Capítulo sexto
Cuando
María se recuperó lo suficiente como para ser consciente de su entorno, lo
primero que hizo fue llevarse sus manos hacía su dolorido culo, palpando el
plug que tenía insertado. ¡Dios, no iba a poder sentarse en una semana!
Entonces se miró al espejo y se contempló a sí misma, una mujer gorda,
completamente desnuda, despeinada, con el maquillaje corrido y con evidentes
marcas de abuso en su cuerpo, pero sus ojos brillaban con una vitalidad que
hacía tiempo que sentía que había perdido. ¡Soy una perra bien follada!, pensó,
riéndose para sus adentros. ¡Nunca se había sentido tan viva en la vida! Y si
para sentirse así tenía que entregar su cuerpo y su alma a su Amo, ¡vaya si lo
haría! ¡Haría cualquier cosa que su Amo le ordenara!...
Entonces
recordó lo último que su Amo le había dicho antes de salir de la habitación…
¡que se preparara para la noche! ¿Qué iba a pasar esa noche?...
Se
incorporó rápidamente y se dirigió al cuarto de baño para darse una ducha
rápida, sintiendo la incomodidad del plug profundamente insertado en su ano,
pero sin atreverse a retirarlo sin permiso de su Amo. Se aseó rápidamente y
volvió a la habitación, encontrando sobre la cama un vestido negro como de
lycra y los eternos zapatos negros de tacón colocados a los pies de la cama.
María
se peinó y se maquilló antes de prepararse para ponerse el vestido y, cuando lo
cogió, pensó que su Amo había confundido la talla, ¡era demasiado pequeño para
una mujer de su volumen! Si se lo ponía, iba a marcársele toda la ropa
interior, y entonces se percató de un detalle que antes se le había escapado…
¡Su Amo no le había dejado ropa interior, sólo unas medias negras de rejilla!
¿Tenía que ponerse aquel vestido tan ajustado sin nada debajo?... No sería la
primera vez que María salía de casa sin bragas ni sujetador, pero siempre había
sido con su ropa, amplia y holgada, no con nada parecido a aquel vestido.
Decidida
a complacer a su Señor en todo, María se puso las medias y luego luchó por
meter sus abultadas carnes en aquel ajustadísimo vestido y, cuando al fin lo
consiguió, se acercó al espejo para contemplar su imagen. ¡Dios, se ajustaba a
su cuerpo como un guante, marcando todos sus michelines, era tan escotado que
sus tetas amenazaban con salírsele a las primeras de cambio, y era tan corto
que le alcanzaba lo justo como para taparle el culo!... ¡Iba a subírsele hasta
el ombligo cuando se sentara!
“¡Ahora
sí que aparentas lo puta que eres!”, escuchó la voz de su Amo. “Me recuerdas a
los dibujos de Ofelia, de Mortadelo y Filemón!, jajajajajaja”
María
se dio la vuelta hacia su Amo rápidamente y, con serias dificultades por lo
apretado del vestido, consiguió arrodillarse ante él y adoptar la postura de
una sumisa ante su Señor, con las rodillas separadas, las manos sobre los
muslos y la mirada baja… “¡Dios mío!”, pensó, “¡Sabía que esta dichoso vestido
se me subiría al sentarme!”.
“Ahora
eres de mi propiedad, esclava”, comenzó a decir su Amo, “Olvídate de que eres
un ser humano… Para mí no ya tienes más valor que cualquiera de los objetos que
hay en esta casa, y no me costaría nada desprenderme de ti si no obtengo de ti
lo que quiero… Tu único propósito en esta vida será servir y complacer a tu
Amo”. Hizo una pausa, como esperando que María asimilara el contenido de sus
palabras. “¿Me has comprendido, esclava?”.
Sin
levantar la mirada, María respondió, “Sí, Amo”
“Bien.
Por eso quiero que entiendas que no dudaré en repudiarte si no cumples mis
deseos”.
“Fólleme,
Señor, castígueme, azóteme, haga lo que quiera conmigo… Soy su puta, Amo. Me
entrego a usted, soy toda suya, soy su esclava, su perra…”.
“Perfecto,
porque debes saber que siempre espero sacar un buen rendimiento de todas mis
propiedades… Voy a estar un tiempo fuera de la ciudad y, eventualmente, vas a
prostituirte para mi. No quiero tenerte ociosa en mi ausencia, perra…”.
Las
palabras de su Amo fueron como un mazazo para María que, sin siquiera pensarlo,
levantó la cabeza para mirarle…
“¡NO
ME MIRES, ESCLAVA! ¡NO SE TE OCURRA MIRAR A TU AMO SIN SU PERMISO!”, le gritó
su Amo mientras le cruzaba la cara de una bofetada.
María,
pesarosa, volvió a inclinar la cabeza, fijando la mirada en un punto neutro
entre sus rodillas mientras sentía su mejilla ardiendo por la fuerza del golpe.
Su
Amo continuo hablando con voz dura… “Tenía pensado alquilarte al dueño de un
prostíbulo de cierto nivel, perra, pero, después de esta incorrección, estoy
pensando que vas a hacer la calle como una buscona callejera cualquiera… ¡Así
aprenderás a valorar lo que te ofrece tu Amo y a agradecérselo como debes! ¡Si
lo que acabo de decirte supone algún problema para ti, levántate ahora mismo y
vuelve con el cornudo de tu marido!”.
Los
ojos de María se anegaron de lágrimas que resbalaron por sus mejillas sin que
ella pudiera hacer nada por evitarlo, esperando que, al mantener inclinada la
cabeza, pasaran desapercibidas para su Amo porque no deseaba que las
malinterpretase, ya que la mujer madura no lloraba por la perspectiva de verse
obligada a prostituirse, a vender su cuerpo, sino que lloraba por el intenso
sentimiento de haberle fallado a su Señor…
“¡Sácate
las tetas!”, le gritó su Amo con voz dura
María
obedeció rápidamente, dejando libres sus enormes tetas por encima del vestido.
“Supongo
que sabes perfectamente cuál es el castigo que tengo en mente ahora mismo,
¿verdad?”… Hizo una leve pausa antes de seguir, como incitándola a responder,
pero María sabía, por experiencia propia, que en momentos así su Amo no deseaba
oír sus excusas… “Sin embargo, no quiero estropear la mercancía. Eso
podría hacerme perder dinero…”, prosiguió, haciendo hincapié en la humillante
palabra… “Si no fuera porque me he comprometido con el dueño del prostíbulo y
mi palabra es ley, te ibas a encontrar trabajando de buscona en la Casa de
Campo… Da gracias a que eso te libra…, por hoy”.
María
estuvo a punto de tirarse a los pies de su Amo para suplicarle perdón y
agradecerle su “consideración” con su esclava, pero supo controlarse a tiempo,
aunque no pudo evitar que sus ojos se anegaran nuevamente de lágrimas que
estropearon su cuidado maquillaje…
“¡Arréglate
esa cara de puta!”, le dijo, arrastrando las palabras mientras le arrojaba un
papel en el regazo de la arrodillada y llorosa mujer… “Tienes que estar en esta
dirección a las 10 de la noche. No lleves nada, no lo necesitarás. Allí te
indicarán qué debes hacer… Espero que no me falles…, por tu bien, no me
falles…, otra vez”, dijo mientras daba media vuelta y salía de la habitación.
María
no se movió hasta que escuchó cómo se cerraba de golpe la puerta de la entrada.
Entonces se dejó caer al suelo, se encogió en posición fetal y dio rienda
suelta a sus sentimientos sollozando inconteniblemente… Era incapaz de hilvanar
pensamientos coherentes salvo uno, que se repetía insistentemente en su mente
como una letanía… “¡Le he fallado a mi Amo…, le he fallado a mi Amo…, le he
fallado a mi Amo…!”
Nunca
supo cuánto tiempo estuvo allí tirada, intentando controlar sus emociones, pero
cuando recuperó mínimamente la cordura levantó la cabeza bruscamente. ¿Qué hora
sería?... Su Amo le había indicado que las esclavas no deben usar reloj porque
su tiempo en la vida lo marca su Señor, pero ella debía estar a una hora
concreta en la dirección que le había dejado escrita su Amo ¡y ni siquiera
sabía qué hora era!...
Se
incorporó rápidamente y se dirigió al baño para adecentar su maquillaje, aunque
nada podría disimular el enrojecimiento de sus ojos después de la llantina. Se
arregló lo mejor que pudo y dirigió sus pasos al salón, recogiendo al paso el
papel que su Amo le había arrojado con la dirección del lugar en el que debía
presentarse.
Gracias
a Dios, sobre la mesa de comedor situada en el gran salón de la casa había un
reloj decorativo que le indicó a María que disponía de algo más de una hora
para llegar a su “lugar de trabajo”, - un edificio en la zona de Cuzco, por lo
que pudo ver al mirar la dirección -, por lo que debía apresurarse, pero…
“¡Dios mío!... ¿Cómo voy a llegar allí?”, pensó… Obviamente, la inercia la
llevaba a coger su propio coche, aparcado en el garaje de la finca, lo que le
proporcionaría la suficiente cobertura como para que nadie pudiera verla, ya
que el ascensor la llevaría directamente al garaje…, pero varios interrogantes
al respecto la hacían dudar de la conveniencia de hacerlo, y el más importante
la hacía plantearse si estaría en condiciones de conducir un vehículo cuando
acabara la noche… Siempre podía llamar a un taxi que la recogiera en casa y la
llevara, pero, claro está, eso supondría salir andando por el portal de la
finca, vestida de aquella manera…, y pasando necesariamente por delante del
chiscón del portero, donde, a aquellas horas, con total seguridad estaría
sentado su marido, haciendo tiempo hasta que fuera la hora de sacar la basura…
¡Dios, no sabía qué hacer y el tiempo corría!
Finalmente,
apurada, María decidió coger al toro por los cuernos y salió de la casa,
cerrando la puerta antes de dirigirse al ascensor que la llevaría a la planta
baja con paso decidido, sonriendo para sí al caer en la cuenta de lo apropiada
de la frase que se le había venido a la cabeza al tomar la decisión… ¡Iba a
salir por el portal y coger un taxi, aunque ello suponía pasar por delante de
las mismas narices de… su marido!
Sin
embargo, su decidido paso se fue ralentizando al salir del ascensor en la
planta baja, al escuchar cómo su marido conversaba con alguien en el hall de
entrada… ¿Y si era un vecino y la veía vestida de aquella manera, saliendo de
los ascensores en vez hacerlo de la portería?...
María
se detuvo, escondida en el recodo donde se encontraba el acceso a los
ascensores, con el corazón en un puño y su respiración agitada, rezando para
que el repiqueteo de sus zapatos de tacón hubiera quedado encubierto por el
sonido de las voces, intentando descubrir con quién hablaba su marido…
Su
nerviosismo no hacía sino aumentar a cada instante que pasaba… ¿Cuánto tiempo
le quedaría aún para llegar a su destino?... Por fin pudo comprobar que su
marido no estaba hablando con ningún vecino del inmueble cuyos comentarios al
verla pudieran ponerles en aprietos, sino con un repartidor que no localizaba
al propietario al que iba destinado el paquete que portaba, y María, inspirando
con fuerza y con paso firme se encaminaba hacia el portal, decidida a salir de
allí cuanto antes, al menos, sin dar tiempo a que Luis reaccionara al verla,
aunque, al pasar junto a los dos hombres sin siquiera reducir el paso, no pudo
evitar mirarle de reojo, regocijándose interiormente al percibir cómo se le
desencajaba la mandíbula al verla y los ojos casi se le salían de las órbitas…,
pero no dijo nada ni hizo ademán alguno para detenerla, así que María, por fin,
pudo alcanzar la calle, con una leve sonrisa de victoria en sus labios, y
buscar un taxi que la llevara a la dirección indicada.
Por
fin, María pudo presentarse puntualmente en la dirección indicada y, cuando le
abrió la puerta una chica joven, con pinta de modelo de alta costura, su
juventud y su belleza, además de cómo le quedaba el espléndido vestido que
llevaba puesto, acomplejaron a la madura y gorda María, que, verdaderamente, se
sintió como una vulgar puta delante de ella, con su edad, su sobrepeso y la
“vistosa” ropa que su Amo le había hecho vestir…
La
chica le mostró la vivienda, y la azorada María vio que era un piso grande, con
un baño con jacuzzi, una cama circular, una barra vertical...
“Es
la habitación de una prostituta…”, murmuró María con espanto, sin percatarse
siquiera de haber articulado las palabras, aunque, en realidad, no debiera de
haberse sentido en nada sorprendida, porque… ella ya sabía perfectamente lo que
había ido a hacer allí.
“Claro
que sí, eso es precisamente lo que es…, porque tú lo eres”, le respondió la
chica ante la vergüenza de María. “Durante toda la noche trabajaras aquí.
Necesitas atender por lo menos a doce clientes para cubrir los gastos de tu
Amo. A partir de ahí ya estarás proporcionándole beneficios…”
“Tu
Amo ha sido muy explícito sobre cuáles serán tus tarifas y también sobre tus
condiciones de trabajo… En resumen, lo único que debe importarte a ti es que yo
me encargaré de cobrar a los clientes y hacerlos pasar a tu habitación y que tú
deberás hacer todo lo que te pidan, asegurándote de que terminan complacidos…
Si no es así, estoy autorizada por tu Amo a aplicarte el castigo que considere
oportuno… ¿Has entendido?”
María
se sintió aterrada… ¡Debía entregar su cuerpo al menos a doce hombres en una
noche!... ¿Y qué debería hacer si algún cliente quería que bailara en la
barra?... Ella ya era muy mayor y estaba muy gorda como para planteárselo
siquiera, pero… plantearse siquiera volver a fallarle a su Señor… ¡NUNCA!
La
chica siguió la mirada de María y pareció adivinar sus pensamientos. “No te
preocupes. Tu situación es un poco especial en la casa, y hemos acondicionado
la barra para que el cliente que así lo desee pueda atarte a ella y hacer uso
de los accesorios que la casa pone a su disposición”. María se imaginó a qué
clase de “accesorios” hacía referencia la chica.
“Normalmente,
la casa dispone de un miembro de seguridad por si algún cliente se propasa con
la chica, pero eso no será necesario en tu caso, porque los clientes no tendrán
límite alguno…, si han pagado la tarifa correspondiente, claro”.
María
tragó saliva… ¿Cómo podía estar hablando de una forma tan impersonal para
referirse al hecho de que bastaba con que un hombre pagara lo suficiente para
poder abusar de su cuerpo sin ningún límite?...
“Bien”,
continuó la chica. “Como no veo necesidad en que sepas nada más, te dejo sola.
A partir de ahora, todo el que entre por esa puerta será un cliente, sea quien
sea y deberás actuar como lo que eres… ¡Aquí vas a follarte cualquier cosa que
te traigamos!”, concluyó mientras se dirigía hacia la puerta para abandonar la
habitación.
“¡Espera,
por favor!... Yo…, yo…”, una avergonzadísima María no se veía capaz de
continuar con lo que quería decir…
“¿Tú
qué?”…
“Yo
nunca…, yo… ¡No tengo ningún medio para…, para evitar…!”
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