Capítulo decimosexto
Después de la ducha, ambas mujeres se secaron y salieron del baño. Inmediatamente, Laura se acercó al lugar en que había dejado caer su ropa y comenzó a vestirse… En un momento dado, su mente procesó que su madre no estaba haciendo lo mismo, permaneciendo desnuda frente a ella, con un papel en la mano.
“Mamá, ¿a qué esperas?... Vístete y vámonos de aquí”, le dijo
María miró fijamente a su hija antes de responder. “Hija, tenemos que hablar… Termina de vestirte y vamos al salón”
“Ya tendremos tiempo para hablar cuando estemos en casa, mamá… Venga, vístete y salgamos de aquí”
“Laura…”, la voz de María murió en su garganta mientras cogía fuerzas para seguir hablando. “Laura, hija…, en esta casa las esclavas no tenemos derecho a usar ropa… D-debemos permanecer desnudas… Termina de vestirte y vamos al salón. Mi Amo ha salido pero me ha dado permiso para explicártelo todo mientras él está fuera… Sospecho que tomará medidas contra tu padre por haber provocado esta situación”
“¿Medidas?... ¿Contra papá?... ¡Mamá, Aminda está con él ahora mismo!”, casi gritó Laura, invadida por la preocupación por lo que pudiera ocurrirle a su hija.
“No te preocupes. Mi Amo no es partidario de la violencia física… Bueno, salvo en ocasiones para disciplinar a sus esclavas… Además, él nunca le haría daño a una niña”
Laura se sorprendió de la vehemencia que su madre ponía en sus palabras mientras defendía a su Amo. ¿Cómo podía defenderle después de las cosas que le había hecho?. ¡No comprendía nada!.
María, comprendiendo los dilemas internos de su hija, la cogió de la mano y tiró de ella para que la acompañara al amplio salón de la casa de su Amo, sentándose en el cómodo sofá e indicándole a su hija que tomara asiento a su lado, que aún seguía atónita al comprobar lo cómoda que parecía sentirse su otrora pudorosa madre con la completa desnudez de su gordo cuerpo.
Una vez cómodas, María se sinceró con su hija, contándole todo lo que había ocurrido desde que había roto aquella escultura, el chantaje al que la había sometido su Amo para proteger a su familia, su entrega voluntaria e incondicional a él como esclava cuando descubrió que, aun siendo usada, humillada y castigada, se sentía más plena y feliz de lo que nunca se había sentido, también le contó su experiencia en el prostíbulo, donde había tenido que trabajar de puta para costear los gastos en los que su Amo incurría a causa de su adiestramiento, - omitiendo, por razones obvias, que su primer cliente había sido el propio exmarido de Laura -, e incluso contándole cómo había sido alquilada a los propietarios de la granja de sado, relatándole su experiencia siendo tratada como un animal, el anillado de sus pezones, de sus labios vaginales y de su clítoris y su marcado a fuego como ganado, y cómo se había sentido cuando había sido obligada a tener sexo con animales…
“Después de aquello me devolvieron a mi Amo y necesité algo más de una semana para reponerme”, concluyó María su explicación. “Durante todo ese tiempo, mi Amo me cuidó mejor de lo que tu padre me ha cuidado en casi treinta años de estar casada con él y me trató con mucho cariño… ¡Ya, ya sé que no es amor, Laura!... Pero me trató con el cariño con el que se trata a una posesión muy querida…, ¡y eso me hizo sentirme la mujer más dichosa del mundo y que me sintiera capaz de soportar cualquier vejación a la que él quisiera someterme con tal de complacerle!”
Mientras su madre le había ido desgranando su historia, el rostro de Laura fue mostrando los sentimientos que le producía enterarse de todo aquello, reaccionando, sobre todo, al saber que había sido obligada a prostituir su cuerpo y las vejaciones que había sufrido mientras había permanecido alquilada con los dueños de la granja de sado… ¿Quién podía disfrutar haciéndole cosas así a una mujer?... ¿Obligándola a tener relaciones sexuales con animales y marcándola como a ganado?... ¿Qué clase de ser enfermizo podía excitarse con ello?, pensaba.
Sin embargo, ese pensamiento la hizo cuestionarse el hecho de que su madre le estaba contando que ella había disfrutado también mientras la sometían a estas torturas y que lo había hecho por complacer a su Amo… ¿En qué lugar dejaba eso a su propia madre?... La mente de la pobre chica era un torbellino de ideas encontradas…
“Pero…, ¿él también te castiga…., haciéndote cosas así?”
“¡Oh, con él no es tan extremo, cielo!... Pero sí, él también me castiga si no me comporto debidamente, si incumplo alguna regla…, o simplemente porque quiere hacerlo… ¡No me mires así, Laura!... Si mi Amo decide castigarme sin motivo alguno es porque, a su modo, me tiene en consideración…, ¡y eso me hace feliz, hija!... Además, es muy imaginativo ideando castigos… Una vez me ató las muñecas y los tobillos en cruz sobre la mesa de la sala, sujetó unas cadenas a las anillas de mis pezones y de mi coño y las pasó por una polea en el techo, enganchando unos cubos metálicos en el otro extremo, de forma que. si dejaba caer mi cuerpo sobre la superficie de la mesa, los cubos no llegaban a tocar el suelo… Cada hora que pasaba echaba un litro de agua en cada cubo, de forma que cada vez las cadenas estaban más tirantes y yo me pasé toda la noche teniendo que decidir si podía mantenerme despierta y con el cuerpo en tensión o apoyaba el cuerpo sobre la mesa y aguantaba que el peso de los cubos suspendidos estiraran mis pezones y mis labios vaginales… ¡Lo más doloroso fue la anilla del clítoris…! ¡Creí que me lo iba a arrancar!”
“Mamá…, tengo que confesarte una cosa…”, dijo Laura, muy quedamente. “Yo…, hace un rato…, en la sala…, yo…, yo me he excitado viéndote atada y teniendo que desnudarme y ponerme a cuatro patas y…, y…”
“Y comiéndote el coño de tu madre, ¿no?”.
“S-sí, mamá…”
“Cariño, eso es normal… ¿Sabes lo excitada que me he sentido yo al pensar que me iba a correr en la cara de mi hija?... ¿Te imaginas lo cerda que me he sentido al pensar que eso estaba haciendo que me excitara aún más?...”
“Mamá, yo…”
“¿Quieres probar otra vez?... ¿Te gustaría saber qué sientes mientras tu madre te come el coño?”
Laura cabeceó afirmativamente, sintiéndose incapaz de articular con palabras el deseo que sentía pero que no era capaz de articular con palabras…
“Espera un momento…”, dijo María, levantándose del sofá y dirigiéndose de nuevo a la sala. Regresó al cabo de unos pocos minutos, llevando en sus manos una especie de arnés con correajes con un enorme consolador sujeto en la zona de la entrepierna y un largo y grueso consolador doble…
“¡Mamá!... ¡Esas cosas!... ¡Tu Amo!... ¿No tienes prohibido tener relaciones sexuales o correrte sin permiso de tu Amo?... ¡No quiero que te castigue por mi culpa!”
Laura se sorprendió mucho ante la risa que sus palabras provocaron en su madre… “¡Muchas gracias por preocuparte por mí, cariño!... Mi Amo es un Señor estricto y exigente, capaz de exigir el máximo de sus esclavas y de castigarlas con mucha dureza si no cumplen…, pero es un gran hombre y mucha mejor persona de la impresión que pueda darte esa imagen y, sin duda alguna, después de lo que ha ocurrido hoy, ten por seguro que es mucho mejor persona que tu padre y un gran lector de almas… En la nota que me ha dejado en la mesa de la sala mientras nos duchábamos me dice que me concede disponer para mí misma durante el resto del día y me recuerda que los términos de nuestro acuerdo siguen siendo válidos”
“¿Te recuerda que eres su esclava?...”
“No, me da tiempo para que hable contigo y aclaremos las cosas entre nosotras y…, y me da la oportunidad de reconsiderar mi decisión de entregarle mi cuerpo, aunque me recuerda las consecuencias de esa decisión…, ¡pero yo quiero ser su sumisa, Laura, quiero ser suya!. ¡Quiero sentirme así de viva siempre aunque sea como su esclava y haga conmigo lo que desee!... ¡Ah!, y me dice también que le ha gustado tu actitud, que serías una buena sumisa… ¡y que te dé la ocasión de follarme!”. Entonces su voz se tornó más suave y melosa… “Laura, hija, ¿quieres saber qué se siente al follarte a tu madre?”, le susurró a su hija mientras flexionaba la pierna que tenía apoyada en el sofá, separando las piernas y abriéndose los labios vaginales con ambas manos, enseñándole a su hija su coño dilatado y brillante por sus propios flujos vaginales y su clítoris enrojecido, hinchado y palpitante, anhelando sentir la boca de su hija en él.
Laura ni se lo pensó dos veces e, incorporándose, se desnudó rápidamente, subiéndose al sofá y colocándose a cuatro patas de frente a su madre, metiendo su cabeza entre sus piernas mientras su boca buscaba ansiosa aquel pedazo de carne que la llamaba poderosamente.
A fin de poder comerle el coño más cómodamente, Laura retiró amorosamente las manos de su madre y las sustituyó por las suyas propias, lo que aprovechó María para comenzar a acariciarse los pechos, pellizcándose los ya duros pezones, tironeando de sus aros, mientras cerraba los ojos, perdida en el mar de sensaciones que le producía la lengua de su hija rozando y lamiendo su clítoris, y comenzaba a gemir de placer.
Durante unos minutos, Laura se concentró en el placer de su madre, siendo recompensada en su labor por los gemidos de ésta, pero su propio cuerpo también le reclamaba atenciones con urgencia, y su coño palpitante y totalmente encharcado, le pedía a gritos poder sentir en él la boca de su madre, así que, incorporándose, la hizo tumbarse completamente sobre el sofá y se montó sobre ella, de espaldas, moviéndose sobre su cuerpo hasta que su coño quedó al alcance de la boca de su madre, cuya ávida boca se lanzó sobre él, abriéndoselo con ambas manos, mientras su hija se inclinaba hacia delante para retomar su labor, en un enloquecido 69 que pronto hizo que los gemidos y suspiros de placer que salían de las gargantas de ambas mujeres resonaran por toda la habitación y que crecieron en intensidad cuando ambas alcanzaron un placentero orgasmo la una en la boca de la otra.
Entonces Laura se levantó y se dejó caer junto al sofá, acariciando el cuerpo desnudo de su madre, que aún temblaba con los últimos estertores de su orgasmo.
Cuando María se relajó, le sonrió a su hija y se levantó del sofá. Entonces, tendiéndole la mano, la ayudó a incorporarse mientras le decía.
“Ven, hija, vamos a mi habitación. Allí estaremos más cómodas…”
Cogiendo la mano de su madre, Laura se levantó y la siguió sin soltarse de su mano, y se dejó conducir por su madre hasta una habitación al fondo del pasillo, al lado de la puerta de la sala que Laura ya conocía, y justo enfrente del dormitorio de su Amo. Cuando entraron en la habitación, Laura se sorprendió de ver que se trataba de un espacioso dormitorio con una amplia cama, una cómoda con una silla de respaldo situada delante, un espejo de cuerpo entero, un vestidor con una gran cantidad de ropa de mujer debidamente colocada y perchada y una puerta que daba acceso a un cuarto de baño completamente equipado y con una gran bañera…
La cara de Laura reflejó su sorpresa al ver la habitación, y María se rió alegremente al verla antes de decirle. “¿Creías que por el hecho de ser su esclava me tendría retenida en una mazmorra, cielo?. Ya te he dicho que mi Amo no es como piensas. Es verdad que he pasado noches enteras atada a alguno de los aparatos de la mazmorra después de una sesión de doma, o en la jaula que hizo instalar en la terraza de la cocina, o atada en el suelo a los pies de su cama, y que siempre he de estar disponible para complacerle a cualquier hora del día o de la noche cumpliendo sus deseos…, pero, cuando no es así, duermo en esta habitación, en la cama, hasta que es la hora de levantarme. Me aseo, me arreglo y le preparo el desayuno. Luego tengo que llevárselo a su habitación y despertarle con una mamada hasta que se corre en mi boca y esperar de rodillas en la puerta de su baño mientras él se asea… Cuando sale, me comunica cuáles serán mis obligaciones para ese día, y eso sí que puede implicar muchas cosas…”, la voz de María se había ido dulcificando inconscientemente mientras hablaba de su Amo. “También es cierto que tengo que permanecer desnuda mientras estoy en la casa o, si es deseo de mi Amo, ir desnuda durante el trayecto al lugar donde me lleve, o desnudarme donde sea sin importarme quién se encuentre delante si él me lo ordena, o que deba usar ropas de puta…, pero también me ha llevado a cenar a buenos restaurantes y le gusta que vaya bien vestida, así que me ha comprado mucha ropa cara y de calidad para esas ocasiones…, aunque siempre sin ropa interior y alguna vez me ha ordenado que me metiera debajo de la mesa para hacerle una mamada…”, María sonrió al evocarlo. “Es un buen Amo, Laura…, pero, ven, no hablemos ahora de él. Quiero que me folles…, quiero sentir cómo mi hija me folla por todos mis agujeros…”, terminó en un susurro cargado de lujuria.
Laura no se había dado cuenta hasta entonces de que su madre había recogido del suelo del salón los artilugios sexuales que había llevado allí, pero en ese momento, mientras su madre le pedía que se la follase mientras le tendía el consolador con el arnés, sintió cómo su coño volvía a humedecerse y se apresuró a colocárselo en torno a la cintura mientras veía cómo su madre se tumbaba lánguidamente sobre la cama, aguardándola, incitándola… Cuando Laura se subió a la cama, María hizo que se tumbase, con el falo de plástico apuntando orgullosamente hacia el techo, y se arrodilló entre las piernas de su hija, empezando a mamarlo como si fuera de carne mientras sus manos se perdían entre las piernas de su hija, por debajo de los correajes y tanteaban su coño, masajeando su clítoris hasta que sintió cómo se llenaba de flujos vaginales que empaparon sus dedos.
Entonces se dio la vuelta y se puso a cuatro patas sobre la cama, ofreciendo sus nalgas a su hija… “Ven, Laura, métesela a mamá… Lo estoy deseando”, dijo con la voz quebrada por el deseo.
Laura no se hizo de rogar porque ella misma estaba deseando, y se colocó entre las piernas de su madre, le abrió las nalgas para dejar accesible su coño y de una embestida de sus caderas, le clavó el consolador en lo más profundo de su coño. Era un consolador grande y grueso y María gritó de placer cuando lo sintió golpear contra las paredes de su vagina, mientras Laura la agarraba por las caderas, iniciando un duro mete y saca que hizo las delicias de su madre, haciendo que cayera de bruces sobre la cama y llegando a provocarlo un par de intensos orgasmos que la dejaron desfallecida antes de que Laura detuviera sus embestidas, dejándose caer sobre el cálido cuerpo de su madre sin sacarle el falo del coño.
Cuando la respiración de María se relajó, Laura escuchó su voz, amortiguada por la sábana que había mordido mientras su hija la penetraba. “Laura, cariño…”
“¿Sí, mamá?”
“Yo…, me da mucha vergüenza, pero…”
“Dime, mamá”
“Quiero que me la metas por el culo…, pero quiero que me folles duro por ahí… Quiero sentir cómo me lo rompes…, quiero sentirme como tu perra…, quiero sentirme como…, tu puta. ¿Quieres?”
“Sí, mamá, claro que quiero… Lo estoy deseando desde que me contaste cómo tu Amo te había desvirgado el culo… Yo…, yo nunca lo he hecho por ahí, pero…, pero no me importaría que luego me lo hicieras tú, mamá”
“Claro que sí, hija, ya verás cómo te gusta. Yo nunca había creído que se pudiera sentir tanto placer cuando te la meten por el culo… ¡Me encanta cuando mi Amo me penetra por ahí!... Aunque creo que lo mejor sería que tu primera vez fuera con una buena polla de carne y no con una de plástico…”, luego prosiguió, “Encima de la cómoda hay un bote de lubricante, hija. Échate en la mano y extiéndelo por el consolador”
Laura obedeció y aplicó una buena cantidad del gel lubricante por toda la extensión del consolador, casi sintiéndose como si fuera un hombre y se estuviera acariciando la polla antes de penetrar a su amante… Entonces le preguntó a su madre. “¿Te echo también en el culo, mamá?”
“No hace falta, hija, ya lo tengo muy abierto y con lo que queda en tu mano será suficiente… Méteme un dedo y muévelo para dilatarme un poco…”. Laura siguió las instrucciones que le daba su madre, metiéndole el dedo índice por el ano y comenzando a moverlo, sintiendo cómo el esfínter de su madre se relajaba con sus caricias.
“¡Así, hija, muy bien, oooooooooohhhhhhhhhh, sííííííííííí!. ¡Dios, qué bien se siente!. ¡Méteme otro dedo, Laura!... ¡Sííííííííííí, oooooohhhhhhh, sí, así, hija, asíííííííí!... ¡¡Ahora, Laura, métemela ya, por favooooooooooooor, métemela enteraaaaaaaaaa!!”.
Laura sacó los dedos del culo de su madre y apuntando la cabeza del consolador contra la arrugada entrada, hizo presión con sus caderas, viendo cómo cedía su esfínter y el enorme falo se colaba por la entrada trasera de su madre hasta desaparecer completamente dentro de ella.
“¡Aaaaaaaaaaaaaah, ouuuuuuuf, Dios, me muero de gusto!” – Gritaba y gemía. – “¡Más, más, clávamela entera! ¡Me vas a partir en dos!” – y movía sus caderas descontroladamente. “¡Ooooooh, Dioooos, ah, ah, siento mis entrañas llena de polla! ¡Ve acelerando, empuja cada vez más!. ¡Dios, más fuerte, más fuerte!” – Gritaba descontrolada. – “¡Párteme el culo, hija, parte el culo de la puta de tu madre!”
Ante el evidente placer que le estaba provocando a su madre la penetración de aquel consolador por su entrada trasera, Laura comenzó a mover sus caderas, metiéndoselo y sacándoselo lentamente al principio, pero luego, espoleada por los gemidos de placer de su madre, la agarró fuertemente por las caderas y comenzó a imprimir más velocidad a sus movimientos, profundizando la penetración hasta que sus propias caderas golpeaban las redondas y gordas nalgas de su madre a cada embestida.
“¡¡¡AAAAAARRRRRGGGGHHHHHHH!!!. ¡¡DIOOOOOS, QUE BUENO!!. ¡¡ASÍ, HIJA, DAME DURO, ROMPELE EL CULO A LA PUTA DE TU MADREEEEEEEEE!!”, gritaba María, completamente fuera de sí…
“¿Esto es lo que quieres, puta?”, se oyó decir Laura, sorprendiéndose a sí misma por escucharse hablándole así a su madre, pero continuó en los mismos términos. “¿Así te gusta, zorra?. ¿Te pone que tu hija te trate como una puta y te rompa tu culo de perra?”
“¡¡OOOOOHHHHHHH, SÍ, HIJA!!. ¡¡SOY UNA PUTA Y ME ENCANTA QUE MI HIJA ME ESTÉ PARTIENDO EL CULOOOOOOOOO!!... ¡¡SOY TU PERRA, CARIÑO…, SOY TU PERRAAAAAAAAAAAAAAAAA!!”, gritaba María en respuesta a los insultos de su hija, mientras no podía evitar dirigir su mano hacia su propio coño y comenzar a pellizcarse el clítoris, provocando que un intenso orgasmo fuera creciendo en su interior mientras su hija le metía el consolador tan profundamente en el culo que casi sentía cómo le llegaba a los intestinos.
“¡Sí, hija, sigue así!” – Estaba cada vez más caliente y parecía que se iba a correr otra vez. – “¡Aaaah, uuuf, eso, sigue así!”
“¿Te está gustando cómo te follo el culo, so puta?. ¡Pues sigue chillando, mamá, di que eres una puta perra en celo!” – Le gritó Laura, deseando conseguir que su madre se corriera otra vez mientras sentía cómo sus propios flujos vaginales chorreaban por sus muslos.
-“¡Siiiiiiií, so cabrona!” – María hablaba enloquecida por el placer del orgasmo que estaba sintiendo. “¡Sí, soy… soy una puta perra! ¡Soy una puuuu… ta perra que se está corriendo! ¡CLÁVAMELA ENTERA EN MI CULO Y LLÉNAMELO DE POLLA!”
Esa noche, Luis, como todas las noches desde que estaba solo en la casa, encendió el ordenador y, como de costumbre, empezó a navegar por internet, buscando webs porno, principalmente de BBW´s y, a ser posible, donde se las tratara con dureza y de forma humillante, en un vano intento de desahogar su frustración contra su mujer…
Mientras iba de una web a otra, pensó en lo extraño del comportamiento de Laura con él cuando había regresado del ático diciendo que nadie había respondido al timbre… Había recogido a su hija y, sin mirarle a la cara ni dejar que la niña se despidiera de él más que con un rápido beso, se había marchado… Luis era tan simplón que no fue capaz de caer en la cuenta que las explicaciones de su hija no cuadraban con el tiempo que había permanecido arriba…
A los pocos minutos, de forma inexplicable, la imagen se volvió a un fundido en negro, apareciendo el conocido icono del sobre que le indicaba la recepción de un mensaje de la web de pay-per-view en la que, previo pago, había podido visualizar los vídeos del adiestramiento de su mujer…
Sin dudarlo un instante, hizo click sobre el icono y un mensaje sobreimpresionado apareció en su pantalla…
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¡¡¡SEXO LÉSBICO ENTRE LA VACA MARÍA Y SU TERNERA!!!
En ese momento, el mundo de Luis se abrió bajo sus pies mientras un grito de pura agonía se escapaba de su garganta…
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