuando María abrió los ojos y descubrió a su hija sus ojos reflejaron el pánico que sentía y comenzó a tirar de sus restricciones con todas sus fuerzas mientras intentaba, en vano, articular palabra.

“¡Mmmmmmmfffffffff!. ¡Mmmmmmmmmm!, ¡¡Laufaaaaaaaaa!”…

“¡Oh, menuda torpeza la mía!... ¡Me había olvidado completamente de la mordaza!”, dijo aquel hombre, pero algo en su tono sarcástico le hizo saber a Laura que a él nada se le pasaba por alto en su “territorio”, y un escalofrío recorrió su espalda mientras pensaba que aquel hombre la estaba mirando como a una… ¿presa?.

Entretanto, el hombre procedió a retirar el ballgag que amordazaba a una María que no cejaba en su empeño de liberarse, y quien, en cuanto tuvo libertad para hablar, giró la cabeza hacia su hija para mirarla con estupor…

“¡¡LAURA!!”, gritaba, casi al borde de un ataque de histeria, “¡¡¿QUÉ HACES TÚ AQUÍ?!!... ¡¡¿CÓMO…?!!... ¡¡POR FAVOR, AMO…, POR FAVOR…, SUÉLTEME!!...”, gritaba, sollozando, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera el hecho de que su hija la estaba viendo en aquella situación…

“¿Amo?”, pensó Laura, incapaz de procesar tantas emociones como estaba experimentando. “¿Mi madre ha llamado “Amo” a este hombre?”

“¡¡SILENCIO, ESCLAVA!!”, le gritó el hombre a su madre, y el efecto en ella fue inmediato, pues le obedeció instantáneamente y guardó silencio, aunque siguió tirando instintivamente de sus restricciones sin dejar de mirar a su hija con un gesto de puro pánico en su cara.

“Por lo visto…”, prosiguió diciendo aquel hombre, “tu maridito le ha contado a tu hija que estabas aquí y ella ha venido a buscarte… Yo le he dicho que su madre no estaba aquí, pero ha sido muy insistente… Es tan cabezota como su madre y…, ¿quién soy yo para entorpecer una reunión familiar?”, se burló de ambas, riéndose de su propia broma…

María sintió un mazazo al escuchar que había sido Luis quien le había dicho a su hija dónde se encontraba, y, por la cara de su hija, supo que no le había dicho lo que podía encontrar…

“Amo…, ¿su esclava puede hablar?... Su esclava le suplica humildemente que la permita hablar con su hija, Amo…, por favor…”, la súplica que vio en sus ojos ablandó a su Amo, quien cabeceó afirmativamente.

María giró la cabeza para mirar directamente a su hija antes de hablar…

“Laura, hija, yo…, no sé cómo explicarte… Verás…, yo…”, la desventurada mujer no pudo proseguir hablando mientras las lágrimas comenzaban a resbalar por sus mejillas… ¿Cómo le explicaba su situación a su propia hija?. ¿Cómo iba a entender una hija que su madre se excitara como una perra siendo sometida a crueles vejaciones por parte de su Amo?...

“Lo que mi puta gorda quiere decirte es que ahora es mi esclava y que su cuerpo me pertenece porque se ha entregado a mí voluntariamente y que si ahora está comportándose como tu madre y no como mi perra es sólo porque así se lo he permitido yo…”

“¡No diga esas cosas de mi madre!... ¿Quién se cree que es?... ¡¿Mamá?!”, la angustia que Laura sentía era cada vez mayor.

“Díselo, esclava”…

Sintiéndose algo más calmada, o quizás por lo inevitable de la situación, pero terriblemente avergonzada, María volvió a dirigirse a su hija.

“Dice la verdad, Laura… Le pertenezco…, yo lo he querido así, hija… Soy su…, esclava… Y soy… soy feliz así, hija mía”

“¡Pero, mamá…!”, intentó decir Laura, pero aquel hombre la detuvo con un gesto de la mano…

“¡Oh, qué pena!. Lamento interrumpir esta agradable conversación entre madre e hija…, pero el descanso de mi esclava ha concluido”, dijo mientras levantaba la mano que sostenía el móvil y tocaba la pantalla… Inmediatamente, el voluminoso cuerpo de la mujer atada comenzó a temblar nuevamente mientras se escapaban sonoros gemidos de su boca y la mujer dejaba caer la cabeza en un intento de evitar la mirada de su hija dejando que su pelo ocultara su cara.

“¿Qué le está haciendo?... ¡Déjela!”

“¿Te parece a ti que está sufriendo?”, la interrumpió el hombre. “Quizás deberías acercarte a comprobarlo, niña”

Laura dio un par de pasos en dirección a su madre mientras el hombre, con ambas manos, separaba las nalgas de su madre lo suficiente como para que ella pudiera ver que tenía un plug negro insertado en su culo y que entre sus labios vaginales asomaba lo que parecía una especia de antena de color rosa.

“Son dos juguetitos sexuales controlados desde el móvil, que los hace vibrar con mayor o menor intensidad… Ahora mismo están a un nivel medio, pero la están haciendo gozar como una perra en celo… El único problema que tiene esta puta ahora mismo es que no tiene mi permiso para correrse… Aunque, en honor a ti,  nuestra invitada inesperada, quizás se lo permita… ¿Te gustaría ver a tu madre corriéndose como una loca?”, le preguntó a Laura, mientras volvía a trastear con la pantalla de su móvil y el zumbido se intensificaba a la par que los temblores del cuerpo de su madre y sus sonoros gemidos.

“A-Amo…, p-por fa-favor…, n-no pue… no… p-puedo so... portar…lo m-más”, la oyó tartamudear. “P-por fa-fa…, ¡ooooohhhhhhhhh!... p-por fa-favor, ¡d-deje que m-me co… corra, A-Amo!”, le suplicaba, olvidada ya de la presencia de su hija, concentrada sólo en las vibraciones que ascendían desde su sexo, expandiéndose por todo su cuerpo.

“Oh, mi pobrecita esclava”, se burló su Amo. “¿Quieres correrte?... Antes, en opinión de tu Amo, era tu…, castigo, pero ya no depende de mí, zorra, ahora es tu hijita quien tiene la decisión…”, prosiguió, sin dejar de mirar a Laura, que no podía apartar la mirada del desnudo cuerpo de su madre, sacudido por unos temblores cada vez más intensos mientras la pobre mujer luchaba por controlar el intenso orgasmo que estaba creciendo en su interior.

Laura no sabía cómo actuar, por un lado, todo aquello le parecía una aberración… ¿Su madre…, esclava de aquel hombre?... Pero, por otro lado, ver cómo temblaba el cuerpo desnudo de su madre, cómo se agitaban sus voluminosas carnes mientras luchaba por controlar el orgasmo, verla atada y sometida de aquella manera y escuchar sus gemidos de puro placer la estaba excitando sobremanera y podía sentir cómo sus propias bragas empezaban a humedecerse a causa de su propia excitación sexual… Se mordió el labio en un intento de autocontrolarse, pero le sirvió de poco.

El Amo de su madre no apartaba su mirada de ella, reconociendo el dilema interno de la chica, y decidió darle una vuelta de tuerca más a la morbosa situación…

“¡Oh, vaya!... ¡Qué despistado soy, puta!... He olvidado decirle a tu hija cuales son las normas de esta sala… Verás, Laura…, en esta sala no está permitido que ninguna mujer permanezca vestida… Lo siento, ¡lo olvide con la emoción de vuestro reencuentro!”.

Entonces su voz se endureció antes de proseguir hablando. “Si vas a querer hacer uso del obsequio que acabo de hacerte y decidir si mi esclava puede o no tener un orgasmo…, ¡vas a tener que desnudarte!”

“¡Amo, nooooooooooooooo!”, gritó María

Con la rapidez de un rayo, su Amo cogió una fusta de cuero de la mesa que se encontraba tras él y le propinó un tremendo fustazo en las nalgas, dejando una marca roja cruzándoselas, señal evidente de la violencia de la violencia del golpe que había recibido.

“¡¡¡¡AAAAAAAARRRRRRRRGGGGGGGHHHHHHHH!!!!”, sollozó la desvalida mujer al recibir el durísimo impacto, pero comprendió enseguida el significado del castigo y obedeció a su Amo, manteniéndose en silencio.

***

En un principio, la confusa mente de la chica no asimiló lo que su madre, acostumbrada a la forma de actuar de su Amo, había captado inmediatamente, pero cuando la orden se abrió paso entre la ingente cantidad de pensamientos que rondaban su cabeza en aquellos momentos, los ojos de Laura se abrieron como platos… ¡Quería que ella se desnudara si quería poder hablar con su madre!... “¡Ni pensarlo!... Pero… ¡Dios, tengo que hablar con mi madre!... ¡¡Necesito que me explique qué está pasando!!”, pensó, abrumada

  Lentamente, casi como si tuvieran vida propia y su mente no las controlara, sus manos empezaron a desabrochar los botones de su blusa, de uno en uno, mientras su mirada se clavaba en un punto de la pared detrás de aquel hombre. ¡No podía mirarle a la cara mientras se exhibía desnudándose delante de él!. De repente, fue plenamente consciente de lo que estaba haciendo. “¡Dios, me estoy desnudando delante de un hombre que no conozco de nada…, como si fuera una puta!”. La idea hizo que un intenso rubor coloreara sus mejillas, y la turbación provocó que perdiera la concentración en lo que estaba haciendo, e hizo que sus manos tuvieran que luchar para desabrochar el último botón.

            Sin embargo, por fin todos los botones estuvieron desabrochados, y Laura se abrió la blusa, dejándola resbalar por sus brazos hasta quitársela, mostrando sus turgentes pechos, ocultos apenas bajo el mínimo sujetador y con las aureolas de sus pezones perfectamente visibles bajo la tela. Para aumentar su turbación, Laura pudo comprobar que sus pezones, ostensiblemente erectos, se marcaban claramente a través de la suave y fina tela de la pequeña prenda, lo cual no hizo sino aumentar su sonrojo. “Dios, ¿cómo puedo sentirme excitada por esto?”

            Con el rostro enrojecido por la vergüenza y la mirada baja, Laura dudó nuevamente, durante un mínimo instante, antes de llevar sus manos al costado de la falda para bajar la cremallera. La dejó deslizarse por sus piernas, ayudando con un leve contoneo de caderas que, aunque él no dejó que trasluciera, gustó soberanamente al hombre, el cual, procurando que ella no se percatara, no se perdía detalle de su “actuación”, casi adivinando sus pensamientos y plenamente consciente de su turbación.

            Finalmente, Laura se deshizo de la falda con un puntapié. “Si quiere verme actuar como una puta, actuaré como una puta. Haré lo que sea para poder hablar con mi madre y saber qué ha pasado”, pensaba. Entonces, por fin, levantó la mirada hacia él, levantó los brazos, y giró sobre sí misma para que pudiera apreciar el conjunto de su cuerpo, dando gracias mentalmente ahora por haber elegido un conjunto de lencería con tanga, por más desnuda que se sintiera, incluso con la prenda aún puesta, y por más incómoda que fuera la dichosa tira de tela introduciéndose entre sus nalgas.

            Sin embargo, la reacción del hombre sentado frente a ella de nuevo la sorprendió desagradablemente. “¡Te he dicho que para quedarte tienes que desnudarte!. ¡Simplemente eso, que te desnudes, y no que me hagas un striptease como cualquier puta de tres al cuarto!. ¡¿Tan difíciles de entender son mis instrucciones?!”, bramó, “¡Quiero verte completamente desnuda ahora!”.

            Inmediatamente, Laura llevó sus manos a su espalda, tanteando hasta encontrar el cierre del sujetador. Sólo una furtiva lágrima que resbaló por su mejilla y el par de nerviosos intentos que necesitó para poder desabrochar el cierre revelaron cuánto la habían herido sus palabras. “¡Ella se estaba comportando así porque creía que aquello era lo que él quería!. ¡Porque creía que él quería verla rebajada a comportarse como una vulgar prostituta para humillarla!. Si no era así, ¿qué demonios quería de ella?. ¿Cómo esperaba que actuara?. ¡Oh, Dios mío, ¿cómo se suponía que debía actuar una sumisa?!”. La mente de Laura bullía con aquellos pensamientos mientras se quitaba el sujetador, lo tiraba al suelo, se descalzaba, y procedía a quitarse las medias deslizándolas por sus bien torneadas piernas.

            Finalmente, introduciendo los pulgares en los costados del tanga, lo hizo deslizarse igualmente a lo largo de sus piernas y se lo quitó. La chica dudó un breve instante antes de incorporarse nuevamente. ¿Qué querría que hiciera entonces?. Después de su exabrupto, el hombre parecía haber dejado de dedicarle la menor atención, concentrándose en la pantalla de su móvil, así que esperaría sus instrucciones. Sin embargo, mientras tanto, ¿qué debía hacer ella?. De pronto, una idea le rondó la cabeza. ¿Debía quedarse descalza o volver a ponerse los zapatos de tacón?. Aunque no tenía experiencia alguna como Amos, sin embargo, sí sabía que a muchos hombres les excitaba contemplar a una mujer desnuda, “vestida” únicamente con unos zapatos de tacón alto…

Pero los pocos segundos que duró su dilema hicieron que resultara innecesario cuando, levantando la mirada de la pantalla de su móvil, aquel hombre la miró y, actuando como si para él fuera lo más normal del mundo que una mujer se hubiera desnudado ante él siguiendo sus instrucciones, cabeceó en dirección a su madre y le dijo:

“Bien, ahora que ya cumples con las normas de la casa, puedes acercarte a hablar con mi puta” 

Instintivamente, Laura dio un paso en dirección a su madre, pero, antes de que pudiera dar siquiera un paso más, aquel hombre estaba a su lado, sujetándola del brazo con fuerza…

“¡En mi casa las perras no andan, van a cuatro patas!”, le gritó a la desnuda muchacha mientras la agarraba del cuello por detrás, empujándola hacia abajo para obligarla a arrodillarse.

Una vez que Laura estuvo a cuatro patas, el Amo de su madre prosiguió. “¡Muy bien, perrita!. Ahora, para hacerlo como Dios manda, vas a ir a cuatro patas hasta donde está tu madre, vas a sacarle el juguetito del coño y vas a comérselo hasta que yo le dé permiso para que se corra en tu cara, ¿entendido?”.

“S-sí”, logró decir la pobre chica.

“¡¿Sí, qué?!. ¡Mientras estés en esta casa sólo debes dirigirte a mí debidamente!”

“Sí…, Amo”

“¡No soy tu Amo!... Aunque mientras permanezcas en esta casa cumplirás todas mis instrucciones no soy tu Amo…, aún. De momento bastará con que me llames “Señor”

“S-sí…, Señor”

“¡Bien!... ¡Vamos!”

Mientras tanto, María, en medio de su placentero tormento, no podía apartar la vista de su hija, debatiéndose entre la vergüenza que sentía por haber permitido que su propia hija se viera inmersa en aquella situación y la excitación que le producía poder correrse sintiendo la boca de su hija en su coño y su lengua introduciéndose en su vagina… “¡Dioooooooooooossssssss, he estado a punto de correrme sólo de imaginarlo!... ¿Qué clase de madre soy para permitir que pase esto y excitarme así con la humillación de mi propia hija?”, pensó.

Laura no dudó en obedecer las órdenes del Amo de su madre, incapaz de asimilar que, en aquel momento, también era su Señor, y se arrastró a cuatro patas hasta donde se encontraba su madre, atada tan firmemente al potro que, al llegar junto a ella, Laura pudo apreciar las marcas de las sujeciones de cuero en torno a sus muñecas y tobillos. Entonces se arrodilló entre sus piernas y levantó la mano para agarrar la antena del juguete sexual que su madre tenía insertado en la vagina, con intención de sacárselo, pero el Amo se lo impidió.

“¡Ah, no, no!... Hemos dicho con la boca, así que…, ¡las manos a la espalda!”

Laura obedeció prontamente, y enseguida pudo sentir en sus brazos el frío acero de unas esposas, antes de escuchar el ominoso “click, click, click” al cerrarse en torno a sus muñecas.

Una vez esposada, a Laura no le quedó más remedio que acercar su cara a la entrepierna de su madre, intentando pillar la antena del juguete con la boca para así poder sacárselo del coño… Afortunadamente para ella, el coño de su madre estaba tan lubricado con sus propios flujos que el aparato salió sin dificultad y Laura se encontró con el juguete colgando de su boca… Sin saber muy bien qué hacer, decidió dejarlo caer al suelo y aplicarse a la tarea que le había ordenado aquel hombre. ¡Comerle el coño a su propia madre!... Le parecía imposible que aquello pudiera estar haciéndola sentir tan sumamente excitada, pero Laura podía notar cómo su propio coño estaba encharcado y habría dado cualquier cosa por tener las manos libres y poder masturbarse como una loca. ¡Debo de estar loca!, pensó la chica, mientras acercaba su cara a la entrepierna expuesta de su madre.

Sin embargo, antes de alcanzar su objetivo, le esperaba otra sorpresa, porque, al meter su boca entre los gruesos muslos de su madre para intentar alcanzar sus labios vaginales, notó que su lengua rozaba algo que la dejó un regusto metálico en la boca. Tanteando el objeto con la lengua, Laura lo reconoció al instante, porque ella misma se había puesto piercings en los pezones…, ¡a su madre le habían anillado los labios vaginales!... ¡Y no eran como aquellas pequeñeces que se habían puesto algunas de sus propias amigas!  

Sin ser consciente de por qué, aquello la excitó aún más y ya no dudó en meter su cara entre las nalgas de su madre para empezar a tantear entre sus gruesos labios vaginales en busca de su clítoris, que empezó a lamer y mordisquear inmediatamente, siendo recompensada por el sonido de los intensos gemidos de placer de María y al sentir cómo ésta, dentro de los límites de sus restricciones, intentaba mover sus caderas para pegar su coño aún más a la cara de su hija.

Ninguna de las dos era lesbiana, ni siquiera bisexual, o, por lo menos, nunca habían sentido deseos sexuales por otras mujeres, pero el morbo y la excitación que les producía a ambas el hecho de que Laura le estaba comiendo el coño a su propia madre, las había calentado tanto, - o aún más, en el caso de María -, que ambas estaban al borde de alcanzar el orgasmo más intenso de sus vidas.

“Así, lo haces muy bien, perrita… Chúpale el clítoris…, succiónalo…”

Satisfecho al ver cómo Laura cumplía con sus indicaciones, mordisqueando y succionando el clítoris de su madre con la cara enterrada entre sus muslos, se inclinó sobre la madura y acercó su boca a su oído para susurrarle… “Ahora, putita, tienes mi permiso. ¡Córrete en la cara de tu hija!”

María, liberando la tensión acumulada, se corrió inmediatamente como una loca, expulsando por su vagina unos impresionantes chorros de flujos vaginales que, inevitablemente, acabaron en la boca y en la cara de su hija, que acabó literalmente encharcada por los jugos que brotaban sin fin de la vagina de su madre… En ese preciso instante, Laura sintió cómo la mano del Amo de su madre se introducía entre sus piernas abiertas, y cómo sus dedos se cerraban con fuerza en torno a su propio clítoris…, y se corrió inmediatamente, con sus gritos de placer ahogados en su boca que permanecía enterrada en el coño de su madre.

“Bien, has sido una buena perrita”, le susurró el Amo de su madre al oído de Laura, sintiendo entre sus dedos los últimos estertores del orgasmo de la chica. Entonces, soltando las esposas antes de incorporarse, prosiguió diciendo. “Encima de la mesa está la llave de los candados. Libera a tu madre. Podéis ducharos en el baño del fondo… Tu madre ya conoce la rutina…”

Laura no se atrevía a mirarle, tal era la vergüenza que sentía, pero sintió cómo se acercaba a la puerta y la abría. Entonces, antes de abandonar la habitación y sin mirar atrás, le dijo. “Por cierto…, creo que tu padre estará…, preocupado por ti”.

Laura aún tardó unos segundos en reaccionar, pero un postrero gemido de su madre la sacó de su ensoñación y se incorporó, consiguiendo ponerse en pie trabajosamente porque sentía que sus piernas no iban a sostenerla. Aun así, consiguió mantenerse erguida apoyándose en la robusta mesa y localizó rápidamente la llave que el hombre había mencionado. La cogió y volvió a arrodillarse entre las piernas de su madre, dispuesta a liberarle los tobillos de las cadenas, y fue cuando se percató de las marcas grabadas en las nalgas de su madre.

“¡Mamá!. ¿Qué es esto?... ¿Qué te ha hecho?”, gimió, angustiada, deslizando sus dedos por el relieve de las marcas a fuego, casi como para cerciorarse de su realidad, de que no era producto de su imaginación…, ¡habían marcado a su madre como una res!.

“Laura, cariño, no te preocupes”, le susurró la voz de su madre. “Yo lo quise así, no me obligó a nada… No te preocupes…, ya no me duelen… Ssssssshhhhhh, todo está bien, cariño”.

A pesar de las consoladoras palabras de su madre, Laura no pudo contener las lágrimas mientras abría los candados que cerraban las cadenas en torno a los tobillos de su madre y le liberaba las piernas, para luego colocarse ante ella y proceder de igual manera con las que ceñían sus muñecas…, y entonces Laura se percató de que no sólo habían anillado los labios vaginales de su madre… ¡También le habían perforado los pezones y los tenía atravesados por unas gruesas argollas…! ¡Y en aquel momento estaban sujetas a las patas delanteras del potro por una finas cadenas que se mantenían muy tirantes!... ¡Dios, aquello sí que debía de doler!...

Entonces Laura procedió a soltar ambas cadenas antes de ayudar a su madre a incorporarse, ya que ésta sentía que sus músculos, después de tanto tiempo inmovilizada sobre el potro, estaban entumecidos y no serían capaces de sostener su pesado cuerpo, quedando las dos abrazadas por un instante, con sus cuerpos desnudos fuertemente apretados el uno contra el otro…

Por la mente de Laura cruzó el pensamiento de cómo podía cambiar una vida en unos pocos instantes… Esa mañana, al levantarse, si alguien le hubiera dicho que, poco después, habría vivido la experiencia que había vivido y estaría abrazando el cuerpo desnudo de su propia madre sin sentirse avergonzada, no se lo habría creído…, ¡pero allí estaban las dos!.

“Laura, cariño…, ¿qué he hecho?. ¿Cómo he podido dejar que pasar esto?”, dijo María cuando fue capaz de articular palabra…

“Sssssssshhhhhhhhh, no te preocupes, mamá… Ya hablaremos… Ahora tenemos que lavarnos. ¿Dónde está el baño?. Te sentirás mejor después de una buena ducha caliente.”

Abogada atada

  Una exitosa abogada vuelve a casa y encuentra a su amiga en una situación "comprometida"... ¿Cómo acabará todo?... Estoy prepara...