jueves, 1 de enero de 2026

María, mi querida perra XVI

 Capítulo decimoquinto

Al cabo de un par de semanas desde aquello, Luis recibió una llamada telefónica de una mujer, quien se identificó como la secretaria personal del Sr. Fernández, el propietario del ático, para comunicarle que su jefe se encontraba en viaje de negocios, pero que le habían informado de que se había producido una avería en el desagüe del fregadero que debía reparar.

Luis, aunque aún conservaba la llave de la vivienda, preguntó si debía acudir a proceder a la reparación a alguna hora determinada, ¡ya había tenido demasiados sobresaltos en esa casa y no quería más!, y la chica le respondió que no se preocupara por ello, que el personal de servicio de su jefe podía facilitarle el acceso en cualquier momento, pero que se asegurara de haber reparado la avería para cuando su jefe regresara en un par de días, y colgó.

“¿Personal de servicio?”, se preguntó Luis, extrañado, puesto que no tenía conocimiento de que aquel tipo tuviera personal de servicio al cuidado de su casa, ni había visto que nadie que no tuviera identificado entrara o saliera de aquella vivienda de funesto recuerdo para él.

Por un momento pensó en María, su mujer, pero desechó la idea rápidamente. ¡Era imposible que se tratara de ella después de las cosas que había visto que le hacían en los vídeos de la granja de sado!.

Con un cierto resquemor al encontrarse ante la puerta de aquella vivienda, Luis llamó al timbre y esperó. Al poco pudo escuchar en el interior el inconfundible sonido del taconeo de unos zapatos de mujer, antes de que se descorrieran los cerrojos y se abriera la puerta… ¡Dios mío, era ella!. ¡Era su esposa María!.

Iba perfectamente peinada y maquillada, y… completamente desnuda, únicamente con los eternos zapatos de tacón, y llevaba un collar de perro en torno a su cuello con una argolla de la que pendía una cadena… Luis no pudo evitar que su mirada descendiera hasta fijarse en los pechos de su mujer y…, ¡allí estaban!. Dos gruesas argollas metálicas perforaban sus gordos pezones, unidas entre sí por una cadena que se sujetaba a la que se encontraba soldada a su collar de sumisa, descendiendo luego por su barriga hasta perderse entre sus piernas, evidenciando para Luis, que había visto su anillado en vivo en la web de sado, la existencia de otras dos argollas en sus labios vaginales y otra más perforando su clítoris…

María debía de estar al tanto de lo que había ido a hacer allí, puesto que, sin mediar palabra, se hizo a un lado, franqueándole la entrada y, dándose la vuelta, encaminó sus pasos hacia la cocina, con su enorme trasero oscilando a cada paso sobre aquellos tacones de vértigo que usaba.

Obviamente, Luis no pudo dejar de mirar las marcas a fuego que decoraban sus nalgas, con la palabra “esclava” grabada en su nalga izquierda y el anagrama con las iniciales de su Amo grabadas en la nalga derecha… ¡Se veían mucho más nítidas que cuando Luis había visto el vídeo en vivo de cómo marcaban a su esposa en la granja!...

Sin mediar palabra, Luis se puso a trabajar en el desagüe del fregadero, pero sin poder evitar observar de reojo a María, que permanecía de pie junto a la robusta mesa que ocupaba el centro de la cocina. En un momento dado, la vista de Luis vagó por la amplia terraza abierta a la que se accedía desde la cocina y sus ojos se abrieron desmesuradamente al comprobar la existencia de una gran jaula con unos gruesos barrotes metálicos, en cuyo interior pudo ver un cajón de arena y dos escudillas metálicas, una con agua y otra con restos de comida… ¿Sería allí donde aquel tipo encerraba a su esposa, obligándola a comer y beber como un animal y a hacer sus necesidades en un cajón de arena?...

Miró a su mujer, que seguía de pie junto a la mesa, con las manos frente a ella, y Luis se fijó en que en el dedo anular de su mano derecha lucía una anillo de hierro, símbolo de su condición de esclava, como él sabía ahora, y también creía saber que una esclava sexual ha de entregarse a cualquier hombre que conozca el significado del anillo y así reconozca su condición de sumisa.

Envalentonado ante esa idea, terminó de ajustar la manguera del desagüe, que sólo estaba un poco floja, y se incorporó, encarándose a su esposa, ansioso por hacerla pagar por todos las humillaciones que había sufrido a manos de su nuevo… propietario.

“¡De rodillas, puta!... ¡Sé lo que significa ese anillo que llevas y sé que has de obedecer en todo a quien sepa lo que eres!”, le espetó, acercando su cara a la de ella, casi sin poder contener los espumarajos de la rabia que crecía en su interior…

Sin embargo, la cara de María permaneció impasible por unos instantes…, justo antes de casi transformarse en una máscara de odio y furia tan intensas que su marido retrocedió ante su vista, mientras ella acortaba la distancia entre ellos apuntándole con el dedo extendido…

“¡Sí, soy una esclava!... Me han hecho cosas que nunca imaginé que se le pudieran hacer a una mujer… Me han violado, me han azotado, me han torturado, me han enjaulado, han vendido mi cuerpo, me han obligado a follar con animales, me han anillado, me han marcado a fuego…, ¡y nunca me había sentido tan plena en todos los años que he estado casada contigo!... Para mi Amo sólo soy una propiedad, una mascota, un objeto que usar y tirar si Él lo quiere así…, ¡pero con Él sé lo que soy y me he sentido más valorada que contigo!... ¡¡Porque Él me usa y abusa de mi como quiere, pero mi Dueño cuida a sus propiedades más de lo que tú has cuidado a tu esposa durante todos estos años!... ¡¿Y sabes qué?!... ¡Volvería a pasar por todo eso con tal de complacerle porque me siento suya y complacerle da sentido a mi vida!... ¡¿Y crees que porque sabes que llevo en mi dedo el anillo que me identifica como esclava voy a postrarme de rodillas y a obedecer a un mierda como tú?!... ¡Ni aunque mi Amo me despellejara viva a latigazos por incumplir esa norma!... ¡Largo de aquí, pedazo de mierda!”

Luis, estupefacto ante la inesperada reacción de María, sólo pudo retroceder hasta la puerta sin darle la espalda a su mujer antes de abandonar la vivienda como alma que lleva el diablo mientras María, de pie en medio de la cocina, respirando profundamente, trataba de recuperar la serenidad que la vista de su marido tanto había alterado…

¡Plas, plas, plas, plas!... “¡Bravo, mi leona!”

La voz de su Amo devolvió a María a la realidad y, bajando la mirada al suelo, se giró hacia Él, que desde la puerta de acceso al salón la aplaudía 

“Perdón, mi Amo… ¿He hecho bien?... Me ha sacado de quicio y he aguantado hasta que ha intentado que me sometiera a él, pero yo sólo tengo un Amo… Si usted cree que he actuado mal incumpliendo esa norma, castígueme, mi Señor, lo aceptaré gustosa”

“¿Qué te tengo dicho, perra tonta?... Eres una puta sumisa, sí, pero sólo para tu Amo, para los demás, eres una leona, ¿es así?…”

“Sí, mi Amo, usted siempre se lo ha dicho a esta puta sumisa suya”

“Bien, pero esa norma existe…, lo sabes, ¿no?... Aunque para que te sometas ante quien reconozca tu condición esa persona ha de identificarse como Amo dirigiéndose a ti de la forma correcta…, podría decirse que no la has acatado como una sumisa obediente, ¿no opinas como tu Amo?”

“Mi Amo, Su puta no tiene otra opinión que no sea la de su Amo. Si usted piensa que su esclava no ha cumplido aceptaré el castigo que mi Amo desee imponerme”

“Bien, sígueme. Vamos a prepararte para el “castigo” que te mereces en opinión de tu Amo”

Y, dándose la vuelta, se encaminó al salón, sabiendo que su sumisa le seguiría sin levantar la vista del suelo, dispuesta a afrontar el castigo que su Dueño decidiera imponerle por su falta

Cuando Luis entró por la puerta de la portería estaba tan frustrado que cerró la puerta de un portazo antes de percatarse de que dos pares de ojos le observaban, atónitos ante lo que estaban contemplando. ¡Eran su hija Laura y su nieta!...

“¡Abuelitooooooooo!”, gritó la pequeña, corriendo a abrazarse a las piernas de su abuelo.

“¡Hola, papá!...”, le dijo su hija, sin saber si preguntarle por el motivo de su evidente enfado. “Hace semanas que había quedado con mamá para llevar hoy a Aminda al zoo y no consigo localizarla. ¿Sabes dónde anda?”

En aquel momento, la tremenda frustración que sentía Luis se adueñó de él y obnubiló su mente con un único pensamiento… ¡Tengo que joderle la vida a esa puta zorra!... Y sin pensar, respondió… “No la veo desde esta mañana. Creo que está haciendo las cosas de casa en el piso del ático… Creo que está sola porque el propietario está de viaje…”, y haciendo una pausa, prosiguió… “Pásate a verla…”. Y cogió a su nieta en brazos, pasando por delante de su sorprendida hija para dirigirse al salón.

Laura no entendía nada de la extraña actitud de su padre. ¿Qué demonios estaba pasando allí?. ¿Se habrían peleado sus padres?... En circunstancias normales, a su madre nunca se le habría olvidado nada que tuviera que ver con su nieta… Angustiada sin saber qué había sucedido, Laura decidió que tenía que hablar con su madre y abrió la puerta, decidida a aprovechar la ausencia del propietario del ático para poder hablar con su madre y que le contara…

“¡Subo a verla, papá!. ¡Cuida de Aminda!”, dijo mientras salía de la casa, cerrando la puerta tras ella.

No pudo ver la malévola mirada en los ojos de su padre, que continuó jugando con su nieta.

Cuando llegó a la puerta del ático, Laura tocó el timbre, convencida de que sería su madre quien la abriera la puerta, por lo que su sorpresa fue mayúscula cuando se encontró cara a cara con el propietario, vestido con unos vaqueros y una camisa blanca que llevaba por fuera de los pantalones y descalzó, mirándola a la cara, inquisitivamente…

“Yo…, esto…, yo…, buscaba a mi madre”, acertó a decir la chica

“Tu madre no está aquí, pero le diré que la buscas si la veo”, fue la fría contestación del hombre mientras hacía ademán de cerrar la puerta.

“Pero.., pero…, ¡mi padre me ha dicho que estaba aquí…”, insistió Laura

Aquellas palabras detuvieron el gesto del hombre… “¿Ah, sí?... ¿Tu padre te ha dicho eso?”

“Sí, eso me ha dicho…”

“Bien, ¿quién soy yo para contradecir a tu padre?... Pasa, vamos a ver si tu madre está en mi casa”, dijo, franqueándole la entrada.

Laura entró en la vivienda y siguió a aquel hombre por un pasillo hasta una puerta cerrada que él abrió, cediéndole el paso a la chica.

Cuando Laura entró en aquella habitación no podía dar crédito a sus ojos… ¡Aquello parecía una mazmorra completamente equipada!. Había cadenas colgando del techo, en la pared del fondo había una cruz de madera en aspa con unos cinturones de cuero, también una jaula donde cabía una persona, una mesa, dos barras en medio de la sala también con unos arneses de cuero, un cepo medieval.. Laura se quedó muy sorprendida, jamás había visto muchas de las cosas que allí estaban… También había varias fustas, látigos, grilletes, consoladores…, y un potro de tortura que dejó atónita a la desconcertada chica, pero no por el aparato en sí, sino porque, sobre su superficie acolchada, con su voluminoso cuerpo desnudo y sus brazos y piernas atados a las patas del potro de forma que sus miembros se mantenían muy estirados, inmovilizándola completamente, estaba su propia madre, inconfundible por más que su largo pelo negro le tapara la cara…

Ante aquella visión, Laura se detuvo en seco mientras el hombre entraba en la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

“¡Tenemos visita, puta!”, anunció alegremente aquel hombre, mientras Laura escuchaba algo parecido a un zumbido y veía, asombrada, cómo todas las gordas carnes del cuerpo de su madre comenzaban a temblar espasmódicamente mientras la oía emitir algo parecido a gruñidos o… ¿gemidos?.

“¡¡MAMÁ!!”, gritó Laura… “¡¿Qué le está haciendo a mi madre?!”, prosiguió mientras se giraba hacia el hombre, que sostenía un móvil en su mano…

Entonces, sin prestarle atención a la chica, que se había quedado clavada en el sitio de la impresión, se acercó a María, dando la vuelta al potro y colocándose junto a su cabeza, se inclinó sobre ella y le retiró el pelo de la cara, permitiendo que Laura viera que su madre tenía una mordaza de bola metida en su boca…

“¿Así es como te he enseñado a tratar a las visitas, puta?. ¡Saluda a nuestra invitada!”, dijo, con voz dura, mientras giraba la cabeza de María en dirección a su hija Laura.

Cuando María abrió los ojos y descubrió a su hija sus ojos reflejaron el pánico que sentía y comenzó a tirar de sus restricciones con todas sus fuerzas mientras intentaba, en vano, articular palabra.

“¡Mmmmmmmfffffffff!. ¡Mmmmmmmmmm!, ¡¡Laufaaaaaaaaa!”…

“¡Oh, menuda torpeza la mía!... ¡Me había olvidado completamente de la mordaza!”, dijo aquel hombre, pero algo en su tono sarcástico le hizo saber a Laura que a él nada se le pasaba por alto en su “territorio”, y un escalofrío recorrió su espalda mientras pensaba que aquel hombre la estaba mirando como a una… ¿presa?.

Entretanto, el hombre procedió a retirar el ballgag que amordazaba a una María que no cejaba en su empeño de liberarse, y quien, en cuanto tuvo libertad para hablar, giró la cabeza hacia su hija para mirarla con estupor…

“¡¡LAURA!!”, gritaba, casi al borde de un ataque de histeria, “¡¡¿QUÉ HACES TÚ AQUÍ?!!... ¡¡¿CÓMO…?!!... ¡¡POR FAVOR, AMO…, POR FAVOR…, SUÉLTEME!!...”, gritaba, sollozando, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera el hecho de que su hija la estaba viendo en aquella situación…

“¿Amo?”, pensó Laura, incapaz de procesar tantas emociones como estaba experimentando. “¿Mi madre ha llamado “Amo” a este hombre?”

“¡¡SILENCIO, ESCLAVA!!”, le gritó el hombre a su madre, y el efecto en ella fue inmediato, pues le obedeció instantáneamente y guardó silencio, aunque siguió tirando instintivamente de sus restricciones sin dejar de mirar a su hija con un gesto de puro pánico en su cara.

“Por lo visto…”, prosiguió diciendo aquel hombre, “tu maridito le ha contado a tu hija que estabas aquí y ella ha venido a buscarte… Yo le he dicho que su madre no estaba aquí, pero ha sido muy insistente… Es tan cabezota como su madre y…, ¿quién soy yo para entorpecer una reunión familiar?”, se burló de ambas, riéndose de su propia broma…

María sintió un mazazo al escuchar que había sido Luis quien le había dicho a su hija dónde se encontraba, y, por la cara de su hija, supo que no le había dicho lo que podía encontrar…

“Amo…, ¿su esclava puede hablar?... Su esclava le suplica humildemente que la permita hablar con su hija, Amo…, por favor…”, la súplica que vio en sus ojos ablandó a su Amo, quien cabeceó afirmativamente.

María giró la cabeza para mirar directamente a su hija antes de hablar…

“Laura, hija, yo…, no sé cómo explicarte… Verás…, yo…”, la desventurada mujer no pudo proseguir hablando mientras las lágrimas comenzaban a resbalar por sus mejillas… ¿Cómo le explicaba su situación a su propia hija?. ¿Cómo iba a entender una hija que su madre se excitara como una perra siendo sometida a crueles vejaciones por parte de su Amo?...

“Lo que mi puta gorda quiere decirte es que ahora es mi esclava y que su cuerpo me pertenece porque se ha entregado a mí voluntariamente y que si ahora está comportándose como tu madre y no como mi perra es sólo porque así se lo he permitido yo…”

“¡No diga esas cosas de mi madre!... ¿Quién se cree que es?... ¡¿Mamá?!”, la angustia que Laura sentía era cada vez mayor.

“Díselo, esclava”…

Sintiéndose algo más calmada, o quizás por lo inevitable de la situación, pero terriblemente avergonzada, María volvió a dirigirse a su hija.

“Dice la verdad, Laura… Le pertenezco…, yo lo he querido así, hija… Soy su…, esclava… Y soy… soy feliz así, hija mía”

“¡Pero, mamá…!”, intentó decir Laura, pero aquel hombre la detuvo con un gesto de la mano…

“¡Oh, qué pena!. Lamento interrumpir esta agradable conversación entre madre e hija…, pero el descanso de mi esclava ha concluido”, dijo mientras levantaba la mano que sostenía el móvil y tocaba la pantalla… Inmediatamente, el voluminoso cuerpo de la mujer atada comenzó a temblar nuevamente mientras se escapaban sonoros gemidos de su boca y la mujer dejaba caer la cabeza en un intento de evitar la mirada de su hija dejando que su pelo ocultara su cara.

“¿Qué le está haciendo?... ¡Déjela!”

“¿Te parece a ti que está sufriendo?”, la interrumpió el hombre. “Quizás deberías acercarte a comprobarlo, niña”

Laura dio un par de pasos en dirección a su madre mientras el hombre, con ambas manos, separaba las nalgas de su madre lo suficiente como para que ella pudiera ver que tenía un plug negro insertado en su culo y que entre sus labios vaginales asomaba lo que parecía una especia de antena de color rosa.

“Son dos juguetitos sexuales controlados desde el móvil, que los hace vibrar con mayor o menor intensidad… Ahora mismo están a un nivel medio, pero la están haciendo gozar como una perra en celo… El único problema que tiene esta puta ahora mismo es que no tiene mi permiso para correrse… Aunque, en honor a ti,  nuestra invitada inesperada, quizás se lo permita… ¿Te gustaría ver a tu madre corriéndose como una loca?”, le preguntó a Laura, mientras volvía a trastear con la pantalla de su móvil y el zumbido se intensificaba a la par que los temblores del cuerpo de su madre y sus sonoros gemidos.

“A-Amo…, p-por fa-favor…, n-no pue… no… p-puedo so... portar…lo m-más”, la oyó tartamudear. “P-por fa-fa…, ¡ooooohhhhhhhhh!... p-por fa-favor, ¡d-deje que m-me co… corra, A-Amo!”, le suplicaba, olvidada ya de la presencia de su hija, concentrada sólo en las vibraciones que ascendían desde su sexo, expandiéndose por todo su cuerpo.

“Oh, mi pobrecita esclava”, se burló su Amo. “¿Quieres correrte?... Antes, en opinión de tu Amo, era tu…, castigo, pero ya no depende de mí, zorra, ahora es tu hijita quien tiene la decisión…”, prosiguió, sin dejar de mirar a Laura, que no podía apartar la mirada del desnudo cuerpo de su madre, sacudido por unos temblores cada vez más intensos mientras la pobre mujer luchaba por controlar el intenso orgasmo que estaba creciendo en su interior.

Laura no sabía cómo actuar, por un lado, todo aquello le parecía una aberración… ¿Su madre…, esclava de aquel hombre?... Pero, por otro lado, ver cómo temblaba el cuerpo desnudo de su madre, cómo se agitaban sus voluminosas carnes mientras luchaba por controlar el orgasmo, verla atada y sometida de aquella manera y escuchar sus gemidos de puro placer la estaba excitando sobremanera y podía sentir cómo sus propias bragas empezaban a humedecerse a causa de su propia excitación sexual… Se mordió el labio en un intento de autocontrolarse, pero le sirvió de poco.

El Amo de su madre no apartaba su mirada de ella, reconociendo el dilema interno de la chica, y decidió darle una vuelta de tuerca más a la morbosa situación…

“¡Oh, vaya!... ¡Qué despistado soy, puta!... He olvidado decirle a tu hija cuales son las normas de esta sala… Verás, Laura…, en esta sala no está permitido que ninguna mujer permanezca vestida… Lo siento, ¡lo olvide con la emoción de vuestro reencuentro!”.

Entonces su voz se endureció antes de proseguir hablando. “Si vas a querer hacer uso del obsequio que acabo de hacerte y decidir si mi esclava puede o no tener un orgasmo…, ¡vas a tener que desnudarte!”

“¡Amo, nooooooooooooooo!”, gritó María

Con la rapidez de un rayo, su Amo cogió una fusta de cuero de la mesa que se encontraba tras él y le propinó un tremendo fustazo en las nalgas, dejando una marca roja cruzándoselas, señal evidente de la violencia de la violencia del golpe que había recibido.

“¡¡¡¡AAAAAAAARRRRRRRRGGGGGGGHHHHHHHH!!!!”, sollozó la desvalida mujer al recibir el durísimo impacto, pero comprendió enseguida el significado del castigo y obedeció a su Amo, manteniéndose en silencio.

***

En un principio, la confusa mente de la chica no asimiló lo que su madre, acostumbrada a la forma de actuar de su Amo, había captado inmediatamente, pero cuando la orden se abrió paso entre la ingente cantidad de pensamientos que rondaban su cabeza en aquellos momentos, los ojos de Laura se abrieron como platos… ¡Quería que ella se desnudara si quería poder hablar con su madre!... “¡Ni pensarlo!... Pero… ¡Dios, tengo que hablar con mi madre!... ¡¡Necesito que me explique qué está pasando!!”, pensó, abrumada

  Lentamente, casi como si tuvieran vida propia y su mente no las controlara, sus manos empezaron a desabrochar los botones de su blusa, de uno en uno, mientras su mirada se clavaba en un punto de la pared detrás de aquel hombre. ¡No podía mirarle a la cara mientras se exhibía desnudándose delante de él!. De repente, fue plenamente consciente de lo que estaba haciendo. “¡Dios, me estoy desnudando delante de un hombre que no conozco de nada…, como si fuera una puta!”. La idea hizo que un intenso rubor coloreara sus mejillas, y la turbación provocó que perdiera la concentración en lo que estaba haciendo, e hizo que sus manos tuvieran que luchar para desabrochar el último botón.

            Sin embargo, por fin todos los botones estuvieron desabrochados, y Laura se abrió la blusa, dejándola resbalar por sus brazos hasta quitársela, mostrando sus turgentes pechos, ocultos apenas bajo el mínimo sujetador y con las aureolas de sus pezones perfectamente visibles bajo la tela. Para aumentar su turbación, Laura pudo comprobar que sus pezones, ostensiblemente erectos, se marcaban claramente a través de la suave y fina tela de la pequeña prenda, lo cual no hizo sino aumentar su sonrojo. “Dios, ¿cómo puedo sentirme excitada por esto?”

            Con el rostro enrojecido por la vergüenza y la mirada baja, Laura dudó nuevamente, durante un mínimo instante, antes de llevar sus manos al costado de la falda para bajar la cremallera. La dejó deslizarse por sus piernas, ayudando con un leve contoneo de caderas que, aunque él no dejó que trasluciera, gustó soberanamente al hombre, el cual, procurando que ella no se percatara, no se perdía detalle de su “actuación”, casi adivinando sus pensamientos y plenamente consciente de su turbación.

            Finalmente, Laura se deshizo de la falda con un puntapié. “Si quiere verme actuar como una puta, actuaré como una puta. Haré lo que sea para poder hablar con mi madre y saber qué ha pasado”, pensaba. Entonces, por fin, levantó la mirada hacia él, levantó los brazos, y giró sobre sí misma para que pudiera apreciar el conjunto de su cuerpo, dando gracias mentalmente ahora por haber elegido un conjunto de lencería con tanga, por más desnuda que se sintiera, incluso con la prenda aún puesta, y por más incómoda que fuera la dichosa tira de tela introduciéndose entre sus nalgas.

            Sin embargo, la reacción del hombre sentado frente a ella de nuevo la sorprendió desagradablemente. “¡Te he dicho que para quedarte tienes que desnudarte!. ¡Simplemente eso, que te desnudes, y no que me hagas un striptease como cualquier puta de tres al cuarto!. ¡¿Tan difíciles de entender son mis instrucciones?!”, bramó, “¡Quiero verte completamente desnuda ahora!”.

            Inmediatamente, Laura llevó sus manos a su espalda, tanteando hasta encontrar el cierre del sujetador. Sólo una furtiva lágrima que resbaló por su mejilla y el par de nerviosos intentos que necesitó para poder desabrochar el cierre revelaron cuánto la habían herido sus palabras. “¡Ella se estaba comportando así porque creía que aquello era lo que él quería!. ¡Porque creía que él quería verla rebajada a comportarse como una vulgar prostituta para humillarla!. Si no era así, ¿qué demonios quería de ella?. ¿Cómo esperaba que actuara?. ¡Oh, Dios mío, ¿cómo se suponía que debía actuar una sumisa?!”. La mente de Laura bullía con aquellos pensamientos mientras se quitaba el sujetador, lo tiraba al suelo, se descalzaba, y procedía a quitarse las medias deslizándolas por sus bien torneadas piernas.

            Finalmente, introduciendo los pulgares en los costados del tanga, lo hizo deslizarse igualmente a lo largo de sus piernas y se lo quitó. La chica dudó un breve instante antes de incorporarse nuevamente. ¿Qué querría que hiciera entonces?. Después de su exabrupto, el hombre parecía haber dejado de dedicarle la menor atención, concentrándose en la pantalla de su móvil, así que esperaría sus instrucciones. Sin embargo, mientras tanto, ¿qué debía hacer ella?. De pronto, una idea le rondó la cabeza. ¿Debía quedarse descalza o volver a ponerse los zapatos de tacón?. Aunque no tenía experiencia alguna como Amos, sin embargo, sí sabía que a muchos hombres les excitaba contemplar a una mujer desnuda, “vestida” únicamente con unos zapatos de tacón alto…

Pero los pocos segundos que duró su dilema hicieron que resultara innecesario cuando, levantando la mirada de la pantalla de su móvil, aquel hombre la miró y, actuando como si para él fuera lo más normal del mundo que una mujer se hubiera desnudado ante él siguiendo sus instrucciones, cabeceó en dirección a su madre y le dijo:

“Bien, ahora que ya cumples con las normas de la casa, puedes acercarte a hablar con mi puta” 

Instintivamente, Laura dio un paso en dirección a su madre, pero, antes de que pudiera dar siquiera un paso más, aquel hombre estaba a su lado, sujetándola del brazo con fuerza…

“¡En mi casa las perras no andan, van a cuatro patas!”, le gritó a la desnuda muchacha mientras la agarraba del cuello por detrás, empujándola hacia abajo para obligarla a arrodillarse.

Una vez que Laura estuvo a cuatro patas, el Amo de su madre prosiguió. “¡Muy bien, perrita!. Ahora, para hacerlo como Dios manda, vas a ir a cuatro patas hasta donde está tu madre, vas a sacarle el juguetito del coño y vas a comérselo hasta que yo le dé permiso para que se corra en tu cara, ¿entendido?”.

“S-sí”, logró decir la pobre chica.

“¡¿Sí, qué?!. ¡Mientras estés en esta casa sólo debes dirigirte a mí debidamente!”

“Sí…, Amo”

“¡No soy tu Amo!... Aunque mientras permanezcas en esta casa cumplirás todas mis instrucciones no soy tu Amo…, aún. De momento bastará con que me llames “Señor”

“S-sí…, Señor”

“¡Bien!... ¡Vamos!”

Mientras tanto, María, en medio de su placentero tormento, no podía apartar la vista de su hija, debatiéndose entre la vergüenza que sentía por haber permitido que su propia hija se viera inmersa en aquella situación y la excitación que le producía poder correrse sintiendo la boca de su hija en su coño y su lengua introduciéndose en su vagina… “¡Dioooooooooooossssssss, he estado a punto de correrme sólo de imaginarlo!... ¿Qué clase de madre soy para permitir que pase esto y excitarme así con la humillación de mi propia hija?”, pensó.

Laura no dudó en obedecer las órdenes del Amo de su madre, incapaz de asimilar que, en aquel momento, también era su Señor, y se arrastró a cuatro patas hasta donde se encontraba su madre, atada tan firmemente al potro que, al llegar junto a ella, Laura pudo apreciar las marcas de las sujeciones de cuero en torno a sus muñecas y tobillos. Entonces se arrodilló entre sus piernas y levantó la mano para agarrar la antena del juguete sexual que su madre tenía insertado en la vagina, con intención de sacárselo, pero el Amo se lo impidió.

“¡Ah, no, no!... Hemos dicho con la boca, así que…, ¡las manos a la espalda!”

Laura obedeció prontamente, y enseguida pudo sentir en sus brazos el frío acero de unas esposas, antes de escuchar el ominoso “click, click, click” al cerrarse en torno a sus muñecas.

Una vez esposada, a Laura no le quedó más remedio que acercar su cara a la entrepierna de su madre, intentando pillar la antena del juguete con la boca para así poder sacárselo del coño… Afortunadamente para ella, el coño de su madre estaba tan lubricado con sus propios flujos que el aparato salió sin dificultad y Laura se encontró con el juguete colgando de su boca… Sin saber muy bien qué hacer, decidió dejarlo caer al suelo y aplicarse a la tarea que le había ordenado aquel hombre. ¡Comerle el coño a su propia madre!... Le parecía imposible que aquello pudiera estar haciéndola sentir tan sumamente excitada, pero Laura podía notar cómo su propio coño estaba encharcado y habría dado cualquier cosa por tener las manos libres y poder masturbarse como una loca. ¡Debo de estar loca!, pensó la chica, mientras acercaba su cara a la entrepierna expuesta de su madre.

Sin embargo, antes de alcanzar su objetivo, le esperaba otra sorpresa, porque, al meter su boca entre los gruesos muslos de su madre para intentar alcanzar sus labios vaginales, notó que su lengua rozaba algo que la dejó un regusto metálico en la boca. Tanteando el objeto con la lengua, Laura lo reconoció al instante, porque ella misma se había puesto piercings en los pezones…, ¡a su madre le habían anillado los labios vaginales!... ¡Y no eran como aquellas pequeñeces que se habían puesto algunas de sus propias amigas!  

Sin ser consciente de por qué, aquello la excitó aún más y ya no dudó en meter su cara entre las nalgas de su madre para empezar a tantear entre sus gruesos labios vaginales en busca de su clítoris, que empezó a lamer y mordisquear inmediatamente, siendo recompensada por el sonido de los intensos gemidos de placer de María y al sentir cómo ésta, dentro de los límites de sus restricciones, intentaba mover sus caderas para pegar su coño aún más a la cara de su hija.

Ninguna de las dos era lesbiana, ni siquiera bisexual, o, por lo menos, nunca habían sentido deseos sexuales por otras mujeres, pero el morbo y la excitación que les producía a ambas el hecho de que Laura le estaba comiendo el coño a su propia madre, las había calentado tanto, - o aún más, en el caso de María -, que ambas estaban al borde de alcanzar el orgasmo más intenso de sus vidas.

“Así, lo haces muy bien, perrita… Chúpale el clítoris…, succiónalo…”

Satisfecho al ver cómo Laura cumplía con sus indicaciones, mordisqueando y succionando el clítoris de su madre con la cara enterrada entre sus muslos, se inclinó sobre la madura y acercó su boca a su oído para susurrarle… “Ahora, putita, tienes mi permiso. ¡Córrete en la cara de tu hija!”

María, liberando la tensión acumulada, se corrió inmediatamente como una loca, expulsando por su vagina unos impresionantes chorros de flujos vaginales que, inevitablemente, acabaron en la boca y en la cara de su hija, que acabó literalmente encharcada por los jugos que brotaban sin fin de la vagina de su madre… En ese preciso instante, Laura sintió cómo la mano del Amo de su madre se introducía entre sus piernas abiertas, y cómo sus dedos se cerraban con fuerza en torno a su propio clítoris…, y se corrió inmediatamente, con sus gritos de placer ahogados en su boca que permanecía enterrada en el coño de su madre.

“Bien, has sido una buena perrita”, le susurró el Amo de su madre al oído de Laura, sintiendo entre sus dedos los últimos estertores del orgasmo de la chica. Entonces, soltando las esposas antes de incorporarse, prosiguió diciendo. “Encima de la mesa está la llave de los candados. Libera a tu madre. Podéis ducharos en el baño del fondo… Tu madre ya conoce la rutina…”

Laura no se atrevía a mirarle, tal era la vergüenza que sentía, pero sintió cómo se acercaba a la puerta y la abría. Entonces, antes de abandonar la habitación y sin mirar atrás, le dijo. “Por cierto…, creo que tu padre estará…, preocupado por ti”.

Laura aún tardó unos segundos en reaccionar, pero un postrero gemido de su madre la sacó de su ensoñación y se incorporó, consiguiendo ponerse en pie trabajosamente porque sentía que sus piernas no iban a sostenerla. Aun así, consiguió mantenerse erguida apoyándose en la robusta mesa y localizó rápidamente la llave que el hombre había mencionado. La cogió y volvió a arrodillarse entre las piernas de su madre, dispuesta a liberarle los tobillos de las cadenas, y fue cuando se percató de las marcas grabadas en las nalgas de su madre.

“¡Mamá!. ¿Qué es esto?... ¿Qué te ha hecho?”, gimió, angustiada, deslizando sus dedos por el relieve de las marcas a fuego, casi como para cerciorarse de su realidad, de que no era producto de su imaginación…, ¡habían marcado a su madre como una res!.

“Laura, cariño, no te preocupes”, le susurró la voz de su madre. “Yo lo quise así, no me obligó a nada… No te preocupes…, ya no me duelen… Ssssssshhhhhh, todo está bien, cariño”.

A pesar de las consoladoras palabras de su madre, Laura no pudo contener las lágrimas mientras abría los candados que cerraban las cadenas en torno a los tobillos de su madre y le liberaba las piernas, para luego colocarse ante ella y proceder de igual manera con las que ceñían sus muñecas…, y entonces Laura se percató de que no sólo habían anillado los labios vaginales de su madre… ¡También le habían perforado los pezones y los tenía atravesados por unas gruesas argollas…! ¡Y en aquel momento estaban sujetas a las patas delanteras del potro por una finas cadenas que se mantenían muy tirantes!... ¡Dios, aquello sí que debía de doler!...

Entonces Laura procedió a soltar ambas cadenas antes de ayudar a su madre a incorporarse, ya que ésta sentía que sus músculos, después de tanto tiempo inmovilizada sobre el potro, estaban entumecidos y no serían capaces de sostener su pesado cuerpo, quedando las dos abrazadas por un instante, con sus cuerpos desnudos fuertemente apretados el uno contra el otro…

Por la mente de Laura cruzó el pensamiento de cómo podía cambiar una vida en unos pocos instantes… Esa mañana, al levantarse, si alguien le hubiera dicho que, poco después, habría vivido la experiencia que había vivido y estaría abrazando el cuerpo desnudo de su propia madre sin sentirse avergonzada, no se lo habría creído…, ¡pero allí estaban las dos!.

“Laura, cariño…, ¿qué he hecho?. ¿Cómo he podido dejar que pasar esto?”, dijo María cuando fue capaz de articular palabra…

“Sssssssshhhhhhhhh, no te preocupes, mamá… Ya hablaremos… Ahora tenemos que lavarnos. ¿Dónde está el baño?. Te sentirás mejor después de una buena ducha caliente.”

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