jueves, 1 de enero de 2026

María, mi querida perra XV

 Capítulo decimocuarto

Con una puntualidad casi británica, ansioso por disfrutar nuevamente del espectáculo de las crueles vejaciones y torturas a las que sometían el cuerpo de su esposa, Luis se conectó a la web, previo paso por caja, y fue de los primeros usuarios en conectarse a la web de la granja de sado.

En cuanto se inició la emisión pudo ver cómo María era introducida, desnuda y a cuatro patas, como ya era costumbre, en una habitación de paredes blancas y obligada a subir su gordo cuerpo a una camilla. Luis se percató enseguida de que se trataba de una camilla como las que se usan para las revisiones ginecológicas, pero ligeramente modificada.

Una vez sobre la camilla, le obligaron a colocar las piernas sobre los soportes metálicos que mantendrían sus piernas muy separadas, antes de proceder a sujetar su voluminoso cuerpo a la propia camilla con los consabidos correajes que sujetaron sus piernas, sus brazos, su cintura…

Cuando uno de los hombres iba a colocar otra correa en torno a la cabeza de la aterrada María, a fin de inmovilizársela igualmente, se escuchó una voz que ordenaba. “La cabeza no, su Amo quiere que pueda mover la cabeza para que pueda verlo todo. Pónsela en torno al cuello…”

Mientras el hombre obedecía, Luis pudo ver cómo su esposa giraba la cabeza a un lado y otro, como si buscara a alguien a quien no llegaba a encontrar, con un ligero brillo de esperanza asomando en sus ojos, y Luis comprendió que las palabras de aquel hombre la habían hecho pensar que a su Amo estaba presente pero, al no poder encontrarlo con la mirada, dejó caer la cabeza sobre la camilla en un gesto desesperanzado.

Entonces, una vez estuvo completamente inmovilizada, otro hombre se acercó a la ella con una bandeja metálica entre las manos, cubierta con un trapo blanco, que depositó en un soporte con ruedas situado junto a la camilla, sentándose en una banqueta alta que le acercaron antes de proceder, con un gesto muy teatral, a retirar el trapo que cubría los objetos que llevaba en la bandeja.

María giró la cabeza para poder ver de qué se trataba y en sus ojos se reflejó el espanto que sintió al ver lo que allí había. La cámara enfocó un primerísimo plano de aquellos objetos y los usuarios conectados, cuyo número aumentaba rápidamente, pudieron ver que se trataba de varios juegos de instrumentos parecidos a los quirúrgicos, un juego de agujas metálicas, que iban desde lo que parecía casi medio centímetro a pocos milímetros de grosor, argollas y piercings de distintos tipos y tamaños, así como varias jeringas con su correspondientes agujas, contenido un líquido blanquecino.

“Bien”, dijo el hombre. “Podemos comenzar cuando usted diga…, pero no está amordazada…” Uno de los hombres se acercó a la camilla con un ballgag en la mano, pero de nuevo la voz de mando le detuvo a medio camino. “No la vamos a amordazar… Su Amo quiere que se oigan sus gritos… No se preocupe, la hemos inmovilizado la cabeza, así que no corre riesgo de que le muerda…”, concluyó, riéndose ante el gesto de puro terror que asomó en la cara de la gorda. “¡Comience!”, ordenó.

Un hombre cogió un aro de metal que tenía una abertura. Ante la mirada inquisitiva de la pobre María abrió más el aro y se lo entregó al tipo que parecía encargado de todo el asunto, que lo colocó en la base de su teta derecha y lo cerró sobre ella. Luego, con unas pinzas que le alcanzaron, comenzó a ajustarlo, haciendo que se cerrara sobre la base del pecho. A medida que lo hacia la teta parecía agrandarse y su pezón parecía estallar. Dolía y cómo. Luego el hombre agarró su teta izquierda y repitió la misma operación. María sentía un dolor tremendo con la férrea opresión de sus pechos y las lágrimas caían por sus mejillas, mientras trataba de observarse las tetas, que se le hinchaban cada vez más y se iban poniendo rojizas mientras los pezones se mantenían tiesos.

 “Bien, esto retendrá el flujo de sangre en tus tetas y las mantendrá duras para que podamos trabajar en condiciones, pero, para asegurarnos…”, le dijo el hombre, comenzando a masajear y a pellizcar entonces el pezón del pecho izquierdo de la asustada madura. En cuanto lo sintió lo bastante tieso, cogió una de las jeringas y se la mostró a María. “¿Ves esto?... Es una mezcla de un producto estimulante que excitará tu pezón y una especie de silicona temporal que te lo mantendrá tieso y duro para que podamos trabajar con él cómodamente. Lamentablemente para ti el uso de cualquier tipo de anestesia reduce sus efectos, así que me temo que esto va a dolerte…”, le dijo mientras le clavaba la aguja en el mismo centro del pezón y apretaba el émbolo hasta vaciar el contenido de la jeringa en el mismo mientras los gritos de dolor de María resonaban por toda la habitación, redoblándose cuando repitió la operación en su otro pezón.

“Ahora viene algo peor… Tenemos que esperar unos quince minutos mientras hace efecto, y el dolor sólo ha empezado…”, parecía que disfrutaba sádicamente explicándole todo el proceso a la pobre mujer… “Voy a preparar el resto del instrumental. Ahora vuelvo”, le dijo mientras se levantaba de la banqueta y desaparecía de escena.

El cámara aprovechó su ausencia para acercarse aún más a María y enfocar un primer plano de la agonía que mostraba su cara y luego de sus pechos, que ya mostraban un intenso color morado y cuyos pezones parecían haber duplicado su tamaño, en tanto que María no cesaba de gritar de dolor, jadeando de vez en cuando en busca de aire cuando sus pulmones no daban más de sí.

Cuando el hombre volvió, traía en sus manos un soplete de joyería con el que, mientras la sujetaba con una mano enguantada, calentó una de las agujas más gruesas hasta casi ponerla al rojo. Entonces cogió unos alicates de punta fina con los que sujetó el pezón de María, estirándoselo al máximo, casi como si quisiera arrancárselo y, lentamente, le clavó la aguja al rojo atravesándoselo de parte a parte mientras los gritos de la gorda atronaban por toda la habitación, y ella, a pesar de las ataduras que la sujetaban fuertemente al armazón de la camilla, arqueaba su espalda de dolor, llegando a levantarla varios centímetros desplomándose seguidamente Luego, dejándole la aguja clavada en el pezón, repitió la operación en el otro pecho de la pobre mujer, que tiraba inútilmente de las correas que la sujetaban a la camilla en un vano intento de escapar de aquella terrible tortura mientras seguía gritando y gritando hasta desgañitarse…

Entonces, el hombre fue a coger una de las anillas de tamaño medio de las que tenía dispuestas en la bandeja, pero nuevamente fue detenido por la autoritaria voz.

“No vamos a usar esas anillas”.

“Pero…, son las que siempre hemos usado en el primer anillado…”

“Su Amo ha sido muy explícito al respecto. Quiere que sea anillada con estas…”, dijo, mientras le entregaba un pequeño paquete envuelto en tela que el hombre recogió, sopesándolo en sus manos antes de abrir el envoltorio y comprobar su contenido.

“¡Pero estás son macizas y costará más trabajar con ellas!”

“Sea como sea, él manda… Además, desea que sean soldadas de forma definitiva… Ya no se moverán de su sitio ni se podrán quitar a menos que se use unas tenazas especiales para cortar acero”

“¿Soldadas?... ¡Tendré que trabajar con el soplete justo encima del pezón!... Bueno, es su esclava…”, murmuró para sí, encogiéndose de hombros. “Bien, zorrita”, dijo, dirigiéndose a la temblorosa mujer, “Creo que esto va a dolerte incluso más de lo que yo esperaba…”

Colocándose sobre el cuerpo de la pobre María, casi sin voz de tanto gritar, le sujetó la punta del pezón con unos alicates de punta fina y tiró de él como si fuera a arrancárselo, estirándoselo completamente. Entonces, lentamente, tiró de la aguja que lo atravesaba hasta retirarla por completo, y, cogiendo la primera de las anillas, introdujo uno de los extremos por uno de los lados del agujero que la aguja había dejado en el pezón, presionando con fuerza hasta conseguir que el extremo sobresaliera por el otro lado, uniendo luego ambos extremos de la anilla hasta devolverla a su estado circular, mientras la pobre María sentía tanto dolor que pensaba que iba a reventarle el pezón. ¡Dolía y cómo!.

Después de repetir la operación en el otro pezón de la madura sin que ésta dejara de gritar y aullar de dolor, se retiró para coger el soplete y encenderlo antes de retomar su posición de trabajo encima de su cuerpo. María sentía un dolor inmenso y sus lágrimas caían por sus mejillas como ríos…

“Ahora más vale que te estés quietecita si no quieres que te quede una fea quemadura en las tetas…”

Y, sujetando la anilla con los alicates, procedió a soldar los extremos libres de forma que resultara casi imposible de retirarlas del pezón de la temblorosa mujer, dado su grosor. María, a pesar de que ponía todo su empeño en no moverse, lo observaba todo tan aterrorizada que no podía controlar los temblores que sacudían su cuerpo, gritando de dolor cada vez que el calor del soplete se acercaba demasiado a la suave y delicada piel de sus pechos.

Finalmente, cuando estaba terminando de soldar la segunda anilla, María perdió el conocimiento a causa de la tensión extrema que recorría su cuerpo unida al agónico dolor que le estaban provocando con aquella brutal tortura.

Mientras tanto, en el salón de su casa, su marido se pajeaba como un loco, disfrutando enormemente viendo cómo su mujer, aquella puta que le había humillado, era torturada de aquella manera tan salvaje

Cuando la pobre mujer recobró el sentido, sintió una tremenda tirantez en los músculos de sus muslos, y notó que habían colocado los estribos de forma que debía mantener las piernas abiertas en su máxima extensión sin que pudiera hacer nada por cerrarlas, de tal forma que les quedara completamente libre el acceso a sus partes más íntimas.

Cuando uno de aquellos tipos se dio cuenta de que ya estaba consciente, avisó a su jefe. “Ya está despierta. Podemos continuar”

El torturador de María se acercó a la camilla y se colocó entre sus piernas, diciéndole. “Bueno, ya conoces la rutina, vaquita”, le dijo a María mientras le daba unas “tranquilizadoras” palmaditas en su barriga. “¿Por dónde empezamos?”, le preguntó al jefe…

“Primero en los labios, el clítoris será lo último”, le respondió

María entró en pánico al escuchar aquellas palabras… “¡Aquellos animales hablaban de perforarle los labios vaginales y el clítoris!”… De forma instintiva, trató de cerrar las piernas, pero los estribos, firmemente sujetos, se lo impidieron…

“¡No, por favor, se lo suplico!... ¡No me hagan eso, por favor!...”, les suplicó con la voz enronquecida de tanto gritar mientras le perforaban los pezones, pero lo único que logró fue que uno de los hombres, colocado a su lado, le cruzara la cara con dos sendas bofetadas, haciéndola callar de golpe. “¡¡Silencio, vaca estúpida!!... ¡Lo único que quiero oír de tu boca son tus chillidos de puerca cuando te perforemos el coño, así que cállate o será peor!”

Aterrada, María mantuvo la boca cerrada… No era capaz de imaginar qué podía ser aún peor que lo que iban a hacerle, pero sus experiencias previas con aquellos hombres la hacían estar completamente segura de que no amenazaban en vano…

Mientras tanto, el encargado colocó su asiento entre las piernas de la temblorosa mujer y llevó sus manos a su expuesto coño para tomar entre sus dedos uno de sus labios vaginales mayores y, sin más, y ante la desesperación de ella, se lo perforó. Todo el cuerpo de la pobre María literalmente botó en la camilla lo que le permitían sus firmes sujeciones mientras sus gritos de dolor resonaban por toda la habitación, deleitando a los usuarios que estaban visionando el evento, entre ellos el propio marido de María, que no podía apartar sus ojos del monitor de su ordenador, quien no daba crédito de que pudieran estar haciéndole aquello a su esposa.

Entonces el hombre tomó el aro y lo pasó por el agujero, cerrándolo a continuación. El dolor era insoportable. Entonces hizo lo propio con el otro labio vaginal, perforándoselo igualmente, pasando el aro a continuación y cerrando el aro automáticamente. El torturado cuerpo de la pobre mujer había llegado tan al límite de su aguante que casi ni sintió cómo el hombre soldaba los extremos de ambas anillas, que así quedaron permanentemente ancladas en sus labios vaginales…

Llegados a ese punto, el torturador de María se apartó de la camilla, lo cual ella agradeció internamente, suponiendo, erróneamente, que le estaba dando un momento de respiro, cuando, en realidad lo hacían para incrementar su tortura de forma que su cuerpo y su mente se relajaran lo suficiente como para que el dolor que iba a provocarle al anillarle el clítoris no quedara solapado por el dolor que había experimentado previamente al anillarle los labios vaginales…

Cuando el hombre volvió a colocarse entre las abiertas piernas de María, todo el cuerpo de la pobre mujer se tensó contra las ataduras que la mantenían completamente inmovilizada mientras sus ojos se llenaban de lágrimas…

Entonces el hombre aquel acercó su mano al expuesto sexo de la madura y comenzó a masajeársela diestramente, introduciéndole un par de dedos en el coño mientras su pulgar le presionaba el clítoris, con la insana intención de que alcanzara el tamaño adecuado para comenzar su trabajo, pero, bajo sus expertas manos, la atribulada mujer no pudo evitar comenzar a sentirse excitada, aunque ello sólo consiguió incrementar su sentido de la humillación… “¿Cómo puedo excitarme después de lo que me han hecho sufrir y lo que se preparan para hacerme?. ¿En qué clase de zorra pervertida me he convertido?”, pensó por un breve instante mientras intentaba, por todos los medios, ahogar los gemidos que pugnaban por escapar de su garganta…

“¡Joder, la muy perra se está poniendo cachonda!”, comentó su torturador, dirigiéndose al resto de hombres que rodeaban la camilla. “¡Me ha dejado la mano empapada!... ¡Por eso yo soy partidario de hacerles la ablación a todas las esclavas, así ya no podrán disfrutar como perras con lo que les haga su Amo y sabrán que sólo sirven para dar placer a sus dueños, no para disfrutar ellas!. ¡Y algunas son tan guarras que se corren solo con sentir el roce de las bragas con la anilla del clítoris!”

La mente de María, ya al límite de su resistencia, casi no pudo asimilar la brutalidad de lo que aquel hombre acababa de decir, pero no tanto porque fuera realmente consciente de lo que aquel hombre hubiera querido hacerle de haber podido, sino por el hecho de que, de forma inevitable, mientras su clítoris era estimulado y los hábiles dedos de aquel cabrón entraban y salían de su coño, su excitación fue en aumentando de forma imparable hasta que se corrió entre sus dedos, arqueando la espalda y gimiendo audiblemente, antes de que todo su cuerpo cayera desmadejado sobre la camilla, sintiéndose incapaz de moverse aunque hubiera no hubiera estado firmemente sujeta a ella.

Eso hizo que no se percatara de que las manos de aquel hombre ya no estaban en su coño, sino trasteando entre el instrumental que tenía en la mesita auxiliar, y que, hasta que el dolor no volvió a atravesar su cuerpo, no se diera cuenta de que, poco dispuesto a ahorrarle el más mínimo dolor, había cogido una especie de alicates con los que le había atenazado el clítoris para estirárselo al máximo antes de perforárselo lentamente con otra de las agujas mientras una sádica sonrisa se dibujaba en sus labios al comprobar cómo todo el enorme corpachón de la torturada María botaba literalmente sobre la camilla y cómo su boca dejaba escapar un desgarrador grito de dolor…

Afortunadamente para ella, la pobre María había llegado a su límite y se desmayó en aquel momento…, de lo contrario, habría visto a su Amo, que hasta entonces había permanecido apartado de su zona de visión, acercarse a aquel hombre y ordenarle que terminara el proceso soldando la anilla aunque no estuviera consciente… “Aún le queda mucha noche y quiero que se relaje pensando que ya ha pasado lo peor… ¡Preparadlo todo!”, sentenció, así que María se ahorró el sufrimiento del proceso de soldado de la anilla que le insertaron en su clítoris recién perforado…

Mientras duraba la “desconexión” de su mujer, Luis siguió sin poder apartar sus ojos de la pantalla del ordenador en tanto que se repetía la visualización de los mejores momentos de la tortura de su esposa, como si de una retransmisión deportiva se tratase…, pero él no veía las imágenes que desfilaban ante sus ojos, ni oía los gritos de dolor de su esposa mientras era torturada… No, él había reconocido perfectamente al Amo de María en la pantalla y no podía dejar de pensar una y otra vez en lo que le había oído decir… “Aún le queda mucha noche…, aún le queda mucha noche…, aún le queda mucha noche…”, murmuraba como un mantra… ¡Dios, como le ponía que aquella guarra sufriera de aquella manera tan salvaje y brutal por todo lo que le había hecho pasar!...

Entretanto, el objeto de sus frustraciones estaba recuperándose de su desmayo y su primer pensamiento fue intentar levantar la cabeza, pretendiendo llegar a ver cómo le habían dejado sus partes más íntimas después de perforárselas y anillárselas, pero antes de que lo consiguiera pudo ver cómo dos de sus atormentadores entraban en la sala empujando una especie de potro de gimnasia con unas abrazaderas en cada una de sus patas, aunque lo que la hizo gritar de terror con el ya poco resuello que le quedaba fue ver a otro hombre que, con las manos cubiertas con unos grandes guantes parecidos a los que se usaban para sacar cosas de un horno, empujaba una especie de contenedor del que sobresalían unos mangos metálicos que se perdían entre el carbón al rojo vivo que lo llenaba…

Antes de que casi pudiera darse cuenta de lo que iba a pasar, la aterrada María sintió cómo la desataban y la hacían bajar de la camilla, sin importarles el dolor que pudiera sentir ante cualquier mínimo roce de sus rudas manos con sus partes recién anilladas, ni siquiera cuando la colocaron boca abajo sobre el potro, sintiendo cómo sus pechos y su entrepierna tan sensibilizadas en este momento se aplastaban contra la dura superficie, produciéndole tanto dolor que ni se percató de que ataban sus manos y pies a las abrazaderas de las patas del artefacto mientras el hombre que empujaba comprobaba que el hierro de marcar estuviera debidamente candente…

Cuando el hierro se puso al rojo vivo, el guardia que lo manejaba lo sacó del fuego, sujetándolo por el mango de madera, y comprobó que brillaba con un rojo intenso; luego se acercó a María y, sin más trámite, lo aplicó sobre su nalga izquierda, cinco centímetros más abajo del extremo superior de su cadera. Donde dejó que el hierro candente penetrara en la piel durante al menos cinco segundos, para retirarlo con todo cuidado pasado ese tiempo. Aunque los alaridos de dolor de la mujer mientras aquel hierro quemaba su nalga, quedaban muy apagados por efecto del dolor de sus cuerdas vocales después de tanto gritar, los efectos en su cuerpo de la agonía a que estaba siendo sometida eran perfectamente visibles: todos sus nervios y músculos se pusieron en tensión, contrayéndose en un intento vano, e involuntario, de romper sus ataduras, y para cuando el hierro se apartó de su nalga María estaba completamente bañada en sudor, jadeando como si se ahogase, mientras se percibía, claramente, un desagradable olor a carne chamuscada en el aire de la sala.

El verdugo, tras rascar los restos de carne quemada que se habían adherido al hierro de marcar, lo colocó de nuevo sobre el infiernillo; mientras contemplaba, con una sonrisa sádica, las contorsiones del cuerpo de María, que parecía a punto de romperse en varios pedazos. Para cuando las convulsiones de su víctima fueron convirtiéndose en meros temblores reflejos, se volvió a girar hacia el brasero y cogió un segundo hierro candente…

En esta ocasión, cuando aplicó la segunda marca sobre el lado derecho de las nalgas de la pobre gorda, esta casi no reaccionó…, aunque sintió todo el calor del hierro sobre su piel…, aunque percibió el olor de su propia carne quemada…, aunque sintió el terrible dolor que ello le provocó, su mente ya no era capaz de procesarlo de igual manera porque su mente se había quedado como suspendida en el tiempo y muchas imágenes fueron pasando de forma desordenada por ella; escenas fantásticas de servidumbre en su casa, a manos de su marido pero dirigidos por su Amo, momentos de entrega en alma y en cuerpo, lo segundo imposible sin lo primero, todo por el placer de satisfacer los deseos y las órdenes de su Amo...

Y entonces se desmayó…

Y entonces la emisión pasó a fundido a negro mientras Luis, que había comenzado a acariciar su miembro mientras veía cómo anillaban a su mujer, se corría como nunca se había corrido en su vida…

NOTA DEL AUTOR. En un momento concreto de este capítulo, hago que uno de los personajes secundarios se manifieste a favor de la ablación de las esclavas. Quiero dejar constancia de que lo hago para que quien lea este capítulo pueda hacerse una mejor idea del mundo cruel y desalmado en que se ha visto inmersa nuestra protagonista, pero nada más… Como persona, estoy total y absolutamente en contra de prácticas de esa índole, mientras no sean consensuadas, así que ruego que distingáis entre la ficción que recreo en mis relatos y la realidad de mis opiniones personales. Gracias

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