Capítulo cuarto
“Bien,
ya es hora, ahora vas a llevarla a la azotea… Ponle el collar de perra, la
cadena que hay en la bolsa y las pinzas metálicas en los pezones y entonces
súbela arriba. ¿Entendido?”
“Sí,
señor, lo he entendido”
Luis
cogió el collar y se lo colocó a su esposa en torno al cuello, no lo
suficientemente apretado como para que la ahogara pero sí como para que le
resultara bastante molesto. Luego enganchó la cadena a la argolla que tenía en
la parte delantera y tiró de ella…, pero María no se movió.
“¡Muévete,
puta! ¿Acaso no has oído a tu Amo? Tengo que llevarte a la azotea…”
María
le miró de arriba abajo con un mal disimulado desprecio mientras le respondía,
destilando odio en su voz…
“Soy
su perra…, y las perras no andan, las perras van a cuatro patas…”, le dijo
mientras, con dificultad, tanto por su volumen corporal como por el serio
maltrato de su cuerpo en las últimas horas, se arrodillaba en el suelo para
luego colocarse a cuatro patas antes de levantar la cabeza para mirar a su
marido, lista para seguirle, obediente como la perra que se sentía y cuyo rol
había asumido…
“En
la azotea verás una argolla en la pared junto a un bebedero lleno de agua.
Quiero que enganches la cadena a la argolla y lo cierres con el candado, que le
esposes las muñecas y los tobillos y la dejes allí… Luego puedes retomar tu
mierda de vida… Ya tendrás noticias de ella cuando yo lo considere oportuno…”
Y
colgó…
Luis
tiró otra vez de la cadena y entonces sí, María comenzó a seguirle a
desplazándose a cuatro patas como una perrita obediente.
Cuando
llegaron al descansillo, Luis dudó. Estaban en la planta baja, donde se ubicaba
la vivienda del portero… ¿subían en el ascensor o la obligaba a subir por la
escalera a cuatro patas?... Eran diez pisos y siempre cabía la posibilidad, a
pesar de lo tardío de la hora, de que cualquier vecino los viera al entrar o
salir de su casa… Miró a su mujer como esperando una indicación de ella, pero
ella ni le devolvió la mirada, asumiendo su rol de perra obediente.
Finalmente
Luis se decidió a usar el ascensor, aunque no le hubiera importado obligar a
aquella zorra a subir gateando los diez pisos, el riesgo de que alguien pudiera
descubrirlos era demasiado grande… Cuando la puerta del ascensor se abrió en la
planta baja, con un tirón de la cadena le indicó a María que debía entrar en la
cabina y ella lo hizo, colocándose todo lo lejos que podía del que era su
marido en aquel estrecho espacio.
Cuando
llegaron al décimo piso, donde ya sólo se encontraba la vivienda del Sr.
Fernández, Luis se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración
durante todo el recorrido de la cabina, en tensión por si el aparato se detenía
en algún otro piso, e inspiró aire profundamente aliviado antes de abrir la
puerta y salir de la cabina, tirando de la cadena de su mujer tras él.
Sin
que su marido se percatara de ello, María también había estado conteniendo la
respiración, pero por motivos muy distintos a los de su marido. Llegados a
aquel punto, a ella le importaba muy poco si alguien les sorprendía en aquella
situación…, ¿a quién le importaba ya que todos supieran que su marido era un
puto cornudo?. Ella, lo que secretamente esperaba era que su Amo estuviera
aguardando en el rellano… ¡o en la puerta de su casa!, para hacerse cargo de su
esclava y librarla de la odiosa presencia de su marido… ¡Dios, cómo había
llegado a odiarlo en un solo día!... Ella se había entregado en cuerpo y alma a
otro hombre, cierto, pero él no había hecho absolutamente nada por impedirlo…
Pero
su Amo no estaba allí, el descansillo estaba completamente a oscuras, la puerta
de la casa cerrada y ninguna luz ni ningún ruido denotaban siquiera que
estuviera observando su llegada… Las esperanzas de María se esfumaron con el
tirón de la cadena sujeta a su cuello con el que su marido la arrastraba hasta
la escalera que aún debía subir gateando dolorosamente antes de alcanzar su
destino para aquella noche.
Cuando
Luis abrió la puerta de la azotea sintió cómo el aire frío de la noche le
rodeaba. No es que fuera un frío excesivo, pensó, pero él no debía pasar la
noche allí fuera, desnudo y encadenado…, pero su mujer sí. La miró tras de sí,
siguiendo sus pasos a cuatro patas, pero no consiguió encontrar en su interior
la más mínima piedad por ella, así que tiró nuevamente de la cadena, esta vez
incluso con más fuerza, y la obligó a salir al exterior, llevándola hacia el
lugar donde suponía que estaría la argolla que le habían ordenado buscar, en
alguna de las paredes del cuarto de máquinas del ascensor.
Al
ver la argolla en la pared, Luis comprendió que aquello era otro castigo para
su mujer… La cadena era demasiado corta como para que una vez sujeta a la
argolla, ella pudiera descansar incorporada apoyando la espalda y sentada
contra la pared, ni le permitía tumbarse apoyando la cabeza en el suelo…, pero
aquello no era cosa suya, tanto su mujer como su Amo se lo habían dejado muy
claro, así que sujetó la cadena a la argolla, cerrando el candado, le esposó
las muñecas a la espalda y los tobillos y la dejó allí, desnuda y expuesta al
fresco de la noche, intentando que su maltrecho corpachón adoptara una postura
mínimamente cómoda dentro de sus restricciones.
Cuando
su marido por fin la dejó sola, María, a pesar de encontrarse atada e
inmovilizada en una postura sumamente incómoda, se sintió extrañamente
“liberada”... ¡No habría sido capaz de soportar que aquel baboso volviera a
tocarla!... Pero, por el contrario, sentía una profunda desazón porque su Amo
no acudía a ella..., ¡aunque fuera para abusar de su cuerpo!... ¡Cualquier cosa
con tal de sentir su presencia!... Pero él no venía..., y con esos pensamientos
la apesadumbrada María cayó presa del agotamiento producido por la larga y dura
sesión a la que habían sometido su cuerpo a lo largo de aquella tarde y cayó en
un estado de duermevela...
En
un momento dado, el sexto sentido de María hizo que se despertara sintiéndose
observada, pero sus restricciones le impedían que pudiera mirar a su alrededor,
hasta que, en la oscuridad de la noche, pudo ver la brasa de un cigarrillo
iluminando brevemente una silueta a su derecha, apoyada en un poyete de la
cubierta.
María
sintió un leve estremecimiento… Si su Amo estaba fumando era una mala señal…
Sólo fumaba de manera muy ocasional…, o cuando se sentía furioso
“¡¡NO
ME MIRES, ESCLAVA!!”, le gritó “¿Sabes por qué estás aquí y no atada a los pies
de mi cama?”
“Sí,
Amo. No he sido una esclava obediente”
“Oh,
no… No va a ser tan fácil, puta… ¡¿SABES POR QUÉ ESTÁS AQUÍ?!...”, repitió
María
decidió que saldría mejor parada si era sincera con su Amo… “No, Amo… Sé que le
he fallado de alguna manera…, pero no sé cómo… Pero mi Señor no necesita
motivos para castigar a su esclava…”
“Buen
intento, perra… Pero si sigues dorándome la píldora sólo conseguirás aumentar
tu castigo… ¿Sabes por qué estás aquí?...”, le preguntó por tercera vez, aunque
ya parecía algo más calmado.
“No,
Amo…”
“¿Recuerdas
que te dije que, como esclava, podría compartirte con quien deseara?”
“Sí,
Amo, lo recuerdo”
“¿Y
recuerdas también qué me dijiste cuando te ordené entregarte a tu marido hace
un rato?”
Por
fin María comprendió el enfado de su Amo para con ella. “Lo siento, mi Señor.
No me sentía capaz de entregarme a él… Es… Sé que estará decepcionado con su
esclava, mi Amo. Me gustaría compensarle de alguna manera si mi Amo me lo
permite”
Esta
vez su Amo se levantó. “Te diré un secreto“, le dijo mientras se acercaba a
ella. Esta vez la mujer no se atrevió a mirarlo y mantuvo la cabeza gacha,
“Sabía que no podrías hacerlo sin forzarte a ello. Pero tus amos a veces te
pedirán cosas así a sabiendas para tener una excusa para…”
El
cinturón de Alejandro impactó duramente contra las nalgas de la mujer que
profirió un quejido
ZAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAASSSSSSSSSSSSS
“¡¡AAAAARRRRRGGGGHHHHHH!!”
“...
castigarte…”
La
gorda madura miró sorprendida a su Amo y vio que estaba sonriente. Desde luego
que no parecía enfadado porque no hubiera cumplido la orden al instante…, más
bien parecía satisfecho. Otro azote le hizo arder una nalga.
“...
duramente.”
ZAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAASSSSSSSSSSSSS
“¡AAAAAAAHHHHHHHH!”,
se quejó ella.
“¿Qué
te había ordenado?”, y soltó otro azote.
ZAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAASSSSSSSSSSSSS
“¡AAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!.
Que debía permitir que mi marido hiciera conmigo lo que usted le ordenara, Amo”
“¿Y
tú qué has hecho?” Otro azote.
ZAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAASSSSSSSSSSSSS
“¡¡AAAAAAAAAAHHHHHHHHH!!.
Yo…, yo…, yo he intentado convencer a mi Amo para que no me entregara a mi
marido, mi Señor… He cuestionado sus deseos”
La
mujer le ponía inventiva, desde luego, buscando evitar su castigo.
“¿Entiendes
que esto es por tu culpa?”
Otro
azote.
ZAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAASSSSSSSSSSSSS
“Sube
ese culo, zorra” Y otro azote más.
ZAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAASSSSSSSSSSSSS
“¡¡RESPONDE!!”
“¡AAAAAAAAHHHHHHHH!...
Sí…, AAAAAAAAAHHHHHHH-mo”. La gorda madura se esforzó en poner el culo en pompa
“Sí, mi Amo, Es mi culpa. Su puta merece ser castigada”
“Bien”,
dijo su Amo. “Tu Amo va a complacerte entonces”
Y
aun media docena de azotes más terminaron enrojeciendo el culo de la mujer.
ZAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAASSSSSSSSSSSSS
ZAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAASSSSSSSSSSSSS
ZAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAASSSSSSSSSSSSS
ZAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAASSSSSSSSSSSSS
ZAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAASSSSSSSSSSSSS
ZAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAASSSSSSSSSSSSS
A
pesar de que María intentaba evitarlo, y sin fuerzas ya ni para gritar de
dolor, unos gruesos lagrimones resbalaron por sus mejillas. Entonces, su Amo se
sentó en el poyete de la cubierta y le acarició el pelo… En realidad, ella era
consciente de que la acariciaba como quien acaricia a una mascota, pero la
pobre mujer se sintió sumamente agradecida a su Amo por el gesto
“Eres
un buen pedazo de carne…, muy obediente… Pero es normal que a veces falles.
Entonces tienes que entender que hay que castigarte y que sólo es por tu
culpa”.
María
aún tenía algunas lágrimas en la cara pero asentía. “Sí, Señor. Lo entiendo.
Espero, al menos, haber complacido a mi Señor mientras azotaba el culo de su
esclava, Amo”.
“Te
doy permiso para preguntármelo…, cuando haya terminado de azotarte, esclava…
Aún es demasiado pronto para que pueda decidirlo”, le dijo su Amo…
Y,
efectivamente, era demasiado pronto. Acabó de azotarla cuando la pobre María
perdió el conocimiento, con su espalda, sus gordas nalgas, la parte posterior
de sus muslos y las plantas de sus pies estaban tan enrojecidos que ya ni se
percibían las marcas de los cintarazos…
Cuando
María recobró el conocimiento se dio cuenta de que estaba sola en la azotea y,
aunque seguía con las manos esposadas a la espalda, le habían liberado de las
esposas que unían los tobillos y de la cadena que unía su collar a la argolla
en la pared, y lo interpretó como una autorización de su Amo para que pudiera
abandonar la azotea y dirigirse a su habitación, aunque estaba tan maltrecha y
agotada que casi no pudo ponerse de pie, llevaba demasiado tiempo en la misma
postura, y al circular la sangre por sus muñecas y tobillos, sintió un gran
dolor, pero nada comparado con el que aún sentía en el trasero. Se miró las
tetas, tenía marcas de los azotes anteriores y los pezones durísimos y morados
por culpa de las pinzas, por lo que supuso que el resto del cuerpo, sobre todo
la zona posterior, que había soportado los últimos castigos, lo tendría igual
que las tetas, lleno de marcas rojas más recientes.
Las
plantas de los pies le dolieron al apoyar su peso y hubo de realizar todo el
camino apoyando su cuerpo contra la pared para evitar caerse redonda al suelo,
a pesar del suplicio que le suponía el mero roce de cualquier zona de la parte
posterior de su cuerpo, por lo que lo hizo lentamente, con cuidado de no
provocarse más dolor del que ya sentía, ansiando con todas sus fuerzas poder
llegar a la casa que ya consideraba como su nuevo “hogar” y acurrucarse en el
suelo a los pies de la cama de su Amo.
Sin
embargo, al llegar a la puerta del ático, María pudo comprobar que estaba
cerrada, así que a la pobre gorda sólo le quedó la posibilidad de acurrucarse
como buenamente pudo en el suelo, en el rincón más cercano a la puerta,
colocándose en posición fetal para conservar todo el calor corporal posible, y
dejarse llevar por el profundo agotamiento que invadía todo su cuerpo, tratando
de olvidar el insufrible dolor que sentía por el duro castigo físico recibido y
la tristeza que llenaba su corazón de esclava por haberle fallado a su Amo y
haberle obligado a castigarla severamente… Sin siquiera percatarse de ello,
María, como una buena sumisa, ya asumía la “culpabilidad” de los correctivos
que se le habían aplicado.
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